El 9 de septiembre, apenas unas horas después de que se notificase el incendio de Genalguacil y Jubrique, las declaraciones de los miembros del Infoca ya dejaban entrever que ese fuego no se cuantificaría entre las decenas de conatos que se multiplican por la provincia a lo largo del verano.

La meteorología enseñaba los dientes y resoplaba terral mientras Sierra Bermeja mostraba su carácter impenetrable y macizo. Y esas llamas, que una mano humana quiso prender, empezaron a devorar hectárea tras hectárea ante la impotencia y frustración de un dispositivo formado por más de un millar de personas.

Eso fue lo que pasó pero será lo único que la ciudadanía de a pie no verá nunca, reservándose esa brutalidad de la naturaleza, auspiciada por la crueldad antrópica, para la retina de los bomberos forestales, los agentes de medio ambiente y todo los efectivos que trabajaron directamente sobre el terreno.

Para el resto solo queda el resurgir de un bosque silvestre chapado en plata vieja que sigue oliendo a chimenea con una intensidad que estremece.

Brotes verdes emergen de las cenizas. | A.I.M

Recorrer ahora la MA-8301 desde Estepona hasta Los Reales tras el paso de las llamas implica hincar la vista en el horizonte en busca de las laderas quemadas y quitar bruscamente la radio del coche cuando el carbón te engulle. No hay banda sonora en el mundo que pueda acompañar tanta desolación.

Sin embargo, el bosque no está del todo en silencio sino que cruje, casi parece que crepita, como si aún se mantuviera el rumor de un fuego suave.

Los gruesos troncos de los pinos parecen disolverse como papel quemado con solo rozarlos, aunque mantienen muchas de sus copas cargadas de piñones en un esperanzador verde intacto. En el suelo ya reposan muchas de estas semillas, de las que nacerá el nuevo bosque mediterráneo que curará las heridas a esta tierra hecha a base de peridotita dentro de unas décadas. De entre las cenizas ya están naciendo brotes verdes que empujan hacia arriba sus puntas quemadas. Aquí nadie pierde el tiempo.

Al poco de adentrarse en esta carretera, aparece una fuente de la que no brota nada porque la tubería que la proveía está totalmente derretida. Aún así, alberga algo de agua almacenada, quizás la de las mangueras que se enfrentaron al fuego. Sobre la piedra hay unas iniciales escritas con spray: D.E.P C.M.H. Una metáfora en forma de homenaje a Carlos Martínez Haro, el bombero forestal de 44 años fallecido durante las labores de extinción del incendio de Sierra Bermeja.

Recuerdo a Carlos Martínez Haro. A. I. M.

Por el camino se suceden los carteles que recuerdan que una parte de lo que se ha quemado es paraje natural, los Reales de Sierra Bermeja, una de los tres únicos bosques de pinsapos de la península y casi del mundo -junto a los que nacen al norte de Marruecos-, que pese a que llegó a ser alcanzado por las llamas, no consiguieron acceder a su espesor gracias al ahínco de todos los medios desplegados.

Por el camino, los arcenes de algunas carreteras secundarias están repletas de espuertas con agua y comida para aquellos animales que hayan logrado sobrevivir.

En la intersección entre la MA-8301 y la MA-8302 hay apostado un camión del Infoca a modo de aviso a navegantes: esto aún no ha terminado. Dos efectivos custodian la entrada hacia Los Reales, impidiendo la entrada de todos los que estos días están acercándose a contemplar lo que casi el fuego les arrebata. Hay riesgo de desprendimiento por lo que una barrera oxidada se mantiene bajada cortando el paso.

Justo a su lado, un cartel informativo de la Junta, ahora algo ennegrecido: «¡Atención! Barrera siempre abierta salvo situaciones de emergencia y excepciones». Efectivamente, esta vez lo fue.