Por la Organización Mundial de la Salud (para el vulgo, OMS) me acabo de enterar de que estoy entre los considerados como ancianos; bueno, eso lo sabía sin la afirmación de una entidad que la cagó (perdón) en los inicios de Coronavirus-19, hoy Covid-19, para abreviar.

El director general de la OMS, un señor que se llama Tedros Adhanom Ghebreyesus, que creo que es indio de la India, cada día que aparecía en televisión decía una cosa distinta porque no sabía, como no sabía nadie, qué era aquello de una epidemia que se trasformó en pandemia… y veremos cuándo acaba sin saber todavía su origen.

Según la OMS, entre los 66 y 79 años se está en la edad media (no en el Medievo o Edad Media); los que llegan a los 80 y hasta los 99, están en la ancianidad, y a los centenarios los consideran «mayores de larga vida». Resumiendo, ahora soy un anciano, y dentro de un lustro, quizá «un mayor de larga vida».

Pero antes de estas clasificaciones la cosa era distinta: entre los 25 y 60 años, pertenecían a la adultez (palabra bastante fea), y a partir de los 61 los seres humanos se convertían en ancianos.

Todo lo anterior tiene su origen en las declaraciones del ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones del Gobierno de España, don José Luis Escrivá, en las que pedía a la sociedad española un «cambio cultural» para trabajar hasta los 70 o 75 años.

Los gritos de protesta y condena ante tamaña petición llegaron hasta el cielo o una remota galaxia. Los sindicatos, las asociaciones, los grupos de presión, los partidos de la oposición y demás semovientes reaccionaron, y como es habitual, pidieron la dimisión del ministro o su cese inmediato. Como es también habitual, el interfecto hizo unas declaraciones o rectificaciones sobre sus declaraciones anteriores.

Es bastante frecuente que un ministro, después de teóricamente meter la pata, al día siguiente del desliz pida perdón o manifieste que parte de sus declaraciones «están fuera de contexto». La ministra de Turismo, después de decir que el volcán de la isla de La Palma repercutirá favorablemente en las visitas turísticas, tuvo que pedir perdón, cosa que todavía no ha hecho, por ejemplo, el titular de la cartera de Consumo cuando dijo que el turismo apenas representaba algo en la economía española.

Manifestación en Madrid en 2019 por la defensa de las pensiones EFE

Prolongar la vida laboral

Eso de prolongar la actividad laboral hasta los 70 o 75 años no es una novedad del ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, porque cuando yo empecé a trabajar (o vida laboral que es más bonito) en 1949, la jubilación en España era a los 70 años, a la que gran parte de los hombres y mujeres no llegaban porque se morían antes o la cascaban casi al día siguiente del ‘júbilo’.

La esperanza de vida en la España de los años 40 y 50 del siglo pasado andaba precisamente sobre los 70. Como se morían antes o poco después de dejar el tajo, no había problemas de tesorería para pagar las pensiones que, dicho sea de paso, eran de cachondeo por su ridiculez.

Pocos años después salió una orden, decreto o como sea, rebajando la edad de jubilación a los 69. Nos iban a regalar un añito más a los casi septuagenarios.

Muchos años después se produjo lo inesperado: ¡Jubilación a los 65 años! ¡Albricias, yo somos europeos!

Yo, que no soy ni economista, ni estadístico, ni jurisconsulto, me hice una pregunta: ¿Cómo es posible adelantar la edad de jubilación cuando el aumento de vida se dispara y ya anda por encima de los ochenta años tanto en hombres como en mujeres? La lógica me inclina a pensar que el denostado ministro de Inclusión, Seguridad, etc. está en la línea correcta, aunque el griterío llegue al cielo o a las galaxias más remotas.

Como la ‘hucha’ o dinero ahorrado entre los ingresos y gastos, se rompió como las huchas de barro con forma de cerdito gordo, los responsables del fondo de pensiones (la Seguridad Social) y ‘Bruselas’, que es la que más o menos manda en veintisiete países de distintos padres y madres, llegaron a la conclusión de que la cosa no podía seguir así porque las cuentas no cuadraban, y menos en una España en la que jubilaciones anticipadas en algunos casos son buen chollo para dejar de trabajar y jugar al golf o al pádel, mientras que en otros muchos condenan a vivir con una pensión enclenque.

Paso por alto a medias el periodo que medió entre uno y otro acuerdo que fijó el límite máximo de una jubilación a los 65 años, y que permitió a algunos privilegiados cobrar dos pensiones. Esos favorecidos lo pasaron pipa. Ahora, haya cotizado uno más que lo que le queda de pensión, un principio de solidaridad le limita la pensión, lo cual guste o no, es lo que hay.

100º cumpleaños de la malagueña Antonia Ramírez, en el centro del a imagen, en 2021.

Prejubilaciones a gogó

La política de despedir o jubilar a los cincuentones como si fueran vejestorios ha desnivelado las cuentas. Todas las empresas que modernizan sus sistemas de trabajo, el primer paso que dan es despedir al personal sustituido por ordenadores, máquinas que cuentan el dinero, reducción de papeleo, cartas, desplazamientos, visitas personales… hasta incluso, en el caso de los bancos y entidades de ahorro, cerrar oficinas y sucursales dejando a los habitantes de núcleos poco poblados sin posibilidad de cobrar su pensión mensual en su localidad porque al grito de «aló el último» bancos y cajas desmontaron sus oficinas para ahorrarse gastos.

Hubo un tiempo no muy lejano en que Correos prestaba el servicio de pagar a los jubilados su pensión. Pero desde que los bancos acapararon todo el movimiento dinerario, el servicio de Correos dejó de llevar a domicilio el dinero de cada mensualidad.

He leído por algún lado –quizás en las mismas páginas de este periódico- que una entidad bancaria ‘presume’ de haber rejuvenecido su plantilla de empleados hasta el punto de no tener en su nómina a ningún trabajador de más de cincuenta años. Por lo visto, una persona de cincuenta y un años es una carga.

Lo que no recogía la noticia es la edad de los integrantes del Consejo de Administración, los que tienen el poder de dirigir la entidad y ser responsables de sus éxitos y fracasos. Estoy por asegurar que ninguno de esos consejeros tiene menos de cincuenta años y más de uno o dos superarán los setenta tacos. Los que mandan y deciden pueden, según la OMS, pertenecer al grupo de ‘ancianos’ y el resto, los de la edad media, tienen que irse a casita.

Y recurriendo a la forma de despedirse de los trabajadores de muchos gremios, ‘doy de mano’ hasta la semana que viene, si mi ancianidad me lo permite.