«El trabajar en grupo la verdad es que me cansa a veces en la carrera, porque siento que soy una carga y tienen que tirar de mí, y por otra parte, en ocasiones me gustaría hacerlo yo solo, para hacerlo a mi manera o más rápido. (...) Es un pensamiento egoísta, realmente creo que es bueno trabajar en grupo, pero no deja de ser agotador».

Estas líneas pertenecen a Salvador, un joven con síndrome de Asperger -hoy englobado en el Trastorno del Espectro Autista, TEA- que estudia Educación Social en la Universidad. Sus reflexiones están incluidas en ‘La Neurodiversidad en las escuelas: el autismo desde las historias de la vida’ (Ediciones Aljibe), de la maestra en educación especial y doctora en Pedagogía Mari Ángeles Gómez Gerdel.

Como explica esta venezolana de padre malagueño, a caballo entre Málaga y el CEIP San Miguel de Aldeaquemada (Jaén), donde enseña, «todos los seres humanos compartimos un 99,9 por ciento de información genética y lo que nos diferencia es ese 0,1», un minúsculo porcentaje que hace que «no todos procesemos la información de la misma manera, inclusive las personas que tenemos la misma etiqueta». Por este motivo, subraya lo apropiado de la palabra ‘neurodiversidad’.

Y dentro de esa ‘neurodiversidad’, la de las personas con Trastorno del Espectro Autista y su relación con la educación, que aborda en este libro en el que no falta una primera parte dedicada a aspectos generales del síndrome de Asperger, su historia y la supuesta relación con la genialidad e incluso a si son ciertas las leyendas de que personalidades como Woody Allen, Newton o Messi podían catalogarse dentro de este grupo. «Newton quizás podría entrar en esa categoría, pero el síndrome de Asperger es tan rico y diverso, que un neurocientífico habla de que cada niño con autismo es como un copo de nieve, único e irrepetible», indica la experta.

Juegos educativos de dos niños con TEA. | ARCINIEGA

La parte central se ocupa de la educación de personas con TEA, un aspecto que mueve a la autora a varias reflexiones, la primera, que «a nivel legislativo» se diseña una «inclusión a coste cero, pero es difícil muchas veces hacer cambios cuando faltan recursos materiales», aparte de que, como resalta, «los maestros trabajamos mucho fuera del horario laboral, y luego no somos una isla, para ser una escuela inclusiva tenemos que ir todos a una. En centros de este tipo la inclusión es mucho más fácil».

En la tercera parte, María de los Ángeles Gómez recopila y analiza los testimonios de jóvenes con Asperger, una experiencia que confiesa que ha sido «preciosa», al tiempo que resalta que «los maestros nos podemos convertir en investigadores de nuestra práctica educativa».

A este respecto subraya que el estudio de estos testimonios permite «comprender las singularidades de cada proceso de enseñanza y aprendizaje» y «entender que cada realidad puede ser diferente pero a su vez parecida en algunos aspectos». Además, gracias a una información tan valiosa «puede servir para diseñar la intervención educativa basándonos en los intereses individuales».

Un libro que es un completo mapamundi sobre la Educación y las personas con TEA.