Me pasa de vez en cuando y, al ocurrir, siempre sonrío: paseo por una calle cualquiera de Málaga, voy hacia una rueda de prensa o en busca de algún amigo con el que comentar algo o tal vez pienso mientras camino en lo que me queda por hacer, en los temas del fin de semana, en la arquitectura de las páginas y, de repente, el olor del incienso me acaricia como si fuera un viejo conocido. Me pasa en verano y me sucedió el jueves pasado por Cisneros. Es un recuerdo lejano de la vida cofrade, claro, ahora agazapada, tras brillar en la magna, en las casas hermandad y las iglesias. Más allá de las conexiones neuronales que me permiten evocar imágenes y anécdotas que jalonan mi vida gracias a ese aroma juguetón y sacro que de vez en cuando me sale al paso, sentencio: el incienso es patrimonio inmaterial de los malagueños. Porque ahora que se ha despertado, gracias a Dios, el interés por conservar parte de lo que fuimos en nuestros edificios y monumentos, pensaba yo el otro día en cómo recordaremos a nuestros poetas, escritores y directores de cine, actores, cantantes, pintores y artistas de todo tipo en los años venideros, y, claro, me dirán que a través de sus obras. Seguramente las producciones literarias, pictóricas, fílmicas o dramáticas de los más conocidos van a perdurar en el tiempo como el musgo que, bajo los árboles, siempre marca el norte; pero qué ocurrirá con la obra de quienes no tuvieron la suerte de triunfar en vida, de ver colmados sus anhelos con el incómodo impostor que es el éxito, porque, no lo olvidemos, es habitual que se reivindique el legado de muchos artistas cuando ya se han ido. Aquí los poderes públicos, sus extensiones culturales, claro, tienen mucho trabajo que hacer. La iniciativa de la Concejalía de Cultura (de Noelia Losada, portavoz de Cs) de señalar con placas aquellos lugares con significación histórica en Málaga (por ejemplo, el Bilmore, templo gastronómico en el que Pérez Estrada organizaba sus eruditas tertulias), aunque el verdadero triunfo es que los apellidos de todos ellos que también hacen Málaga cada día sea pronunciados en conversaciones futuras de malagueños que, tal vez, aún no hayan nacido.

Pensaba en todo eso en la semana en la que el alcalde hizo pública una carta enviada al ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, una misiva en la que, básicamente, el regidor le metía prisa al ministro, porque el próximo 14 de diciembre, es decir, el martes que viene, se celebra en París la Asamblea General de la Oficina Internacional de Exposiciones, el ente que debe decidir si Málaga acogerá la Expo 2027 relativa a la sostenibilidad urbana. Decía el alcalde que ya no daba tiempo a anunciar en ese foro que el Gobierno español tenía una candidatura, la de Málaga, y exponerla en todos sus detalles; pero sí pedía que el delegado español dijese en ese cajón de sastre que es el apartado de asuntos varios que España cuenta con una candidatura sólida, para que fuera sonando la historia. El mismo día, el portavoz del PSOE, Daniel Pérez, pidió que se constituya ya una comisión organizadora que incluya a todos los partidos de la ciudad y a la sociedad civil, un foro que avance al mismo tiempo que la comisión bipartita Estado-Málaga para ir preparando la Expo 2027. Recuerden que hay alguna ciudad en el mundo que parece calentar motores con el fin de hacerse con el evento. Aquí ya hemos perdido demasiadas oportunidades y sería bueno, claro, que en esta ocasión la ciudad se impusiera. Pérez, por cierto, planteó que no beneficie sólo a un barrio la exposición, sino que, al estilo de lo que hizo Barcelona con los Juegos Olímpicos, suponga la transformación de toda la urbe. No es mala idea.

A todo esto, esta semana también se ha conocido que el Gobierno central quiere tirar el CIE de Capuchinos, antiguo cuartel y convento del siglo XVII, y el alcalde ha dicho que nada de nada. No en vano, Urbanismo, que dirige Raúl López, se ha curado en salud y ya ha enviado a inspectores de conservación para que hagan un informe sobre el edificio con el fin de estudiar su protección. Es otro frente Gobierno-Ayuntamiento que se calienta, curiosamente, cuando las elecciones ya se dibujan claramente en el horizonte, aunque las reivindicaciones tengan mayor o menor sentido de la oportunidad o justicia.

Urbanismo, por cierto, ha abierto otro debate: la necesidad de plantearse ya, abiertamente, la idea de peatonalizar el Soho al completo, o casi, y acabar con ese tráfico cautivo de las calles transversales. Habrá que ver qué opinan los vecinos, comerciantes y hosteleros de la zona, pero es una idea a debatir seriamente que, si se ejecuta con sentido común, puede ser muy beneficiosa para la zona. A ver en qué queda. La peatonalización de Trinidad Grund, por cierto, comenzará tras la Navidad.

Jacobo Florido, edil de Recursos Humanos, ha sacado adelante el convenio colectivo del Ayuntamiento, el primero que no es una prórroga desde 2011. Se lo ha currado, nos dicen, y han firmado cinco de los seis sindicatos del Consistorio (no afecta a todo el holding municipal). La ciudad, por cierto, colgó el cartel de no hay habitaciones libres el pasado puente de la Inmaculada. Seguro que muchos de nuestros visitantes también sonrieron con picardía al encontrarse, en alguna calle, con la dulce caricia del incienso.