Hace unos meses oí en televisión una palabra que me sorprendió, tanto que me detuve para saber quién y dónde la pronunciaba. La persona que acababa de pronunciarla con la mayor naturalidad era uno de los actores que intervenía en una serie o culebrón que se estaba pasando por TVE titulado ‘Acacias 38’. La palabra, dicha con la naturalidad de un malagueño, la acababa de utilizar el actor en una escena. El vocablo que me frenó al oírla fue ‘chuminá’.

Me dio tiempo para localizar al actor que la usó, y al verlo, no me cupo la menor duda de su origen. El actor era Manuel Bandera, malagueño. Este Bandera no es hermano de Antonio Banderas, malagueño también, aunque, uno es Bandera y el otro Banderas.

Chuminá es una palabra netamente malagueña; por supuesto no está en el diccionario de la RAE. Su uso es corriente y se utiliza para calificar un hecho, un suceso, un comentario... de poca entidad. En lugar de decir es una tontería, aquí, en Málaga, nos sale de forma natural decir ¡Bah, es una chuminá!

Pero como nuestro vocabulario es tan original, el superlativo de chuminá, o sea cuando la tontería es una bola más grande, al chuminá le agregamos campestre.

Para terminar: una chuminá campestre es lo que a veces oímos a un parlamentario de los que rigen los destinos de España.

Me quedó algo sin saber: ¿En el guion de Acacias 38 estaba la palabra chuminá o fue lo que en teatro se conoce por morcilla, es decir, agregar una palabra que no está en el texto original y que el actor emplea motu proprio? Como Manuel Bandera es malagueño tal vez actuó por su cuenta o lo acordó con el autor del guion.

Curiosamente, si el vocablo malagueño chuminá lo convertimos en masculino y de palabra aguda la pasamos a llana, nos queda chumino, que es otra cosa.

Escurriura

El ladillo está mal escrito; la ortografía correcta incluye una letra más: una D. La palabra en cuestión bien escrita es escurridura. El significado no necesita mucha aclaración. Es lo que queda en una taza de café o en una copa de vino después de beber el líquido. En Málaga, sin querer sentar cátedra, decimos escurriura.

En los años 40 del siglo pasado, calificado como los años del hambre porque faltaba de todo, se contaba una historia que ahora me produce repelús recordar. Si la cuento es porque forma parte de la historia de nuestra ciudad y que yo traigo a este espacio dominguero porque responde al enunciado del espacio.

En las tabernuchas o tabernas de mala muerte que había en la Málaga de la década de los cuarenta, las escurriuras de los vasos de vino que el consumidor dejaba en el fondo, en lugar de ir al fregadero para su limpieza y nueva utilización, se vertía en una botella donde se acumulaban las escurriuras de todos los servicios.

Esta guarrada tenía una clientela propia: los incurables pobres bebedores que no podían pagar una consumición normal y por una perra gorda (diez céntimos de una peseta) satisfacían la perentoria necesidad de beber un trago.

Yo era casi un niño cuando me contaron esta espeluznante realidad de la miseria que asolaba una parte considerable del censo municipal. Naturalmente, yo no frecuentaba ni bares ni tabernas y como todos los niños y adolescentes de la época, solamente bebíamos aguas del grifo, y cuando estábamos empachados, nos largaban un vaso de agua de Carabaña, que olía a perros muertos, para sanear las interioridades. Los niños y adolescentes de la década presente beben refrescos. El agua, como decía un castizo, «para los peces».

Termino esta rúbrica con lo que le ocurrió a un médico malagueño que fue destinado a un pueblo de Granada cuyo nombre no viene al caso. Atendió a un campesino y, para curar sus males o mitigar sus dolores, le recetó unas pastillas. Para que no se equivocara le informó que se tomara una en el desayuno, otra en el almuerzo y otra en la cena. Y agregó: se las toma con un poco de agua. El paciente, al oír lo del agua, lo interrumpió: ¿No puede ser con un poco de vino? Es que yo nunca he bebido agua.

La calle Guillén de Castro, lateral del mercado de Atarazanas, antes de la peatonalización. L. O.

Otras estampas

De la misma época de las escurriuras son las batatas cocidas que se vendían en la mal llamada calle de los Puercos (Guillén de Castro); se le adjudicó el adjetivo puercos porque a plena luz del día, sin el menor rubor, sin la menor limpieza, sin medidas sanitarias… se ofrecían las citadas batatas ya cocidas depositadas en papel de estraza sobre las aceras, zapatos usados procedentes de recién fallecidos, pan blanco, ropa más que usada raída por su mala calidad… y todo lo que puedan imaginar, porque el hambre y la necesidad presidían la vida de la ciudad en aquellos años que yo viví y que ‘regüerve’ el estómago o ‘estógamo’ porque todavía hay gente que cambia el orden de las sílabas. El regüerve apenas se utiliza, aunque está dentro de nuestra rico y particular vocabulario.

¡Ah! Al referirme a la batatas que se vendían en la calle de Los Puercos escribí correctamente cocidas, pero el pregonero reclamaba la atención de los viandantes decía "¡Batatas cocías y calentitas!".

En la misma calle, esquina con Sebastián Souvirón, un vendedor de bollos de leche e isabelas (bollos con azúcar) ofrecía sus productos colocados en un carrito con un cartel bien visible: «Hoy no se fía». Naturalmente el cartel no había que cambiarlo nunca.

El Melillero en el Puerto de Málaga.

Espárragos y plátanos

No lejos del mercado de Atarazanas había dos puntos de venta que las amas de casa visitaban, unas para adquirir plátanos a precios más económicos y otras en busca de espárragos verdes.

Los plátanos se vendían cerca de la puerta de acceso al puerto. Eran las unidades no aptas para ser vendidas en los puestos del mercado por su aspecto exterior, primeros síntomas de su deterioro. En el proceso de desembarque del «canario» (barco que hacía el trayecto Canarias-Málaga-Barcelona), los plátanos ‘pasados’ se vendían a bajo precio.

El otro producto, los espárragos verdes, conocido como «los melilleros», se vendían en los portales de la calle Carros, nombre que desapareció al remodelarse la Acera de la Marina. Se les decía «melilleros» porque llegaban en el Correo de Melilla, como dicen en Melilla, o Melillero como familiarmente se le conoce en Málaga. Los traían tripulantes del buque que así conseguían aumentar sus salarios. Los espárragos eran excelentes y se vendían enseguida.