La vida puede dar muchas vueltas incluso mucho después de finalizar. Es lo que ha sucedido con el magistrado malagueño José María Manescau Saborío, un brillante jurista nacido en Málaga en 1772 y fallecido en Madrid el 22 de diciembre de 1850, cuando se encontraba en la cúspide de su carrera, pues desde febrero de ese año era presidente del Tribunal Supremo.

Aunque fue enterrado en el Cementerio madrileño de San Isidro, desde el pasado 3 de septiembre sus restos, ya incinerados, se encuentran en su ciudad natal y descansan en el panteón de la familia Sandoval del Cementerio Histórico de San Miguel, donde también se encuentran los restos de su hermana Ana María y su cuñado Lorenzo Sandoval.

Como explica José Luis Rodríguez Palomo, sobrino tataranieto del juez malagueño, este inesperado viaje de José María Manescau, 171 años después de su muerte, comenzó a fraguarse cuando en marzo del año pasado, un pariente de la familia, Julio Rivera, le escribió un correo en el que, «por puro azar, en una visita a Madrid quiso visitar la tumba de José María Manescau y supo por los empleados del cementerio (de San Isidro) que los nichos del patio donde se encontraba la tumba iban a ser demolidos, por hallarse en muy mal estado y sus restos trasladados al osario común».

Sus restos descansaban desde 1850 en la Cementerio de San Isidro, en Madrid.

Sus restos descansaban desde 1850 en la Cementerio de San Isidro, en Madrid. Archivo familiar

Julio Rivera, que vive en Villalba, Lugo, con la ayuda de su hermano José María, residente en Madrid, lograron al mes siguientes rescatar los restos y trasladarlos a Lugo, donde fueron incinerados en agosto.

Como curiosidad, explica José Luis Rodríguez, su pariente de Lugo también trasladó la lápida original del juez, que conserva en su despacho, y pudo recuperar el birrete con el que José María Manescau fue enterrado porque estaba en buen estado.

Urna con las cenizas del magistrado malagueño. Archivo familiar

Tras la incineración, Julio Rivera viajó a Málaga con la urna y asistió a la ‘reinhumación’ de las cenizas en el panteón familiar. Durante la ceremonia, Aurora, la mujer de José Luis, leyó unas palabras en recuerdo del jurista: «Con tu larga vida dedicada a la Justicia honraste a tu familia y a nuestra ciudad, Málaga, donde naciste y te formaste (...) te hemos traído de nuevo a tu ciudad natal para que honres con tu presencia y con tu nombre el panteón familiar. Aquí podrás descansar para siempre junto a tu hermana y sobrinos, en un hermoso y tranquilo parque, acompañado por la brisa marina de tu tierra y el olor a jazmín de tu infancia».

José Luis Rodríguez subraya que fue un acto «muy emotivo», en el que no faltaron las lagrimas y que el traslado de los restos desde Madrid a Lugo, para terminar en Málaga no tuvo excesivas trabas burocráticas.

Retrato del jurista malagueño con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. Revista Péndulo

Gran Cruz de Carlos III

De esta manera, el Cementerio Histórico de San Miguel incorpora a otro malagueño ilustre, cuyo retrato, precisamente acaba de aparecer en el último número de la revista Péndulo, presentada el mes pasado, en un artículo de Alfonso de Ceballos sobre la Orden de Carlos III en Málaga, ya que José María Manescau recibió la Gran Cruz de Carlos III, la condecoración civil más importante de España, con la que posó para el pintor.

Además, la Real Academia de la Historia lo incluye en su serie de biografías de españoles ilustres, en la que se informa, en un perfil biográfico escrito por Ricardo Gómez Rivero, que nació en Málaga el 4 de marzo de 1772 y era hijo de Juan Manescau y de Josefa Saborío. En Málaga estudió Lógica, Física y Metafísica en el Colegio Santo Tomás de Aquino y fue becado para poder estudiar Derecho en Granada. En 1798 aprobó el examen de abogado y se trasladó a Madrid para emprender una notable carrera de jurista, además de ingresar en la Real Academia de Derecho de Carlos III.

Entre sus numerosos cargos, durante la invasión napoleónica formó parte del Tribunal de Seguridad Pública de Valencia y más tarde del de Sevilla. Cuando los franceses llegaron a la capital andaluza, con el tribunal se trasladó a Cádiz.

También fue regente de la Audiencia de Sevilla, diputado por Granada en las Cortes durante el trienio liberal; regente de la Audiencia de Barcelona y en 1840 fue elegido diputado por Málaga.

Tres años más tarde, a mitad de diciembre de 1843 obtuvo plaza en el Tribunal Supremo como presidente de la Sala primera. También fue senador por Málaga entre 1844 y 1845 y cinco años más tarde, presidente del Tribunal Supremo.

Como curiosidad, durante su vida laboral disfrutó de cortos permisos para arreglar asuntos familiares y mejorar su salud en su ciudad natal. Ahora, descansará en ella para siempre.

Lápida con el nombre del magistrado, en último lugar. Archivo familiar