Hace unos 15 años, cuando el autor de estas líneas paseaba por una playa de Huelva con una bolsa de plástico, en la que recogía pilas, botellas, bolsas de aperitivos y vasos, en la orillita del mar, donde no llegaban las máquinas limpiadoras ni los trabajadores de la limpieza, los paseantes identificaban a un servidor con algún tipo de perturbado, fuera o no, esa perturbación, reconocida por la Ciencia.

En la actualidad, ya no es así y se han sumado otros congéneres con la bolsa al ristre por todas las playas y arroyos de Andalucía, para evitar que todo ese festín de plástico termine siendo engullido por los peces que, a su vez, engullimos.

Ocurre lo mismo en la playa de las Acacias, en su mayor parte un pedregal, algo que impide la limpieza mecánica de la playa y la manual no abunda, así que raro es el día en que los bañistas -en verano, claro- no extraen alambres y piezas de hierro oxidado entre las rocas, amén de los plásticos de rigor.

En cualquier caso, bueno es que se haya eliminado la absurda y viejuna barrera mental que impedía a los viandantes recoger la porquería de su entorno y que quienes lo hagan hayan abandonado la categoría supina de ‘majarones perdíos’.

Es más, este baldón majara lo ostentan ahora, precisamente, quienes contribuyen a enriquecer con más ‘mierda, con perdón, la creciente basuraleza.

Todas estas reflexiones vienen a cuento porque, al menos hace unos pocos días, la amplia avenida que homenajea al pintor Rodrigo Vivar, académico numerario de San Telmo, la que enlaza el nuevo barrio de Soliva con el Puerto de la Torre, lucía hecha unos zorros por esta práctica troglodita que tanto predicamento tiene todavía en Málaga.

En realidad, el rastro de porquería se podía seguir desde la avenida Escritor Antonio Soler, en el ultimo tramo a cielo abierto del arroyo de las Cañas, un vergel frondoso mancillado por los formatos de plástico más variados, que además quedan retenidos por las vallas que separan el cauce de la calle.

Resulta muy deprimente el contraste entre la Naturaleza otoñal en toda su hermosura y la ristra de desperdicios que el sol, la lluvia y el viento van deshaciendo poco a poco.

El panorama continúa junto a la avenida de Rodrigo Vivar, muy frecuentada por paseantes con ganas de ejercicio al ser una suave cuesta. La larga linde entre este paseo y el campo está marcada por bolsas y botellas de plástico. La explicación es obvia: un núcleo importante de majaras sigue resistiéndose a la educación, la urbanidad y la higiene. La basuraleza crece por ellos.