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Crónicas de la ciudad

Mulos de película en el Parque de la Peseta

Desde ‘Los crímenes de la calle Morgue’ no se veía a brutos como los que arrancaron un banco para encajarlo en las ramas de un árbol de esta inocente zona verde

Detalle del acto vandálico en el Parque de la Peseta, esta semana. L.O.

Como saben, con ‘Los crímenes de la calle Morgue’ el gran Edgar Allan Poe inauguró el género detectivesco. Y lo hizo con el salvaje asesinato de dos mujeres, un crimen que trajo de cabeza a las fuerzas del orden de París porque no había manera lógica de localizar al asesino.

Como el cuento se publicó hace unos años, en 1841, intuye el autor de estas líneas que no está destripando nada si cuenta el final. Recordarán que Auguste Dupin da con la solución a este enigma clásico de la ‘habitación cerrada’, al descubrir que el misterioso criminal en realidad es un mamífero ungulado, un orangután que trepa por las fachadas como los ángeles y, por desgracia, destroza como mil demonios.

La imagen de este orangután furioso enlaza simbólicamente con el mamífero o mamíferos bípedos, probablemente autóctonos y receptores de educación general básica, que esta semana y para sorpresa del Área de Parques y Jardines realizaron la hazaña intelectual de arrancar un banco de los de sentarse del Parque de la Peseta, en Portada Alta, el de calle Benagalbón, para levantarlo y encajarlo entre las ramas de un árbol inocente.

Calculen el derroche físico de este trabajo vandálico de Hércules, quizás concluyan que si tamaño esfuerzo muscular de nuestros especímenes se hubiera visto reflejado, por ejemplo, en el estudio de la Física, hace décadas que los autores del atropello botánico habrían dado con el bosón de Higgs, que luciría un apellido más patrio.

Ciertamente, ya no se encuentran brutos como los del Parque de la Peseta salvo en las altas esferas de Rusia, Nicaragua y otras satrapías gansteriles; por eso mismo, sería loable que nuestra ciudad cuidara con mimo a estos portentos del alzamiento de bienes, porque cualquier día los veremos sustituyendo a Sergei Lavrov o a cualquier otro matón ministerial.

Si las administraciones fueran conscientes de la ingente brutalidad de estos mulos mitológicos, hace tiempo que habrían sacado provecho de su bestialidad.

Sin ir más lejos, la retirada de la inoportuna pérgola de Santo Domingo, un trabajoso despiece que ha sido como el parto de los Montes, se habría solucionado en menos que canta Pablo Alborán gracias a estos personajes, que lo habrían arrancado de cuajo y a otra cosa -con discreta vigilancia policial, eso sí, para evitar que, a continuación, lanzaran la pérgola al Guadalmedina-.

Lo dicho, si no cuidamos a nuestros científicos mimemos al menos al mulo autóctono. Nos crecerán los bancos en los árboles y fomentaremos la economía verde.

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