Hasta la más vetusta capital de provincia que imaginara un Clarín contemporáneo tiene hoy día su centro de arte ídem, sus polideportivos, estadios, ríos encauzados, hitos arquitectónicos y periferias aspiracionales.

España ha progresado mucho si se la compara con la del desarrollismo, la de la Transición, la de la cultura del pelotazo o incluso con la de los primeros años dos mil. Pero no ha sido un progreso uniforme. Una parte de España se vacía, otra se abandona al progreso de escalafón y las hay a las que les parece bastar con albergar la capitalidad de uno de esos diecisiete (más dos) reinos autonómicos.

Por eso, el pugilato de las ciudades, la liga en la que compiten, ha dejado de tener el consabido orden y un poblachón que hace dos décadas solo tenía un hotel de ese digno nombre, carecía de museos, tenía su centro histórico tomado por rateros y ratas y sesteaba de espaldas al mar y a su puerto, ha permutado en una urbe que atrae a Google y a multitud de empresas tecnológicas, que es paraíso del emprendimiento, que suma decenas de proyectos hoteleros y que acaba de erigir uno, de cinco estrellas, firmado por Moneo. Málaga. Casi todo empezó con la obsesiva idea, hace más de treinta años, de la Junta de Andalucía por reivindicar a Picasso. Esa Junta que por aquel entonces se sentía en deuda con Málaga, que no tuvo autovías, ni trenes, ni Expo ni inversiones y que padecía un crudo centralismo, fruto del cual fue despojada de diversas instituciones como la Confederación Hidrográfica. Picasso. A golpe de talón y con la paciencia como combustible para convencer a la familia, se logró la instalación en el Palacio de Buenavista, muy céntrico y que estaba vacío luego de haber albergado el Museo de Bellas Artes, de una pinacoteca dedicada al genio malagueño. Hasta entonces, el legado de Picasso era poco más que una encutrecida, luego remozada, Casa Natal, visitable de perfil, y una serie de actos cada octubre que, con más voluntad que tino, organizaban cada año un grupito de esforzados culturetas. El octubre picassiano, lo llamaban. La pinacoteca no es lo más potente que de Picasso puede enseñarse, eso está en Barcelona o por el mundo, pero sus fondos no son despreciables y su dinamismo a la hora de programar exposiciones temporales relacionadas con el mítico cubista no son desdeñables. Un dinamizador. Ese museo puso a Málaga en el mapa. No fue un Guggenheim, pero casi. Ahí se vio que la ciudad podría tener más posibilidades. La alcaldesa Celia Villalobos, que lo fue hasta el 2000, construyó un palacio de congresos moderno que logró, al fin, que si trescientos dentistas de Castilla León tenían que encontrarse para hablar de sus cosas no eligieran los consabidos Madrid o Barcelona o se marcharan a cualquier otro lugar en el que cupieran y dispusieran de buenas playas o aceptables coctelerías. Eso generó demanda hotelera. Villalobos también erigió el Carpena, un moderno, entonces, pabellón, que hizo que el Unicaja tuviera casa digna. Y cómo y de qué manera contribuye ese equipo a la autoestima de la ciudad. No es baladí. Al marcharse al Consejo de Ministros como titular de Sanidad, Villalobos dejó en la alcaldía a Francisco de la Torre, toda la vida en política, concejal de Urbanismo y que fuera, veinteañero, presidente de la Diputación en 1973. De la Torre vio rápido que Málaga tenía que ser un destino cultural de primer orden. Pero el imán habría de ser la cultura. No un destino más de sol y playa.

A continuación vino una inteligente política del fomento de las rehabilitaciones de inmuebles en el Centro y contribuyó no poco al desarrollo la apuesta del Gobierno central (con la malagueña Magdalena Álvarez en Fomento) pujando por que el AVE (arribó en 2007) llegara pronto; ampliando, esta vez sí con previsión, el aeropuerto, que puede gestionar el paso anual de veinte millones de viajeros. El actual alcalde, Francisco de la Torre, logró el consenso en 2002 para peatonalizar la calle Larios, la principal vía comercial, la arteria del Centro Histórico. Donde la gente bien iba al médico y de vez en cuando el malagueño medio daba un paseíto. Nada más. Ahora es complicado andar en ocasiones. Esto fue un leit motiv brutal que irradió, pese a los temores iniciales de los comerciantes, una ola de peatonalización en cierto modo pionera a la que se hizo en otros lugares.

Hoy en día todo el casco e incluso la Alameda, los principales ejes, son peatonales o semipeatonales, lo que ha contribuido, junto a una desbocada oferta de apartamentos turísticos, a que el Centro sea siempre y a cualquier hora un lugar bullicioso con cierto peligro de saturación y proliferación de negocios de hostelería no precisamente gourmet, aunque imán igualmente para chefs de todo el mundo. 

Un Centro moderno que colinda con un puerto que, al fin, se abrió a la urbe. Y viceversa. En el año 2004, Enrique Linde, presidente de la Autoridad Portuaria y De la Torre se sentaron y firmaron algo que debería haber tenido más solemnidad que la Paz de Versalles. Se recogía el catálogo de intenciones que, extrañamente, se fue cumpliendo: espacio para cruceros, ampliación de recintos, fin de la separación por valla, dársena para yates, zona de restaurantes y comercios, un palmeral paseable de cientos de metros, derribo del silo, viejo y vulgar almacén de trigo testigo de otra España y gran barrera visual.

Ahora Málaga cuenta ya con más de treinta museos, desde el vistoso Pompidou al del vidrio, el del automóvil, el Thyssen, el CAC o La Aduana, felizmente recuperada como edificio cultural tras una lucha ciudadana que sacó a la calle a miles de manifestantes en reiteradas ocasiones pidiendo que tan emblemático lugar dejase de ser sede del Gobierno Civil, luego Subdelegación del Gobierno. Y en este entramado no hay que olvidar al Festival de Cine, que ha cumplido 25 años. Una tímida iniciativa a pleno de Izquierda Unida fue recibida hace casi tres décadas con inusitado entusiasmo y unanimidad. Poco después echaba a andar. El impacto mediático cada año se cifra en millones de euros.

En esa alianza feliz, coincidencias de inteligencia colectiva, que ha llevado al New Yok Times a elogiar esta ciudad, por la que Antonio Banderas ha apostado de manera espectacular con su Teatro del Soho Caixabank, destaca también y de qué manera el PTA, impulsado por Felipe Romera, al frente desde su fundación y que congrega a centenares de empresas y 20.000 trabajadores. A resultas de esto, de todo esto, de este presente, más de una voz se pregunta qué pasa en Málaga, una ciudad de moda que sin embargo comienza a tener también serios debates críticos sobre su futuro. Un debate sobre el modelo turístico, al que daña el turismo de masas ruidoso y de borrachera, también presente. Un debate también sobre el posible rascacielos del puerto, que no pocos consideran agresivo en su concepción y magnitud. Málaga ha sabido reconciliarse con su pasado y exprimir lo mejor que tiene atrayendo talento foráneo. Hay que estar en Málaga, aquí pasan cosas, decía Vargas Llosa en el Festival de Escribidores de la pujante Térmica. Sí.