La ciudad de Las Vegas cuenta con un conjuro que permite a quienes la visitan abrir un paréntesis moral y disfrutar sin remordimientos de todas las perdiciones que allí salen al paso: «Lo que ocurre en Las Vegas se queda en La Vegas». La empresa tecnológica Apple tiró de paráfrasis durante el magno evento digital del Consumer Electric Show (CES) de 2019, celebrado precisamente en La Vegas, para venderse como la gran defensora de la privacidad de sus usuarios. «Lo que ocurre en tu iPhone se queda en tu iPhone», decía una gran valla publicitaria expuesta en la ciudad del pecado.

La compañía encabezada por Tim Cook ha ganado mucho dinero en los últimos años vendiéndose como «la plataforma de consumo más segura del mundo». En la era del capitalismo de vigilancia, sustentada precisamente en la extracción masiva y descarada de los datos personales de todos nosotros –con nuestro consentimiento o sin él–, la marca de la manzana trataba de distinguirse, como siempre, por ser un oasis donde sus clientes podían zambullirse en el océano de internet sin que nadie supiera en realidad qué estaban haciendo.

En Silicon Valley, la mayor concentración planetaria de vampiros de privacidad, Cook edificaba su imagen de marca precisamente en el rechazo del espionaje digital. En el discurso de graduación de 2019 de la Universidad de Standford –una especie de encíclica de este papa digital– Cook se puso en contra a todo Silicon Valley al reconocer hasta qué punto la tecnología estaba destrozándonos el alma. O como se llame, en términos laicos, «la humanidad» que llevamos implantada. El consejero delegado de Apple cargó contra los discursos de odio que incentivan las redes sociales para poder mantener entretenidos, y cabreados, a sus usuarios el mayor tiempo posible, a fin de que sigan suministrando esas montañas de datos que, después, permiten elaborar publicidad dirigida y, en definitiva, multiplicar las ventas de todo tipo de empresas que son los verdaderos clientes de Google o Facebook. Tim Cook dijo que por culpa de este espionaje omnipresente «perdemos la libertad de ser humanos».

Archivo - Logo de Twitter en un teléfono móvil Monika Skolimowska/zb/dpa - Archivo

Pues bien. Olvídense de tan buenos principios. La manzana que ideó Steve Jobs acaba de sufrir el mordisco del descrédito: Apple ha anunciado que, primero en Estados Unidos, va a empezar a escanear las fotografías que todos sus clientes hagan con el iPhone y suban a su servicio de almacenamiento en la nube (iCloud). La finalidad, según la compañía, es detectar contenidos de pornografía infantil. Ante las críticas recibidas, esta misma semana ha anunciado que pospone la entrada en vigor de la medida, pero en ningún caso renuncia a la misma; solo va a revisar los términos en que la terminará aplicando.

Apple, que siempre se vanagloria de tener lo que nadie más tiene, afirma que su tecnología de rastreo de las fotos delictivas permite detectar esos contenidos sin ‘ver’ realmente las imágenes y, por tanto, sin romper el voto que han hecho de mantener la sagrada privacidad de sus clientes. Aseguran que ellos no son como Google o como Facebook, que también efectúan ese rastreo. De hecho, esta última red social, fundada por Mark Zuckerberg, anunció en 2019 que había eliminado 11,6 millones de piezas relacionadas con la explotación infantil en solo tres meses.

Las asociaciones estadounidenses de defensa de la infancia aplauden la decisión de Apple. Pero hay organizaciones que se preguntan dónde queda la libertad que Cook tanto se enorgullecía de defender. La Electronic Frontier Foundation (EFF) declaraba a la cadena estadounidense CNBC que Apple estaba en realidad creando una ‘puerta trasera’ que brindaba a cualquier Gobierno una maravillosa oportunidad para acceder a datos cifrados hasta la fecha. «Apple deberá explicar detalladamente cómo su implementación técnica preservará la privacidad y la seguridad en la puerta trasera que han propuesto ya que, a la postre, incluso una puerta trasera completamente documentada, cuidadosamente pensada y de alcance limitado sigue siendo una puerta trasera», indicó esta organización.

Paradójicamente, una de las voces que más claramente criticó a Apple fue Will Cathcart, CEO de WhatsApp, que también se postula como fortaleza de la privacidad gracias a su cifrado de extremo a extremo. «Este es un sistema de vigilancia operativa que podría usarse fácilmente para escanear contenido privado para detectar cualquier cosa que ellos mismos o un Gobierno quieran controlar. Los países donde se venden iPhones tendrán diferentes definiciones de lo que es aceptable», dijo Cathcart, quien –y aquí está la contradicción– forma parte del conglomerado digital de Facebook e Instagram, el mayor repositorio de datos privados que jamás haya creado el ser humano. Estas compañías, todas en poder de Mark Zuckerberg, tiene ganancias mil millonarias en su negocio publicitario gracias a los datos que recopilan de nuestra actividad en internet, principalmente a través de los móviles.

El dato, una jugosa secreción de la actividad humana, es la materia prima del capitalismo de vigilancia y ninguna de las empresas que operan en ese entorno puede vivir sin datos. De lo contrario, se hundirían. Es probable que toda la economía se hundiera ya. Por eso la última actualización del sistema operativo de Apple, el iOS14, le ha sentado a cuerno quemado a Facebook. Con el iOS14, «las aplicaciones tendrán que decirles a los usuarios qué información recopilan y obtener su permiso para ello», informaba un medio especializado estadounidense. Es decir: el iPhone recuerda a su propietario que en la era de los ordenadores siempre hay alguien ordeñando su vida privada y lucrándose con ella, y le brinda la oportunidad de apartarse, siquiera un poco, de esta masiva actividad expropiatoria.

Europa Press

Los móviles, nos importe o no, nos espían de continuo. Y cuando existe una puerta trasera siempre hay un mirón dispuesto a asomarse a ella. La revista tecnológica ‘Recode’ informaba recientemente del caso de monseñor Jefrey Burrill, con un cargo ejecutivo en la Conferencia de Obispos Católicos de EE UU. Un medio de comunicación católico, ‘The Pillar’, lo había puesto en la picota después de haber accedido a «señales de datos de conexión» a la aplicación Grindr, de citas gais. ‘The Pillar’ pudo constatar, por las conexiones del sacerdote, que éste tenía «una mala conducta sexual en serie». La exclusiva periodística le costó una «disciplina canónica». ‘Recode’ denuncia que no existe una «supervisión significativa de la vigilancia de los teléfonos inteligentes» y que la venta de datos entre empresas, obtenidos por las distintas aplicaciones, no solo las de citas, es «una industria rentable y en auge».