De Daniel Quintero dice José Manuel Cabra de Luna, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo: «Es un pintor naturalista que entronca con la mejor tradición española y tiene cuadros con una valentía cromática inusual», además de una capacidad para el retrato «que va construyendo el personaje a partir de su dibujo».

Por su parte Mariano Vergara, vicepresidente de la Fundación Unicaja, destaca «su dimensión espiritual y religiosa», que denota un «estudio profundo y sistemático, no sólo de las Sagradas Escrituras sino de todo el mundo judío, incluyendo el mundo español de Sefarad de hace mil años».

Los dos expertos comisarian la exposición ‘Daniel Quintero. Ibn Gabirol en su centenario’, inaugurada el pasado jueves en el Centro Cultural Fundación Unicaja, en el Palacio del Obispo.

Daniel Quintero, esta semana, acompañado por los comisarios de su nueva exposición en el Palacio del Obispo, Mariano Vergara y José Manuel Cabra de Luna. La muestra puede visitarse hasta el 23 de noviembre. Álex Zea

Se trata de la cuarta exposición individual en su ciudad natal de este afable y cercano pintor desde que en 2008 el Palacio Episcopal acogiera una gran muestra retrospectiva. «Fue el rescate de la ciudad de un hijo suyo que se había perdido completamente y él había perdido a la ciudad», destaca José Manuel Cabra de Luna, que coincidió con él en el Colegio de San Agustín.

Daniel Quintero nació en Málaga en 1949 y vivió en la calle Ancha del Carmen. De ese Perchel de la infancia cuenta que le queda «el olor a zotal, que no me resulta desagradable». De raíces malagueñas, vascas, italianas y sefardíes, la tía de su abuela era Carlota Tettamancy, que tenía la hacienda El Tomillar en el Arroyo de la Miel, en la que el futuro pintor veraneó hasta los 15 años. «El Arroyo de la Miel era entonces un paraíso de cabras y abejas», recuerda.

Camino de los agustinos cuenta que siempre se paraba en calle Bolsa en una tienda de su tío, Radio Ganga, fascinado por el espectáculo de los trabajadores reparando las radios.

Su vida da un cambio total con la muerte de su madre, que provoca en 1959 el traslado de toda la familia a Madrid, donde estudia en los Sagrados Corazones.

Al finalizar el colegio se apunta a Derecho, «pero me di cuenta que lo que quería era dedicarme al arte», confiesa.

Ya por entonces, vende dibujos a pluma en el Rastro y empieza a recibir clases del valenciano Amadeo Roca, «con un conocimiento del dibujo esencial», algo que, subraya, escasea bastante en nuestros días entre los artistas. «Fueron tres o cuatro años dibujando estatuas desde la mañana a la noche; cuando salía me tomaba un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor y seguía para mi casa», recuerda. 

El artista malagueño, con su maestro, el valenciano Amadeo Roca.

El artista malagueño, con su maestro, el valenciano Amadeo Roca. Archivo Daniel Quintero

El dominio del dibujo natural permite que entre con facilidad en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, estudios que interrumpe -aunque luego finalizaría- para volver con su maestro Roca. «Era mejor volver al maestro porque eran malos profesores en general», destaca.

Antes de terminar en San Fernando envió un cuadro a una exposición de un alumno en el País Vasco. El lienzo pasó por las manos de la famosa galerista de Madrid Juana Mordó. «Le gustó y me dijo que tenían que contratarme inmediatamente», recuerda. Sólo tenía 20 años.

Un cuadro decisivo

Para el pintor pronto llegaría un «salto» aún mayor en su carrera, porque estando convaleciente de una enfermedad estuvo todo un año pintando un cuadro, inspirado en sus continuos viajes en metro por Madrid.

Se titulaba ‘En el Metro (las puertas verdes)’ y para pintarlo alquiló al Metro de Madrid «unas puertas oxidadas que las llevé en el 600 a la casa de mi padre».

El lienzo lo compró la Galería Marlborough de Londres y en 1976 lo adquirió la Scottish National Gallery of Modern Art.

La adquisición mueve al malagueño a marcharse a vivir al Reino Unido, aparte de que su mujer era inglesa. Comienza ahí una trayectoria internacional que le lleva a vivir y trabajar en Cornualles, Londres, Dublín, Nueva York y el sur de Francia.

De su estancia en Estados Unidos cuenta que le conmovía «cómo tú exponías y venían grupos de estudiantes, se ponían a dibujar y te preguntaban cosas prácticas, como cuál es el lápiz que utilizas. Son una gente que las universidades se la toman en serio».

Daniel Quintero se considera «un pintor español que trabaja dentro de la línea del naturalismo, del natural». En este sentido, precisa que, mientras el realismo es «el pormenor de la imagen, el naturalismo es la unidad de la pintura».

En 2008, preparando la exposición retrospectiva del Palacio Episcopal de Málaga. Arciniega

Bodegones, paisajes, grabados... el artista del Perchel es también un afamado retratista que ha plasmado a grandes personajes nacionales e internacionales. «Suelo trabajar en hoteles. Esa forma de trabajar me da una cierta libertad, no me meto en las casas de los protagonistas», resalta.

Como destaca con una sonrisa, «la primera sesión es peor que ir al dentista, la gente se siente muy incómoda». El pintor tranquiliza a sus modelos a través de un dibujo preparatorio que a su vez le sirve de «carta de navegación» y que subraya su compromiso con el dibujo natural, pues no tiene querencia alguna por tomar fotografías. Sus paisajes también los plasma al natural «porque puedo ver infinitos matices, muchísimos más que los que ve la máquina», resalta.

Uno de los cuadros de su nueva exposición en el Centro Cultural Fundación Unicaja, esta semana. Álex Zea

En todo caso, hace tiempo que ha querido apartarse del retrato oficial para no ser encasillado. Ese cambio puede apreciarse en su última exposición en Málaga, un demostración de amor a Sefarad de este artista que hace décadas transitó del catolicismo al judaísmo ortodoxo, tras muchos años de concienzudo estudio de los textos sagrados.

En ‘Daniel Quintero. Ibn Gabirol en su milenario’, que entre otras obras muestra retratos de personalidades del mundo judío a lo largo de su historia, ha tomado como modelo a personas «que he conocido en la sinagoga, porque quería una cierta cohesión».

Maestría y colorido en este homenaje a Ibn Gabirol que puede ser una ventana al mundo judío «para que lo vea la gente de una forma más clara y limpia».