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Movimiento cultural

La Cultura Invisible quiere quedarse en casa

La corriente ciudadana que okupó el edificio entre las calles Andrés Pérez y Nosquera defiende la fortaleza del proyecto que empezó en 2007

Entrada a una sala de exposiciones en la Casa Invisible. Álex Zea

Es jueves a las siete de la tarde en Andrés Pérez, nº8. En el patio principal hay un grupo de personas sentadas formando un gran círculo. Son unos treinta participantes en la conversación, donde no existe un perfil predominante.

Al rato la asamblea se divide y se forman dos pequeñas reuniones que volverán a mezclarse un poco más tarde. Se trata del encuentro Creando la ciudad de los cuidados, en la que los asistentes reflexionan y comparten su opinión sobre la Málaga que perciben y a la que quieren aspirar. Un debate con aristas feministas, ecologistas, de trabajo, de renta...

Subiendo las escaleras en la primera planta hay varias exposiciones que conviven en una sala de techos altos, paredes amarillas y una chimenea. Entre los artistas figuran Libia Castro, Ólafur Ólafsson, Charlie Koolhaas... todos forman parte de la muestra de arte contemporáneo 'Como una bola de nieve 2', que se extiende a otras salas del edificio, donde también acaba de terminar un taller de teatro en una sala cercana.

Es el trajín de la Casa Invisible, un conjunto de tres edificaciones de 1876 propiedad del Ayuntamiento de Málaga y okupado por un movimiento cultural ciudadano en 2007.

Vista del patio interior de La Invisible. Álex Zea

«En vez de quejarnos, quisimos demostrar que se pueden hacer las cosas de otra forma. Era la protesta y la propuesta», explica Floren Cabello, profesor de Comunicación en la Universidad de Málaga y ligado a la Casa Invisible desde la okupación. «La idea era probar a tener un espacio común de sociabilización, de organización política, de reunión de colectivos, de experimentación artística».

No obstante, el germen de La Invisible nace un año antes, en concreto, durante el Festival de Cine de Málaga de 2006.

Se celebraba la IX edición de este certamen cuando un grupo ciudadano decidió entrar en el antiguo Cine Andalucía, que había cerrado el año anterior, y pasar allí un día a modo de protesta, como un acto «simbólico», evoca Kike España, arquitecto y uno de los portavoces de La Invisible. Se denominaban los Creadorxs Invisibles y a la protesta se unieron actores como Antonio Dechent y Óscar Jaenada.

«Estaban reclamando que la ciudad ha generado una deriva en su modelo cultural hacia el modelo turístico y el espectáculo. Se está olvidando que el tejido y los ecosistemas de creación local no tienen espacio para desarrollar su actividad», continúa Kike.

El año siguiente se planeó una nueva acción pero, en esta ocasión, de mayor duración. Sería un programa de dos semanas creado junto a otros movimientos sociales, artistas y un sector crítico de la Universidad de Málaga. Así nace el Festival de Cultura Libre -que se sigue celebrando- y así aparece también La Invisible en una edificación, entonces en desuso, entre las calles Andrés Pérez y Nosquera.

«Se empieza a hacer una programación de cine experimental, se hacen exposiciones, derivas urbanas mezcladas con seminarios de filosofía... Ese caldo de cultivo empieza a cuajar y de repente hay 200 personas generando ese programa más otro ciento de personas que acuden. Se ve que hay una energía cultural alternativa enorme y se dice que hay que continuarlo», explica el arquitecto.

Encuentro en el interior de la Casa Invisible. Álex Zea

En plena efervescencia de esta iniciativa ciudadana, se inician las negociaciones con el Ayuntamiento de Málaga para tratar de regularizar La Invisible. En 2009 hay un primer intento de desalojo y dos años después, en 2011, se firma un Protocolo de Intenciones entre el Consistorio, la Diputación de Málaga, la Junta de Andalucía y el Museo Reina Sofía que, por cierto, sigue apoyando el proyecto junto al Van Abbemuseum de Eindhoven (Países Bajos).

Ese acuerdo también lo ratifican Metrolab, Cartac y Latitud Málaga, las tres asociaciones que hoy componen la Fundación de los Comunes, al frente de la iniciativa. La intención era iniciar el camino hacia una cesión directa del espacio que nunca llegó a materializarse.

«Se llega a un acuerdo y durante un año La Invisible es perfectamente legal. Y ese es el hecho fundacional que hace que no sea en ningún caso una okupación. A partir de que se firma el protocolo de intenciones y no se cede el edificio, lo que hay es un acuerdo previo que no se prolonga y eso es una cesión en precario», insiste Kike. Una postura que no comparten en el Ayuntamiento.

«La titularidad del edificio es y debe seguir siendo siempre pública y municipal. Lo que se está reclamando es la cesión del uso, que tenga una gestión ciudadana, que los ciudadanos y ciudadanas puedan gestionar un espacio cultural público, con un control público para asegurar que hay garantías, que nunca hemos estado en contra».

Espacio con ropa gratis en La Invisible. Álex Zea

Rehabilitación

Después de 15 años de actividad, La Invisible se ha enfrentado a cinco intentos de desalojo. El último lo ha frenado el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo al entender que hay una medida cautelar aún pendiente de resolverse.

En toda esa trayectoria, el debate se desvía cada vez más del aprovechamiento cultural, esto es, de lo que La Invisible aporta a la ciudadanía malagueña con su programación cultural, para centrarse en la necesidad de rehabilitación que presenta el edificio, el motivo principal que esgrime el Ayuntamiento para defender el desalojo.

«Nosotros somos los primeros que hemos dicho que queremos rehabilitar el edificio y somos los primeros que hemos dicho que es perfectamente posible la rehabilitación por fases integral donde por supuesto que no hay que desalojar», subraya Kike España, que ha participado en el Proyecto de Rehabilitación que presentaron en 2016. «Lo que hay son excusas políticas porque no le gusta lo que hacemos, porque es una forma de entender la cultura crítica que no concuerda con el modelo turístico. Nosotros lo que decimos es que no les tiene por qué gustar, son representantes de toda la ciudadanía de Málaga, es una cuestión democrática».

El colectivo rechaza con rotundidad la posibilidad de cambiar de espacio porque entienden que la edificación está ligada al proyecto cultural. «Por supuesto que lo que se hace va más allá del edificio, no se puede desligar de él».

Con todo, y 15 años después, la Cultura Invisible de Málaga sigue queriendo quedarse en casa.

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