De su padre heredó el oficio y el boliche donde destacaba el rótulo ‘Guarnicionería’, un trabajo que no daba ni para vivir medianamente. El negocio de la guarnicionería como el de la talabartería, que eran primos hermanos, iba muriendo poco a poco porque la demanda era escasa, casi nula. La confección de sillines, de aparejos para el embellecimiento de caballos y asnos, sobre todo en épocas de ferias de pueblos y ciudades, cada año iba a menos.

La mecanización del campo había mermado la costumbre de enjaezar las caballerías. Cerró el boliche y, sin la carga que suponía el pago de la Contribución (el IBI), la luz, la tasa de ocupación de la vía pública y otras obligaciones, optó ir por libre, o sea, trabajar en el sector, pero sin taller y sin tener que soportar las cargas que conlleva tener un local abierto al público.

Ir por libre suponía convertirse en guadarnés, o sea, para entendernos, en la persona que cuida de los aderezos de las caballerías de los propietarios, preferentemente de caballos, sin obviar los burros porque muchas extranjeras de la Costa del Sol preferían de mascota un burro a un perro. Iba por doquier ofreciendo sus servicios. Incluso se hizo una tarjeta con su nombre y profesión: ‘Francisco Gómez. Guadarnés’.

Pero tampoco la iniciativa le respondió porque muchos propietarios de caballos solo acudían a sus servicios días antes de la Feria del Sur de Europa (Málaga, según la publicidad municipal). Los poseedores de caballos querían lucirse el día en que el cortejo municipal se traslada desde la Casa Consistorial a la iglesia de la patrona, la Virgen de la Victoria, y durante los días de la feria pasearse a caballo por la calle Larios. El resto del año, el caballo (casi siempre un penco) mal vivía en una inmunda cuadra.

Tampoco mejoró su posición económica, y decidió dar fin al mundo de los caballos y se hizo espetero, cambiado los équidos por las sardinas.

El oficio lo aprendió del propietario de un chiringuito en dos días. El chiringuito estaba situado en un rinconcito de una playita, a la vera del arroyo del Café, un arroyo que ni aparece en la relación de ríos, afluentes, arroyos y arroyuelos de la provincia en la publicación ‘Reseña Estadística de la Provincia de Málaga’, publicación editada por el Instituto Nacional de Estadística en 1969. Yo creo que ni el cronista de la ciudad sabía en qué punto de litoral malagueño vertía sus aguas, y que quizá en la época de los fenicios, en lugar de agua, desaguara café (1).

El ex guarnicionero aprendió el nuevo oficio porque la demanda de espeteros, sobre todo en verano, le aseguraba el ingreso mínimo vital, amén de comer sardinas gratis.

Como andaba escaso de indumentaria se agenció una trenca del año de la riá, que afanó de un contenedor de Madre Coraje, donde entre otras prendas había varios chaqués y esmóquines que los señoritos habían desalojado de los roperos porque su uso no se llevaba. Una chamarreta de la tela utilizada para la confección de vaqueros y unos pantalones del mismo tejido con las rodilleras rotas molaban mucho más que aquellas prendas confeccionadas a medida de cada individuo.

Al chiringuito acudía a diario con sol o sin sol una extranji metidita en carnes, rubia y de ojos azules que, según el baranda del negocio era austriaca, adicta a los vinos de Málaga. Cada día ocupaba la misma mesa, dirigía la vista hacia el mar y se tomaba uno o dos espetos de sardinas. Como bebida siempre pedía vino de Málaga, unas veces Moscatel, otras veces un Pajarete, un Málaga Oloroso, un Lágrima Christi, un guinda o un Pedro.

Bodegas Quitapenas, en una foto de archivo. Arciniega

El chiringuitero iba a la Casa de Guardia o a Quitapenas en busca de los caldos malagueños para satisfacer a la parroquiana, que disfrutaba con el mollate más que un piojo en la melena de un hippy.

Cuando la clientela escaseaba, la extranji hablaba con el espetero en español con acento de Churriana porque, según le contó, antes de vivir en la capital estuvo algunos años en aquella barriada. El ruido de los aviones despegando y aterrizando en El Rompedizo la volvía loca y optó por un lugar menos ruidoso en la capital. De Churriana se trajo el habla y otras costumbres.

Como el espetero nunca la vio bañarse en el mar ni siquiera los días de mucha caló, el ex guarnicionero, que se llamaba Francisco, que unos conocían por Curro y otros por Paco, le preguntó por qué venía todos los días a la playa y nunca se bañaba en la mar. La respuesta fue: en mi tierra (posiblemente se referiría a Austria) hay mucha agua, pero no mar. Le gustaba contemplar el mar en su grandeza, pero le daba repeluzco nada más pensar en meterse. Dijo repeluzco entre las palabras malagueñas que había asimilado durante su estancia primero en Churriana y ahora en la capital. En medio del alemán paterno, introducía palabras malagueñas como emenesté, gachuela, entenguerengue, espatarrá y el tío Cipote. Al dueño del chiringuito no le preocupaba que el espetero atendiera personalmente a la clienta extrajera. Si se la está camelando o ella guirrando, pues hala, que siga mientras no perjudique el negocio.

Algunos de los asiduos del chiringuito la apodaron ‘La Blancúa’ porque estaba más blanca que la ropa lavada con determinado detergente, ya que la gama de los blancos es más variada que la del color verde.

En la mutua confianza, la extranji le pedía al espetero que le afanara naranjas cachorreñas del arbolado malagueño para elaborar mermelada de naranja amarga que untaba en pan cateto para el desayuno diario.

Ella decía que el pan de Viena que se elaboraba en Málaga era una mierda (lo decía en alemán para no ofender). El pan cateto de Málaga, recalcaba en español, era pan bendito. Ya no echaba de menos el llamado pan de Viena de su país natal. La palabra cateto le entusiasmó hasta el punto de utilizarla en cualquier reacción o comentario. Mientras oía en torno al chiringuito palabras como joder, coño, me cago en… ella decía ¡cateto!

Se desplazaba desde su desconocido domicilio a su chiringuito preferido en bicicleta, que llevaba atornillado al manillar un cestito en el que destacaba una bolsa de Mercadona, presuntamente con productos alimenticios para su manduca cotidiana.

La miel

El espetero, como todos los artesanos de su etapa de guarnicionero-talabartero, le daba a la lengua con facilidad. La cháchara era innata en su mundillo cuando despachaba arreos para los burros, para caballos de las carrozas, los mulos de las bateas que llevaban los toneles al muelle… Tanta confianza se estableció entre la extraña pareja –la rubia blancúa austriaca y el espetero- que un día le espetó que un amigo estaba mal del corazón y estaba a punto de cascarla.

La extranji, con un pedroseco por delante y la tacita de caldito de pintarroja, más caliente que el queso fundido, le contó que un profesor de su tierra, que se llamaba Eschiller (así lo entendió él) decía que todos los males del corazón se curan con miel de abeja.

Cuando regresó al barrio le comunicó a la hija del amigo que tenía escacharrao el corazón, lo que le había recomendado la extranji, fue a la tienda donde compraba los avíos del puchero, bacalao seco y los recambios de la fregona y adquirió un tarro de miel, que según le había dicho el amigo de su padre era muy buena para curar las palpitaciones, el cansancio y los arrechuchos.

El del corazón estropeado, que era más bruto que un arao, se tragó toda la miel del tarro de una sentá. Pensaba que contimás miel, el corazón se le iba a curar en un solo día. Le dio una cagalera de mil demonios y por poco la espicha. Casi llama al Ocaso de lo malito que se puso. Pensaba no en el batatá, que ya no funcionaba, sino en Parcemasa, que es donde se entierra a toda la gente, rica y pobre.

Un día la blancúa no se presentó a la hora habitual en el chiringuito. Su silla preferida para contemplar el mar, lo mismo tranquilo como enfurecido, sin olas y sin ruido, sumiso o desmelado, azul o ennegrecido por los nubarrones, con la playa llena de bañistas o huérfano de usuarios por el frío… estaba desocupada, y en la mesita estaban, como siempre a mediodía, una botella sin abrir de Moscatel Dorado y una copa cubierta con una tapa de corcho con anuncio de cerveza alemana para evitar que las moscas mancillaran su interior y compartieran la bebida con la rubia austriaca, que era una institución en el chiringuito que disponía de una falúa del año de la pera y que servía de parapeto para frenar el viento y proteger las brasas donde los espetones se sometían al lento proceso de elaboración.

Pasaron treinta minutos de espera, y no se presentó; inútil espera porque la clienta era más puntual que el reloj de la catedral gótica de Wiesbaden, consagrada a san Cecilio, y que según ella era el mejor del mundo. Uno de sus bisabuelos fue maestro de capilla y relojero.

Aquel mediodía no se presentó, ni al día siguiente, ni al otro, ni nunca más. Pensó que le había pasado algo malo; quizá se haya puesto mala.

Como no leía los periódicos porque no tenía costumbre, de la radio pasaba casi siempre porque solo ponían placas de gente cantando en inglés (a él le gustaba oír a la Pantoja y cupletistas de épocas pasadas) y en la televisión, cuando la parienta no estaba, ponía la Trece para ver las películas del Oeste interpretadas por John Wayne y las de Martínez Soria, de las que sabía de memoria los diálogos, porque las televisiones las echaban una y otra vez.

Si hubiera oído la radio o leído el periódico al día siguiente de la ausencia de la extranji, se habría enterado por los periódicos y las radios locales de la siguiente noticia: «Sobre las doce de medio de ayer, una mujer que transitaba en bicicleta por una de las calles de la urbanización Parque Clavero fue arrastrada por un patinete que en dirección contraria bajaba a gran velocidad. El golpe fue tan violento que la señora falleció en el acto. El conductor se dio a la fuga. La policía ha iniciado la búsqueda del autor de los hechos. La víctima todavía no ha sido identificada».

(1) En La Opinión , el periodista Alfonso Vázquez publicó un artículo titulado ‘El curioso origen del nombre del arroyo del Café’ (31 de julio de 2008), en el que cuenta la historia de este arroyo casi desconocido que está a la altura de Bellavista.

La única referencia que yo tenía del citado arroyo y que menciono en el capítulo de hoy de las Memorias de Málaga, se remonta a muchos años atrás, cuando el ingeniero de Vías y Obras del Ayuntamiento de Málaga José María Garnica, al tener que redactar un proyecto relacionado con el casi desconocido arroyo, tuvo que consultar con las empresas de Gas, Electricidad y Telefónica, porque las tres tenían conducciones en el cauce casi siempre seco. Después de los contactos con las empresas resultó que ninguna tenia esas conducciones. Las obras previstas se llevaron a cabo… y el arroyo quedó reducido a lo que apunta Alfonso Vázquez en su artículo. No hay referencia alguna sobre si alguna vez se desbordó, como sucede en otros arroyos de Málaga capital.