Tan escueto como el vocabulario del político medio español es el estrecho caudal de frases con el que, desde hace lustros, se promocionan de forma reiterada cientos de ciudades, pueblos y diseminados de España, da igual dónde se encuentren.

Y así, ya se trate de Barcelona, Zamora, Belchite o el Peñón de Alhucemas descubriremos que cualquier rincón de nuestro país es una «tierra de contrastes», un «crisol de culturas» o como mínimo un «cruce de caminos», cuando no las tres cosas.

Así ocurre con la zona que rodea la (extinta) casa natal de Cánovas en el Centro de Málaga, en concreto en la escondida calle Nuño Gómez.

Sin duda es una «tierra de contrastes» y es obvio que por la intrincada red de callejuelas, sólo puede ser un «cruce de caminos». En cuanto al «crisol de culturas», dado que por las cercanías se asentaron desde los fenicios a los ‘hipsters’, sin olvidar a los riojanos y guiris de la Málaga industrial, el ‘acrisolamiento cultural’ está más que probado.

Pero qué duda cabe que de las tres manidas frases promocionales, la que más se ajusta a la calle Nuño Gómez es esa de «tierra de contrastes». Porque basta con cruzar Carretería y pasear por buena parte de la ‘almendra del Centro’ (otro topicazo), para palpar el contraste entre unas calles bien cuidadas y animadas y la siniestra vía en la que Cánovas tuvo la ocurrencia de venir al mundo. De hecho, es muy posible que cuando este feliz hecho acaeció, en 1828, estuviera al menos con los edificios enteros.

Queda mucho por hacer en este rincón del Centro, tan cerca y tan lejos de calles excelsas. Sin duda ganaría muchos enteros si alguna década pudiéramos ver en pie, por fin, el centro de interpretación de Antonio Cánovas del Castillo o como quiera que finalmente se llame lo que planten en Nuño Gómez para recordar su figura.

Hay que recordar que nuestro sensible Ayuntamiento, «el primero en el peligro de la demolición», no cayó en proteger la casa natal de Cánovas, construida en el siglo XVIII, que terminó en ruinas y fue derribada en 2004. El mismo final que Villa Maya, en El Limonar.

Sólo queda en pie la casa contigua, el número 9, una vivienda posterior, levantada sobre el solar de la casa de Cánovas, que se dividió en dos. La parte original, el número 11, mordió el polvo gracias al cuajo municipal.

Hoy, donde don Antonio vino al mundo crecen los ‘árboles de solar’, un cable gordo cruza la parcela presidencial y proliferan las pintadas en el muro que cierra el estropicio.

Calle Nuño Gómez, contrastado crisol de roña y abulia.