Marcel Proust, en su famosa obra ‘En busca del tiempo perdido’ muestra su devoción por la primorosa Vista de Delft de Vermeer. Para el francés se trataba de uno de sus cuadros más queridos, como demuestra en su kilométrica novela haciendo perder la vida a uno de sus personajes en una exposición, mientras contempla absorto un minúsculo detalle del famoso cuadro: un trozo de pared amarilla, iluminada por el sol, a la derecha del lienzo, muy cerca de las dos torres de la Puerta de Rotterdam, hoy desaparecida.

Lástima que Málaga no tuviera su Vermeer, pero, como alguna vez hemos comentado en esta sección, en 1785 un pintor español, Mariano Sánchez, realizó un par de vistas de nuestra ciudad, del frente marítimo, poco antes de que derribaran las famosas murallas que las rodeaban -las que por entonces seguían en pie- y que jubilaran sus puertas.

En su reciente y premiada obra ‘Málaga, la ciudad apetecida. La defensa de su mar y de sus costas (1700-1810)’, el académico de la Historia, de San Telmo y de Ciencias Francisco Cabrera incluye estos dos preciosos lienzos.

De cualquier forma, en la Málaga de nuestros días podemos toparnos con detalles que al escritor francés que escribía ‘embutido’ entre paredes de corcho, para amortiguar los ruidos, le habrían fascinado. Uno de esos detalles podemos apreciarlo en estas tardes otoñales hacia las 7, nada más desembocar desde calle Nueva en la plaza de Félix Sáenz y enfilar Puerta del Mar.

Sobre esa hora, el sol hace mutis por el foro y antes de despedirse de este rincón del mundo, ilumina una sola palmera de Puerta del Mar, que parece tocada por el dedo de un dios antiguo.

El tronco envuelto en haces de oro es un espectáculo precioso que, comprobó el autor de estas líneas, muy pocos paseantes detectan, pues ocurre a unos pocos metros sobre sus cabezas y la mayoría anda con bulla, cuando no se encuentra con la tez bajada, en eterna comunión con el móvil.

La palmera ‘ungida’ por el sol es, como el resto, una Washingtonia robusta, la misma especie que las que escoltan el Palacio de la Aduana, sólo que se trata de ejemplares infantes que, pese a su altura, todavía no han pegado el verdadero estirón.

Si contemplamos fotos de los años 20 del siglo pasado y lustros anteriores veremos cómo las de la Aduana se parecían a sus parientes de Puerta del Mar en todo. La próxima vez que pasen por este precioso rincón de Málaga sobre las 7 de la tarde... miren al cielo.