El narcotráfico evoluciona y reestructura sus líneas y enclaves en su objetivo de mantener un lucrativo negocio que, solo en España, mueve al año miles de millones de euros. Circunstancias como las vividas por la pandemia están contribuyendo a la transformación de un mapa de la droga que se expande en la península ibérica, donde afloran -o se fortalecen- nuevos puntos de cultivo de marihuana o de entrada de hachís o cocaína. Es el caso, sin ir más lejos de la Costa del Sol malagueña.

Como reflejan los datos de la Fiscalía General del Estado, en su memoria relativa al año 2020, la presión policial que se da en el puerto de Algeciras (Cádiz) y en su zona de influencia -muy castigada por mafias de la droga de diversa naturaleza- está provocando más éxitos de aprehensión de las sustancias, pero también otros efectos derivados: «La constitución de grupos u organizaciones de personas residentes en distintas zonas de Andalucía con una clara distribución de funciones; la búsqueda de nuevas, y no tan nuevas, zonas para realizar alijos y depósitos de las drogas, como la provincia de Huelva [...] el río Guadalquivir hasta Sevilla y la Costa del Sol, llegando incluso hasta Almería».

La Fiscalía General del Estado, además, muestra que los procedimientos por tráfico de droga en Málaga cayeron un 6,85% entre 2020 y 2019, desde los 1.008 hasta los 939. Sin embargo, esta alta cifra esta marcada por un año de pandemia, una condición relevante y que confirma una progresión preocupante: 887 asuntos en 2016, 787 en 2017, 935 en 2018 hasta el tope de los 1.008 en 2019, informa José Antonio Sau.

Multiplicada por diez en Portugal

Sin embargo, estos puntos de entrada también proliferan en la vecina Portugal, donde el aumento de las cantidades de hachís aprehendidas -informa Lucas Font- ha puesto en alerta a las autoridades lusas. Porque los últimos informes muestran una tendencia al alza en cuanto al tráfico por el sur de Portugal, principalmente a través de la costa del Algarve y del Alentejo, las dos regiones más meridionales del país. No en vano, las autoridades portuguesas decomisaron 33.551 kilos de hachís en 2020, casi diez veces más que en el año anterior, cuando la cifra apenas alcanzó los 3.235 kilos. Según la Policía Judiciaria (PJ) el tráfico por vía marítima ha sido el único que no ha sufrido un impacto por la llegada de la pandemia, sino todo lo contrario. «Hemos podido verificar una mayor utilización de lanchas rápidas en la introducción de productos estupefacientes en Portugal, que son al mismo tiempo las que transportan mayores cantidades», asegura una portavoz.

Estas embarcaciones pertenecen en gran parte a organizaciones radicadas en España, según las autoridades lusas, que también se encargan de transportar la mercancía a Portugal desde la costa marroquí. Los grupos criminales asentados en Andalucía han aumentado su presencia en el país luso en los últimos meses, especialmente en el este del Algarve debido a un mayor control policial en la ruta del Estrecho. Más del 55 % de las aprehensiones de hachís cuyo origen ha podido ser comprobado proceden de Marruecos, según el informe anual sobre el combate al tráfico de drogas en Portugal.

El motivo tras ello es que la existencia de múltiples ríos y canales permite a los narcos introducir la mercancía con cierta facilidad en el sur del país, algo que repercute directamente en el aumento de las cantidades aprehendidas a nivel nacional. «Las regiones del Algarve y de la costa del Alentejo son las que acumulan la mayor parte de la droga decomisada. Si un año no realizamos grandes incautaciones en esta parte del país, la cantidad total disminuye considerablemente», concluyen desde la PJ.

Plantaciones en la España rural

Pero no solo la entrada extranjera marca el mapa de la droga en España. Las organizaciones criminales albanesas, serbias y rumanas se han fijado en Aragón para dar rienda suelta a uno de sus negocios: el cultivo de la marihuana a gran escala. Las 31.698 plantas intervenidas en los bosques de Agüero (Huesca), las 5.000 en los de Secastilla (Huesca), las 2.656 en el monte bajo de Mequinenza (Zaragoza) o las 15.000 en naves, pisos y hasta en un zulo de una iglesia ortodoxa distribuidas por diez localidades así lo atestiguan. Están, no en vano, en el punto de mira de la Policía y de la Benemérita.

En la Comandancia de la Guardia Civil de Zaragoza, uno de los agentes especializados en dar caza a estos narcos, el teniente Moreno, destaca que las bandas están jerarquizadas y que en la comunidad autónoma está presente el escalón «más bajo», los que cultivan y velan por la seguridad de la plantación para que no haya robos a manos de otros delincuentes -sin ir más lejos, dos jóvenes albaneses que protegían una plantación con trampas utilizadas por las guerrillas en la jungla susceptibles de provocar heridas incluso mortales fueron detenidos el viernes en El Grado (Huesca)- y que conforme crecen las cortan y las secan o las empaquetan para su exportación.

Moreno resalta el clima de Aragón como el principal atractivo para que la comunidad, al igual que le ocurre a Murcia o Almería se haya convertido en un campo de cultivo. No son, sin embargo, lugares únicos. A mitad de octubre se conoció que la Guardia Civil había incautado 135.000 plantas de marihuana, la mayor cantidad de este cultivo en Europa, en una finca supuestamente dedicada a la plantación de cáñamo legal en la localidad de Huerta de Valdecarábanos (Toledo). El último caso de un mapa de la droga que no deja de ampliarse.