En el Panteón de Hombres Ilustres de la capital de España descansan antiguos rivales de la política española como nuestro paisano Cánovas del Castillo y el logroñés Sagasta (de la tierra de Cameros, como tantos apellidos ilustres de Málaga).

Esta fallida iniciativa, pues muchos inquilinos del panteón terminaron regresando a sus enterramientos anteriores, también incluye los restos del asturiano Agustín Argüelles.

Quien fuera tutor de la reina Isabel II se ganó el apodo de ‘El Divino’ en las Cortes de Cádiz por una cualidad, la oratoria, que en nuestros días demasiados diputados -ya sean del carril derecho como del izquierdo- han sustituido por la bronca futbolera y los modales de rufián, de bastante más impacto en las redes sociales.

El caso es que, tras la muerte de Argüelles, además de ganarse una parcelita en el panteón y de dedicarle una escultura en la capital, en la que el artista lo esculpió ‘narigón’ pero sin su nariz ‘bulbosa’, el Ayuntamiento de Madrid puso su apellido a un barrio que comenzó a construirse en la década de 1850.

En Málaga, el homenaje fue más modesto y don Agustín recibió, por acuerdo municipal de 1887, la inmortalidad haciéndole un hueco en nuestro callejero.

Sin embargo, y sin ánimo de pecar de localista, la calle Argüelles, que se encuentra en Capuchinos, tiene un encanto que no se encuentra en muchos rincones del bonito barrio madrileño de Argüelles y es el encanto fruto de la sencillez y la colaboración vecinal.

Para empezar, porque la calle Argüelles es apenas un suspiro, una callecita estrecha y peatonal que puede pasar desapercibida a la persona que pasee por la Alameda de Capuchinos o por el otro lado, la calle Numancia, y no está atenta.

Pero con sólo echarle una ojeada es muy probable que se detenga, porque en toda la calle no hay una casa mata que no tenga delante una hilera de macetas con plantas, hasta el punto de que algunas de ellas ‘toman la curva’ y se adentran en la Alameda de Capuchinos.

Para marcar el carácter peatonal, los vecinos la han cerrado a ambos lados con macetones y por la parte de la Alameda custodia la modesta vía un espigado cactus.

Las aspidistras lucen como recién salidas de un chaparrón y, en algunas casas, las plantas de la calle se complementan con las que salen a tomar el aire en las ventanas.

Cierto que el barrio de Argüelles tiene más empaque, pero la calle Argüelles de Málaga produce en el paseante una sonrisa de satisfacción, que no es poco.