Los que me leen los domingos en estas páginas de La Opinión habrán observado que en mis colaboraciones bajo el título ‘Memorias de Málaga’ intercalo en el texto escrito en español, palabras y expresiones del vocabulario popular malagueño que no figuran en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, vamos, que no son españolas.

Esta costumbre o vicio de recurrir con frecuencia a nuestro argot, o como se le quiera denominar, no tiene otro fin que el de divulgar esas expresiones y vocablos para que no se pierdan, que no se olviden, porque forman parte de nuestra cultura.

En otros lugares de nuestra geografía sucede otro tanto de lo mismo. Si los catalanes y los vascos -a los que uno los extremeños, los isleños de Baleares y Canarias, asturianos, gallegos, araneses y de otras culturas- defienden su lengua me parecen muy bien y lo aplaudo reconociendo que entre unos y otros hay diferencias abismales porque algunos son idiomas y otros no pasan de ser una jerga o un dialecto. No hay comparación porque algunos tienen su gramática, pronunciación y tradición y hasta un ignorado origen, porque el vascuence, como aprendí en el colegio (ahora es euskera), tiene unas raíces no latinas.

Hecha esta salvedad, voy a lo que voy: la variedad y riqueza de nuestro vocabulario.

Escritores malagueños de los siglos XIX y XX, como Arturo Reyes y Salvador González Anaya, en sus obras recurrían a palabras y dichos malagueños, que enriquecían sus novelas y cuentos. Si venía bien en un diálogo o en una descripción, estos artistas de la pluma no dudaban en recurrir a una palabra del vocabulario local, nacido en los estratos populares, barrios, gitanos y hombres del campo.

Expertas de la Universidad de Málaga examinan en 2014 el epistolario del escritor Arturo Reyes con una bisnieta del autor. Arciniega

Estoy cansado

Un no malagueño, originario de cualquier ciudad española, utilizando el vocabulario normal, al llegar un día a su casa cansado de trabajar, porque ha tenido que continuar la jornada laboral por imprevistos, como atender compromisos ineludibles… exclama: «¡Estoy cansado!».

Como el vocabulario español es muy rico, el cansado puede sustituirse por agotado, fatigado… incluso molido.

En el caso de que ese mismo personaje de la vida cotidiana fuera malagueño, casi seguro que en lugar de cansado, agotado… exclamaría «¡Estoy derrengado!» o recurriría a cualquier palabra del vocabulario malagueño tan rico para manifestar su cansancio o agotamiento acumulado en una jornada determinada.

Puede expresar su estado con «estoy hecho un vendo, estoy baldao, escuajaringao, espardillao, hecho misto, cachifundido, eslomao, escalzonao, aguarrinao, hecho trizas, estroncao»… o la palabra más utilizada en una situación semejante: «¡Estoy guarnío!».

No estoy recomendando a mis paisanos ni mucho menos a los no malagueños que sustituyan el cansado o el agotado por el «guarnío» o «hecho misto», sino a unos y otros que no se extrañen que otras personas recurran al malagueñísimo «guarnío» porque forma parte de nuestra entidad; tener expresiones y palabras de uso interno o particular es un lujo. La única expresión que no he entendido es «hecho misto»; dicho sea de paso, «misto» o «mixto», en Málaga no es un bocadillo en el que se mezclan varios productos, como jamón, queso, lechuga, tomate…

En Málaga no decimos ni cerilla ni fósforo, decimos «misto» -sin olvidar aquellos petardos pagados en una tira de papel llamados «misto cachondeo»-. Es corriente oír a un hombre pedir a otro «dame fuego», o sea, que le ayude a encender un cigarrillo.

Como ahora, según las estadísticas, fuman las mujeres más que los hombres, las hembras, entre las mil cosas que llevan en los bolsos, recurren al mechero o encendedor que comparte el reducido espacio del bolso con dos lápices de labios, clínex, llaves, polvos, perfumes, cepillo para airear el cabello, peine, la última fotografía de su hijo... y no agrego móvil porque este adminículo o ‘telefonino’, como dicen los italianos, se lleva en la mano.

El Paseo del Parque. Arciniega

Expresiones

Si rico y variado es el vocabulario malagueño no menos curiosa es la colección de expresiones que se utilizan para quitarse de encima a un pelma, a un niño revoltoso, a un tacaño, para transmitir un mensaje, para festejar un acontecimiento, para informar del estado de salud de un enfermo…

Me vienen a la memoria, entre otras muchas que ahora no recuerdo, «Está echaío a perdé» -a la persona que está mal de salud-, «Está chupao» -solución a un problema, o que está muy delgado-, «Chavea, arza la pata y mea» -desprenderse de un niño molesto-, «La cosa está chunga» -un negocio o tramitación de un asunto va mal-, «Está en las últimas» -alguien que se está muriendo-, «Más flojo que un muelle de guita» -persona vaga y sin fuerzas-, «Más corrío que una mona» -vida muy agitada-, «Más largo que un día sin pan» -está claro su significado-, «Muerde, tú» -que se fije bien en algo-, «Tus muertos a caballo» -para responder a una bravuconada de uno que se considera superior-, «Ninániná» -negación absoluta-, «Le va la marcha» -que le gusta meterse en follones-. «Metido en años» -que ha cumplido muchos años-, «Está pegao» -que aprende poco de una asignatura en el colegio-, «Echar un rengue» -echar o dormir una siesta-, «Hacerse el lipendi» -hacerse el distraído o el sueco-, «Tiene un trajín con una tragona» -tiene una relación amorosa con una mujer fácil-, «Un piojo resucitado» -un don nadie que se sitúa en una posición más alta-, «Ojalá se te hinchen los pies y te hagan cartero» -una maldición gitana-, «Vete a buscar tuercas en el Parque» -en el Parque de Málaga y en el Paseo de los Curas se acumularon en los años 40 todos los automóviles y camiones destrozados en la guerra-, «Anda, para que te vayas con soldados» -una extraña manera de quitarse de en medio un pelmazo- … y para cortar el rollo, lo que un hombre del campo le dijo al manifestar su pesar al doliente por el fallecimiento de su hermano: «Don –aquí el nombre del doliente-, todos vamos cayendo como cagajones en una chorraera».

Pero la expresión más atinada del malagueño es la utilizada para desembarazarse de un pelmazo o impertinente: «¡Vete a tomar viento a la Farola!», porque es verdad: siempre hace viento en ese lugar.