Yolanda Paredes pasea por el Centro de Málaga y observa las calles con cariño. «Todo esto me lo he pateado yo», dice, mientras presume de conocer hasta la última esquina de la capital.

Cruza el Puente de los Alemanes con la mirada clavada hacia el frente, sonriendo. Cuando llega a la plaza de Santo Domingo gira sobre sí misma, contemplando todo a su alrededor. «Este es mi centro, este es mi lugar».

En septiembre del año pasado, Yolanda perdió su empleo en la ayuda a domicilio, donde trabajaba cubriendo bajas y vacaciones. Cuando se quedó sin trabajo, esta mujer de 50 años, nacida en Arganda del Rey,no tuvo más remedio que dejar el alquiler e irse a vivir a un hostel, manteniéndose allí hasta agotar sus recursos económicos. Probó suerte en Cáceres, donde le prometieron un trabajo que no salió y cuando pudo regresar a Málaga, Yolanda se vio en la calle.

«Te dices ‘¿ahora qué hago?’ Pues te pones a buscar cartones. Tienes que estar en un sitio donde no molestes, de tránsito, por si te pasa cualquier cosa o te vienen a robar. En invierno vas buscando el sol y te tienes que tapar con unos cartones hasta que te dan una manta... Cuando te dan una manta estás en la gloria», explica Yolanda con una naturalidad chocante. «Y lo poco que tienes lo compartes con los compañeros».

En Málaga, la ciudad a la que llegó con 37 años, sus dos hijos y una persona con la que mantenía una relación de maltrato de la que acabó divorciándose, nadie de sus pocos allegados conocía su situación, más que una amiga que la ayudaba en cuanto podía. Su familia de Madrid, a excepción de un hermano, no sabía que estaba en la calle, ni siquiera sus hijos. No lo quería contar.

De manera que llenó una mochila con lo imprescindible -móvil, carné, currículums, una muda- y localizó un sitio junto a un gran centro comercial donde pasar las noches porque, aunque la calle es «dura», la prefería antes que el albergue municipal. «No es que sea yo más que nadie, porque soy hija de obreros, pero yo prefiero quedarme en la calle, que sé lo que yo tengo».

La gran ayuda vino cuando contactó con el Comedor de Santo Domingo, donde además de un plato de comida recibió apoyo en la búsqueda de empleo y de formación, los dos objetivos irrenunciables de Yolanda.

«Si tú tenías un trabajo y llevabas una casa, aunque estés en la calle tienes que seguir con tus mismas metas. Si tienes una entrevista de trabajo, lo que necesitas es asearte un poco y ya está, vas con lo que tengas», insiste.

De esa manera se mantuvo durante unos meses, pasando días completos de cita en cita, de recurso en recurso, echando currículums... y volviendo a su «esquinita» por la noche. Así, hasta que el 22 de diciembre, cuenta, le «tocó la lotería»: obtuvo una plaza en Calor y Café, un centro de acogida nocturno de Cáritas, que da cobijo desde las nueve de la noche hasta las nueve de la mañana. Allí pasó las Navidades.

Yolanda, durante la entrevista. | GREGORIO MARRERO ana i montañez. málagaaim

La puerta que se abrió

«En la calle hay que tener un objetivo, es verdad, se te puede ir la cabeza. Tienes que ser constante». Y tras tocar a innumerables puertas, una se abrió: una empresa de ayuda a domicilio la contrató para trabajar como interna al cuidado de una anciana en Mijas, un trabajo que no duró mucho pero que la ayudó a salir de los recursos sociales.

Ahora Yolanda se encuentra de baja laboral. Ha aflorado la artrosis y la tensión por los meses que vivió a la intemperie, pero tiene un hogar. «Me quedo con la gente que he conocido, que es maravillosa y que sigue en la calle porque ellos quieren». Y confiesa: «Las cosas materiales ya me dan lo mismo, a mí lo que me importa es la vida, salir para adelante».

Cuando el cuerpo dice «basta»

Lulú (nombre ficticio), con 57 años, llegó a España huyendo de Perú poco después de que mataran a su hermano. Lleva casi 20 años en el país y jamás había dejado de trabajar. En limpieza industrial, ayuda a domicilio y cuidado de personas mayores. También dejó atrás una relación de maltrato. «Mejor sola, más tranquila».

Lulú había peleado por sus papeles, su alquiler y su estabilidad, y lo consiguió... hasta que su espalda empezó a quejarse por los años cargando a ancianos, levantando ventanas... una dolencia para la que se está medicando y está a la espera de poder operarse. Esto supuso pedir la baja laboral en noviembre de 2019, poco antes de la pandemia, y ya nunca renovó el contrato con la empresa de ayuda a domicilio en la que trabajaba.

«Cuando dejé de trabajar, ya no tenía ingresos económicos y tuve que dejar el alquiler. Conocí personas que estaban en la misma situación que yo y logré estar de okupa en muchos lugares pero no se podía convivir, no había agua, no había luz», relata.

Los problemas de convivencia la llevaron a abandonar esos pisos y, en marzo de 2020, cuando ya se hablaba de confinamiento, Lulú se quedó sin techo. Su solución fue alquilar un trastero, que utilizaba para pasar las noches. Durante el día, salía para acudir al Comedor de Santo Domingo a por comida y dejaba pasar las horas, arrebujada en los pasajes de las calles.

«Yo pensaba que si la policía me intervenía, yo diría que no tengo dónde dormir, a ver qué iban a hacer ellos», recuerda. Para asearse, usaba los baños del negocio de trasteros y, a veces, la casa de una «amistad» que le dejaba ir a ducharse.

En esta situación se mantuvo hasta mayo del año pasado, cuando se le concedió la Renta Activa de Inserción (RAI) y pudo alquilar una habitación en un piso compartido mientras espera otro subsidio de ayuda a la vivienda.

«Desde que estoy en España, yo solo he luchado, tratando de seguir adelante. Vine con una meta, tener una vida mejor para mi familia», sostiene.

Lulú ha pasado de trabajar prácticamente de lunes a domingos, incluyendo festivos y días sueltos a rechazar ofertas de trabajo porque ya no puede desempeñar esas tareas.

En diciembre se le acabará la RAI y confiesa que no tendrá más remedio que irse a vivir con su hija, que también atraviesa dificultades económicas. Su próxima meta es operarse, tratar de recuperarse lo antes posible y conseguir la forma de optar a una vivienda social. «Yo soy un soldado en una guerra. Esa es mi próxima batalla».

Aumentan las mujeres afectadas por el sinhogarismo

Faltan recursos para atender a mujeres con problemas mentales en situación de calle


El sinhogarismo es un agujero social que siempre ha afectado más ahombres que a mujeres, aunque en los últimos años, las asociaciones y entidades que acompañan a las personas en situación de calle están asistiendo a un considerable aumento de población femenina que se queda sin techo. Tras el motivo de ese incremento hay una multitud de factores: falta de ingresos económicos, falta de trabajo o mantenimiento de un trabajo precario y muy inestable, carencia de apoyo familiar, situaciones de soledad o de maltrato. «Las personas que se ven en la calle no suelen verse en esa situación por un único problema sino que reúnen una serie de problemas», aclara el director del Comedor de Santo Domingo, Pablo Mapelli, que añade otros factores añadidos, como el consumo de alcohol o drogas. A esto se suma que las mujeres sin techo son más vulnerables y están más expuestas a ataques, agresiones sexuales y robos. Otro problema que denuncia Mapelli es la falta de recursos sociales para derivar a mujeres en situación de calle que arrastran problemas de salud mental, en algunos casos, no reconocidos ni tratados. «Nos cuesta mucho encontrar un recurso en el que puedan entrar porque hay más para hombres que para mujeres porque en el sinhogarismo la población mayoritaria son hombres», apunta el director del comedor. «Además, la enfermedad mental requiere de recursos muy especializados y hay pocas plazas».