El pasado domingo este periódico aprovechó la publicación del nuevo libro sobre La Alcazaba de Málaga de la jefa de sección del Patrimonio Histórico-Artístico de Málaga, Fanny de Carranza, para recorrerla con la autora, que también es la arqueóloga del monumento.

Uno de las zonas visitadas fue el barrio de viviendas del siglo XI, situado entre los dos palacios y la Torre del Homenaje. Se trata de ocho viviendas cerradas al público y que todavía conservan en los muros parte de la decoración de almagra, sin olvidar el pavimento proveniente del Teatro Romano.

Algunas de estas casas, de las que sólo se conserva el arranque, pero que mantienen tanto el patio central como el necesario cuarto para la letrina, fueron completadas hace unas décadas por el conocido arquitecto Rafael Manzano.

Se trató de un encargo institucional con vistas a que el desconocido núcleo pudiera abrirse a los visitantes reconvertido en un barrio de artesanos, suponemos que ataviados a la moda de la Málaga del siglo XI, como en un mercado medieval.

El proyecto se quedó en la insípida agua de borrajas, pero algunas de estas casas techadas se aprovecharon para colocar estanterías, con el fin de que sirvieran de almacén a la Alcazaba.

Entre las curiosísimas piezas que podemos encontrar, hay dos que llaman la atención por su originalidad. Se trata de dos bustos realizados en terracota por un antiguo conserje de la Alcazaba llamado Eduardo Cebrero Rueda.

Las dos obras reproducen, respectivamente, los bustos del alcalde Pedro Aparicio y de Pepito, el recordado conserje de la Sociedad Económica de Amigos del País.

El destino ha querido que los dos personajes compartan balda y que formen parte del patrimonio municipal pues ese fue el deseo de este escultor aficionado, donar las esculturas al Ayuntamiento, cuenta Fanny de Carranza.

De la calidad de las reproducciones hay que decir que el entrañable Pepito está soberbio y sólo le falta hablar y que, de hacerlo, probablemente daría una certera opinión sobre alguna obra de arte expuesta en la Económica, materia en la que era un verdadero entendido.

Cuenta la arqueóloga de la Alcazaba que Eduardo Cebrero se jubiló hace unos 25 años y que era una persona muy apreciada entre sus compañeros. Hasta hace unos doce años mantuvo el contacto con él todas las Navidades. En un almacén de la Alcazaba que tanto quiso se conservan dos de sus obras, las de un artista competente y generoso.