Casi todos conocen la historia del hallazgo y milagrosa salvación de los bronces de El Ejido, descubiertos en octubre de 1851.

Es más que sabido que fue Jorge Loring quien compró las tablas a un industrial de calle Compañía, que a su vez las había adquirido para fundirlas y convertirlas, lo más probable, en soportes para velas.

Lo que ya conocen pocos es que Jorge Loring pudo dar ese paso gracias al ‘soplo’ que le dio su amigo José Gálvez González, abuelo del famoso doctor Gálvez.

Lo curioso es que a su vez José Gálvez Andújar, el hijo del anterior y padre del médico, prestó un servicio parecido cuando era el apoderado de Jorge Loring, lo que permitió al marqués hacerse también con los bronces de Osuna.

Todos estos curiosísimos datos aparecen en el estudio preliminar del académico de la Historia Manuel Olmedo Checa para la edición facsímil de 2000 de los ‘Monumentos históricos del municipio flavio malacitano’, de Manuel Rodríguez de Berlanga, primer traductor de los bronces del Ejido.

Es de recibo por tanto que en el antiquísimo campo comunal del Ejido, colindante con tejares que llegaban hasta la calle de la Victoria, tenga su emplazamiento el Colegio Lex Flavia Malacitana, en recuerdo de los bronces salvados de un tristísimo final.

Lo que también resulta triste o cuando menos, sume en la melancolía a más de un observador, es contemplar el grado cero de utilidad de la pérgola que corona la plaza de la Lex Flavia Malacitana, junto al colegio.

Se trata de uno de los mobiliarios más absurdos de nuestra ciudad, junto con las pérgolas de la plaza de la Biznaga en García Grana y cualquier precio que se haya pagado por ella parece dinero tirado al fregadero o a la fontana de Trevi.

Como saben los que frecuentan esta sección, nuestro Ayuntamiento tiene una inexplicable aversión a las pérgolas con plantas trepadoras, pese a que en su haber cuenta con una de las más visitadas de España (la pérgola de La Concepción, la finca de Amalia Heredia y Jorge Loring, precisamente).

Sin embargo, el Consistorio suele optar por gastarse el dinero en pérgolas desnudas, incapaces de dar sombra y que sólo son un caro adorno.

La de la plaza de la Lex Flavia Malacitana, en zigzag y desnuda de plantas, sólo se utiliza para que los niños ‘encesten’ en ella y de forma cíclica luzca llena de botellas, balones, latas y alguna piedra.

Si los romanos se dieran una vuelta por esta plaza en su honor, harían mutis por el foro.