Hace algunas crónicas hablamos de que los parques de Málaga no despuntan por ser originales. En ocasiones, parecen copias ya vistas en otros barrios o, si acaso, mejoradas versiones de las zonas verdes de algunas urbanizaciones.

Será la falta de presupuesto pero, de lejos, y sin entrar en la variedad botánica, categoría en la que el Parque de Málaga se lleva la palma, el mejor parque urbano sigue siendo el Parque del Oeste, una zona verde nacida en tiempos de Pedro Aparicio pero totalmente mejorada y transformada durante el mandato de Paco de la Torre, que ofrece diseño, modernidad, arte, ingenio y variedad, sin olvidar las plantas.

En este sentido, el Parque de Huelin es otra cosa porque se optó por un diseño poco sorprendente, salvo por el bonito detalle del faro, con unos pórticos que parecen salidos de algún ‘resort’ de Benidorm. Mucho nos tememos -a la vista de los planos- que se repetirá un modelo parecido con el pequeño parque -en comparación con la inmensidad de la parcela- que resultará de la gran operación inmobiliaria en el suelo de Repsol.

Pero si buscan un parque de verdad mejorable en el que pasar un domingo con la familia, sin duda acertarán con el Parque de Soliva.

Porque, para extrañeza de quien por él se adentre por vez primera, el parque está pensando para estar alejado de los árboles y plantas en buena parte del recorrido, como si en lugar de por una zona verde pululara por un safari park lleno de animales salvajes. Todas las veces que el firmante lo ha visitado a distintas horas del día estaba vacío.

La sensación es desasosegante en otoño, así que en verano debe de ser como pasear por la parrilla de San Lorenzo, aunque, eso sí, se han instalado algunos velámenes para dar sombra y también plantado naranjos y ficus en uno de los paseos.

Inaugurado por nuestro alcalde en 2015, tiene un problema explicable en buena parte por su orografía y por sus caminos de tierra, que casi emulan a la vecina avenida Escritor Antonio Soler en anchura.

Al lado de estos anchos paseos hay suaves colinas coronadas por árboles, lomas a su vez delimitadas por unos bordillos que lanzan el claro el mensaje de que por ellas no se debe transitar.

De esta forma, gran parte del parque es un ‘mírame y no me toques’ que transcurre sin una sombra que echarse a la cabeza.

Plantar más árboles a ambos lados de estos paseos disminuiría la sensación de transitar por un camino inhóspito con lo verde tan intocable y lejano.