El pasado miércoles, dentro del ciclo ‘Málaga y la Mar’, de la Vocalía de Patrimonio Marítimo del Ateneo de Málaga, los académicos de la Historia, San Telmo y Ciencias Manuel Olmedo y Francisco Cabrera recorrieron varios siglos de la mano de la cartografía histórica de Málaga y su costa, en una amenísima disertación.

Además de planos de la ciudad y vistas prodigiosas, también mostraron ingenios como el fanal o farol grande que funcionaba con aceite, colgado de una grúa de madera, y que diseñó el ingeniero Jorge Próspero de Verboom para el Muelle Viejo del puerto, con el fin de que orientara a los barcos mientras el muelle se prolongaba, con vistas a construir, al finalizar las obras, un faro de cantería, que no llegó hasta 1817 (nuestra Farola).

Francisco Cabrera narró con gracia una ‘estremecedora’ historia de apatía malaguita en torno al fanal provisional, porque para que funcionara, el Ayuntamiento contrataba cada año a un asentista que se comprometía cada tarde noche a encenderlo y a izarlo con una cuerda a la estructura, mientras que, a primera hora de la mañana, debía bajarlo y apagarlo.

El problema es que, en la documentación localizada en el Archivo de Simancas, estos incansables investigadores localizaron cartas de queja de capitanes de navíos, que aseguraban que cuando se aproximaban al Puerto de Málaga, el fanal siempre se encontraba apagado porque el asentista ahorraba en aceite para provecho propio.

El faro temporal del Puerto de Málaga, diseñado en 1724.

El faro temporal del Puerto de Málaga, diseñado en 1724. Archivo General de Simancas

El Ayuntamiento decidió entonces encargar a un alguacil que marchara cada día al puerto hacia las 2 de la mañana, a comprobar que el fanal estaba encendido, es decir, que el ciudadano contratado para ello había actuado con diligencia.

Pero la carne es débil y el sueño tenaz por lo que el alguacil, seguramente, acudió el primer día y hasta el segundo, pero al tercero se quedó en casa para planchar la oreja, con lo que el fanal seguía apagado sin remedio.

El Consistorio tomó entonces la ‘drástica’ medida de encargar al llamado diputado de visita de navío (un concejal de la época) «a que fuera todas las noches a vigilar que el guardia estaba vigilando que aquello estaba encendido», relataba el experto, que explicó que el diputado fue la primera y la segunda noche, pero la tercera... Así que volvieron las cartas de protesta de los patrones de los barcos.

El final feliz llegó cuando se militarizó el servicio y unos soldados recibieron la orden de vigilar todas las noches el funcionamiento del precario faro. Una historia de ‘terror administrativo’ y escasas luces.