¿Qué le suma y qué le resta a la lectura de ‘La conquista de la transición’ la distancia de seis décadas sobre los acontecimientos que analiza?

Los hechos que analizo me tocó vivirlos a una corta distancia que posibilitaba su conocimiento. Mis principales recuerdos de cuando era joven naturalmente incluían tanto el comportamiento del franquismo frente a los jóvenes demócratas, como las estrategias que seguíamos para soportar la represión, entre las que destacaba el actuar de la mano de los partidos democráticos de los países miembros de la entonces denominada Comunidad Económica Europea. Ahora bien para poder ofrecer una narración precisa de lo acontecido, naturalmente eché en falta lo narrado en los informes escritos que figuraban en archivos oficiales y que se quemaron por orden del Ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa y de quienes respaldaron su quema. Ello me ha exigido un esfuerzo metódico y continuado durante diez años de consulta de la mejor prensa extranjera, de informes conservados en importantes archivos como los de Manuel Díaz Alegría, Manuel Giménez Fernández, Indalecio Prieto, Dionisio Ridruejo, Joaquín Satrústegui, la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), entre otros; así como la consulta de archivos de numerosos amigos y de sus familiares. Son texto que he leído a la par que iba escribiendo el libro por lo que creo poder decir que entre lo conocido y lo narrado no ha existido esa distancia en el tiempo.

¿Han llegado los españoles a saber con la certeza suficiente de dónde vienen y adónde van?

Los más cultos de nuestros ciudadanos, en mi opinión, conocen básicamente las desafortunadas peripecias de nuestro siglo XIX. En cuanto a que provenimos de cuarenta años de dictadura, asentada tras la Guerra Civil, los lectores de mi reciente libro pasarán a saber muchísimas cosas importantes que hasta ahora no se habían publicado, especialmente respecto a los esfuerzos de la oposición democrática para poner fin a aquel régimen que no nos conducía a ninguna parte y sustituirlo por una democracia plena, que nos permitiese incorporarnos a la Comunidad Europea. En cuanto a avanzar en el conocimiento de hacia dónde vamos solo puede lograrse cuando en un régimen suficientemente democrático los ciudadanos procuren conocer la verdad de lo que sucede y debatir sobre como encauzar mejor los problemas del futuro, que precisan de diagnósticos certeros y de enfoques adecuados.

¿Por qué existió tras el franquismo ese interés en borrar parte de la historia reciente que se denuncia en su obra?

Tras el franquismo el propósito de borrar la totalidad de la documentación que permanecía en archivos policiales, sindicales, de los gobiernos civiles... solo existió entre quienes eran los altos responsables de los excesos del régimen autoritario y de la represión consiguiente. La destrucción de tal documentación la hicieron sigilosamente y sin conocimiento de la ciudadanía, pues esta nunca hubiera estado de acuerdo en que se destruyera su historia. Un pueblo es el titular de toda su trayectoria y sabe que tiene derecho a que no se destruya su recuerdo. En la Europa del siglo XX hubo muchas dictaduras: el nacional socialismo alemán, el fascismo italiano, el salazarismo portugués, la dictadura de los coroneles griegos..., pero la única dictadura de la que se ha destruido la práctica totalidad de sus archivos policiales ha sido la que España vivió durante los ocho lustros de franquismo. Recientemente, al ir a fusionarse la República Federal Alemana con la Alemania socialista del Este, el Canciller de la primera, Helmut Kohl, exigió como requisito imprescindible que los dirigentes comunistas no destruyesen los archivos de la represión y estos hubieron de conservarlos.

¿Ha pronunciado este país demasiadas veces en vano la palabra Transición?

Por Transición se entiende la salida de un régimen político que no garantiza ni los derechos ni las libertades de su ciudadanía para debatir y aprobar una auténtica Constitución democrática, propia de un buen Estado de Derecho. Y en nuestro siglo XX solo hemos vivido una vez tal experiencia.

¿Tiene solución el problema de las dos Españas?

La Constitución gaditana de 1812 fue sin duda una de las mejores de su época y es la obra de una moderna España. Pero las guerras carlistas y la irregular derogación de aquella Constitución nos llevó a un terreno en el que la clase dirigente dejó de asumir su texto y sus valores. En los últimos años hemos avanzado bastante hacia una democracia de cierta calidad. Ahora bien, aún progresaremos más cuando el proceso de federalización de Europa haya avanzado lo suficiente como para poderse aprobar una Constitución europea que garantice que en nuestro continente se disfrute de los más altos niveles de democracia conocidos en el mundo. Creo que en esa etapa futura se disolverá el problema de las dos Españas en un contexto de óptima convivencia.

¿Si los políticos de ahora dialogasen como lo hicieron los de hace medio siglo, gozaría la democracia española de mucha más salud?

Siendo estudiante de cuarto curso de la carrera de Derecho Joaquín Ruiz Giménez me pidió que me incorporase a la Junta de Fundadores de Cuadernos para el Diálogo, lo que hice. En las reuniones semanales de esta publicación percibí que quienes allí estábamos creíamos en las virtudes que conlleva el diálogo. Es preciso escuchar los argumentos del otro y lejos de contestarle con insultos o con descalificaciones, hay que desarrollar respuestas repletas de buenos argumentos. Si escuchamos las razones del otro, comprenderemos su posición y ello conllevará aproximar posturas. Una convivencia de calidad no se logra con radicalismos, palabras gruesas o insultos, pero es conquistable mediante altas dosis de diálogo. Nuestra sociedad, por supuesto, es capaz de dialogar y solo le resta acabar de asumir que es un deber ético dialogar constructivamente con el que piensa de forma distinta a nosotros. Facilitaría las cosas el que en nuestros partidos políticos abundasen personas bien preparadas para practicar el diálogo.

¿Qué ganaba la dictadura reprimiendo del modo que lo hizo a quienes, como usted, ejercieron la oposición demócrata cristiana?

Ganaban tiempo en que disfrutar de todo el poder político, carente de controles jurídicos serios y propenso a la corrupción cotidiana. Pero el clima democrático que se asentó en nuestra Universidad y el que la joven generación no desease la eternalización de aquel régimen obligó a los dirigentes de este a tener que pensar en una salida consensuada.

¿Sintió alguna vez, mientras era detenido, multado, interrogado o confinado en el franquismo, que aquella lucha no llegaría a buen puerto?

Siempre fui optimista, como lo eran también los amigos que nos acompañaban en aquel esfuerzo. El franquismo cada vez era más débil y tenía menos apoyos entre la población joven, mientras en las aulas universitarias el pensamiento democrático europeo era ya un denominador común.

Participó en la fundación de la UCD y luego asistió a su declive, ¿le faltaba un hervor a aquel partido político?

UCD surgió como una coalición de diferentes fuerzas políticas, unas reales y otras reducidas a un grupo mínimo de personas que acababan de asumir unas siglas. Suárez impulsó la fusión en un partido, pero concurrían demasiadas circunstancias que impedían que aquello fuera un partido análogo a cualquiera de los grandes partidos que existían en los países miembros de la Unión Europea.

Visto desde la distancia, ¿qué fue el golpe de estado del 23-F: un síntoma o un hecho puntual?

Fue un seudo golpe. No debe hablarse en puridad de un golpe de Estado. Aquella teatralización de tal seudo golpe de guardias civiles de tráfico no gozaba del respaldo del ejército. Solo en una Capitanía General, la de Valencia, se hicieron unos movimientos estéticos. Pero los restantes capitanes generales estaban sorprendidos por aquello que carecía del respaldo de los mandos militares. Al día siguiente, el Alcalde de Madrid, mi buen amigo el profesor Enrique Tierno Galván, me telefoneó para invitarme a cenar y hablar de lo que había sucedido; en aquella cena me narró que el Capitán General de Madrid le llamó para tranquilizarle y decirle que aunque no conocía el origen de tan triste espectáculo, podía asegurarle, tras hablar por teléfono con todos los capitanes generales, que ni se había producido un golpe militar ni iba a suceder nada grave. Mes y pico después me llamó el Capitán General de Canarias -a quien el de Madrid había narrado sus conversaciones con Tierno y sabia que yo compartía el que aquello no fue un golpe militar- para verme a su paso por Madrid; en nuestra reunión me explicó con pelos y señales que aquello no fue un golpe militar. Creo saber dónde estuvo el origen y la responsabilidad de tan graves hechos, pero como sobre aquellos sucesos se ha tendido un manto para evitar su esclarecimiento, este abuelo piensa que no le corresponde a él narrarle a nuestro país su verdad de aquella mentira.

¿Cree que la Constitución Española sigue siendo el gran colchón que salva a este país o piensa que debería ser actualizada?

En las democracias occidentales su Constitución es siempre la base del ordenamiento jurídico que garantiza el disfrute de los derechos y libertades de cada persona, a la par que pone los cimientos y las paredes maestras de las instituciones del sistema político, así como las reglas que deben respetarse para que el mismo funcione democráticamente. Ahora bien, el curso de la realidad siempre muestra que hay aspectos que pueden ser mejorados o que precisan de una actualización para adaptarlos a nuevas circunstancias. Y por ello en las mejores democracias europeas los debates sobre posibles mejoras a introducir en la Constitución son muy frecuentes, como ocurre, por ejemplo, en Alemania, cuya trayectoria supera la media de una reforma constitucional al año. En la cola de Europa está nuestra dura tierra, en que el número de reformas aprobadas para nuestra Constitución de 1978 ha sido reducidísimo y prácticamente siempre se ha tratado de reformas que nos han sido exigidas desde los altos órganos de la Unión Europea. Sería muy provechoso que nuestra clase política conociera y admirara las buenas prácticas de la clase política alemana.

¿Se considera una rara avis por el hecho de haber dicho tantas veces que no a un ofrecimiento tan idealizado por los españolitos como el de llegar a ser ministro?

Creo conocer bien que soy solo un jurista, que ha disfrutado estudiando el Derecho y sus problemas. Ello explica mis altas calificaciones en la Universidad, que en las oposiciones nacionales al Cuerpo de Profesores Adjuntos se me diese el número uno y que obtuviese una cátedra siendo muy joven y en mi primer intento. También me ha interesado mucho el estudio de la realidad jurídica, que incluye demandas, recursos, dictámenes... Y creo saber que los altos cargos políticos deben ocuparlos los políticos profesionales, entre los que nunca me he encontrado.