No es fácil pedir un café en Málaga si se es de fuera aunque, quizás, lo es más aún para el malagueño que, por el motivo que sea, se encuentra fuera de su tierra y se dispone a desayunar en una cafetería. Fuera de la Ciudad del Paraíso, quien pide una «nube» pudiera estar pidiendo la luna.

Por eso, no es de extrañar que, con el paso de los años, se haya incrustado en la esencia de Málaga el delicado gusto por el café, con las diez variantes que nacieron en el Café Central y que se extendieron por toda la provincia.

De esta centenaria cafetería ya no saldrá ningún sombra doble, ni un corto, ni tampoco un mitad, después de cerrar sus puertas el domingo 9 de enero, pero sobrevivirá un importante legado: sus azulejos, el diccionario cafetero por antonomasia que pintaron las manos de la ceramista Amparo Ruiz de Luna en el año 1990.

Esta artista, que falleció hace siete años, era la tercera generación de toda una saga familiar de virtuosos ceramistas, con raíces en Talavera de la Reina.

Esa dinastía empezó por su abuelo Juan Ruiz de Luna Rojas, que cuenta con su propio museo en la localidad toledana; siguió con su padre Juan Ruiz de Luna Arroyo, que se instaló en Málaga en 1962, una herencia que continuó la propia Amparo así como su sobrino, Carlos Ruiz de Luna, también fallecido.

Quien conoció a la artista la recuerda como un alma eternamente joven, despierta y entusiasta que sentía devoción por la cerámica.

«Yo, aunque no soy depresiva, cuando alguna vez tengo alguna cosa, como tenemos todos, mi trabajo me lo quita. Es que para mí es mi vida, mi mundo», confesaba en 2013 al cronista de La Opinión de Málaga, Alfonso Vázquez.

De su estudio-taller ubicado en la calle Bodegueros, en el Camino San Rafael -espacio que compartía con su sobrino-, salieron otras piezas que, a día de hoy, siguen adornando la historia de Málaga, como los tres bancos de los jardines de Pedro Luis Alonso, junto al Ayuntamiento. Uno representa la vida marina, otro está dedicado a las aves y el tercero a las plantas.

Por el centenario del Paseo del Parque, en 1997, Ruiz de Luna junto a su sobrino y la ceramista Charo Castilla, donaron unos bancos de cerámica que, por cierto, fueron retirados por la Gerencia de Urbanismo en 2007 durante unos trabajos de renovación.

Los asientos fueron trasladados a la finca Quintana, sede de Parques y Jardines. En 2014, la artista ya denunció el mal estado en el que se encontraban conservados. Aún no han sido repuestos.

Por otro lado, en la fachada de la peña flamenca Juan Breva del centro histórico luce otro azulejo de Ruiz de Luna que ahora va a restaurar el Ayuntamiento. Es aquí donde se va a instalar el mosaico que se conservaba en el interior del Café Central. Los que se exhibían en la fachada de la cafetería que daba a la calle Santa Lucía ya están reubicados en el patio del colegio Los Olivos, donde fue antiguo alumno Rafael Prado, propietario del Central, y donde todavía reside el veterano padre agustino Laureano Manrique, antiguo profesor de este centro educativo y autor de la traducción al latín del mosaico.

Amparo Ruiz de Luna, con uno de sus belenes. Álex Zea

Más de mil belenes

Si algo caracterizó a esta artista fue su destreza para modelar belenes verticales, de una sola pieza, donde los pesebres siempre coronan montañas repletas de detalles. A ello se aficionó cuando cumplió los 11 años y desde entonces nunca dejó de hacerlos.

Tanto es así que la ceramista presumía de poder estar en el libro Guinness de los Récord, ya que decía haber hecho más de un millar de belenes. Muchos de ellos se mostraron en numerosas ocasiones en la sala de exposiciones Manuel Barbadillo y también en la tienda Alfajar, en la calle Císter.

Como ella misma explicaba, Amparo cogía una pella de barro e iba dando forma al belén en tiempo real, tal y como su imaginación se lo iba dictando.

El mayor deseo de esta ceramista fue que Málaga contase con un museo con las obras de su padre.