En el callejero fotográfico coleccionable que La Opinión de Málaga entregó en los albores del periódico, antes de que por España imperara Google maps, la mayor parte del barrio de Teatinos y siguientes, en dirección oeste, no constaba, al tratarse de una ‘terra incognita’ o ‘cuasi’, con algunas de sus avenidas todavía en forma de pistas de tierra o sembrados sin siembra.

Por esos tiempos del cambio de siglo todavía existía entre las viviendas que se iban construyendo en la parte de Torre Atalaya una vieja mansión de aires camperos y decimonónicos muy hermosa. Tan apretujada se encontraba ya entre dos bloques, a modo de guardaespaldas, que a la siguiente visita del firmante la mansión había sido sustituida por un solar.

Sobrevivió, sin embargo en un cerro próximo el cortijo de La Píndola, del siglo XVIII, salvado por el Ayuntamiento de Málaga y recuperado para albergar una de las incubadoras de empresas de Promálaga.

Lo de La Píndola es un nombre curioso. ¿Pudo derivar de ‘péndola’? Según la RAE, una péndola puede ser una pluma de escribir y una pluma de ave pero también un elemento de construcción. Quizás algún lector conozca más sobre esta gran casa y su nombre.

De cualquier forma, hay que felicitar al Consistorio por mantener en pie la construcción, que hoy realza el paisaje de la zona. Lástima que en la inmediata cuesta de acceso al frecuentado cortijo, los usuarios tengan que pasar por un paisaje tan degradado que hasta un director de películas de ambiente ‘quinqui’ se quejaría de lo ‘recargado’ del decorado.

El terrenito se comporta como una parcela de nadie en la que los elementos más arborícolas de nuestra sociedad aprovechan lo solitario del paraje para depositar todo tipo de detritus.

Como señalaba un afilado cronista italiano -o quizás fuera mexicano-, en este tipo de paisajes esperpénticos no debe faltar una taza del váter y efectivamente, aquí tampoco falta. Mejor no indagar sobre el pasado de la pieza.

De esta manera, el contraste es mayúsculo entre la mansión rehabilitada y salvada y la ruin vecindad, en la que se aprecian gruesas llantas de neumáticos; la carcasa de un televisor, desdeñado por no ser ya extraplano; cubos; alguna silla despanzurrada y un parlamento de plásticos de todo pelaje.

Las vistas, eso sí, son hermosas y combinan el campo con los veteranos bloques verdes del Cónsul en la lejanía y los nuevos que se levantan. Para que este campito se levante habría que limpiarlo a fondo.