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Mirando atrás

Manolo Reina: una vida de superación

El periodista Manolo Reina publica ‘Memorias de un cegato’, editadas por la Fundación Rincón y Fundación Málaga, a beneficio de la Fundación Héroes, en las que cuenta cómo salió adelante en la vida a pesar de tener 24 dioptrías y despigmentación macular

El autor, esta semana en su oficina en El Perchel con sus memorias y las gafas que usaba de 24 dioptrías. A.V.

«Cuando entré en la ONCE en 1984 y viendo el futuro que me esperaba, aprendí a leer en braille; si hubiera nacido 50 años antes estaba pidiendo en la puerta de una iglesia», confiesa Manolo Reina Olmedo (Málaga, 1945).

El conocido periodista acaba de publicar ‘Memorias de un cegato. Un canto a la esperanza’ (15 euros), los recuerdos de su intensa vida en un libro editado por la Fundación Rincón y la Fundación Málaga. Con prólogo de Andrés García Maldonado, la obra se publica a beneficio de la Fundación Héroes que atiende a personas con capacidades especiales.

Su padre con unos clientes en la tienda familiar del Haza de la Alcazaba. Archivo Manolo Reina

Este niño del Haza de la Alcazaba, que vivía en una casa en «la Verea», el actual Paseo de don Juan Temboury, donde su padre tenía una concurrida tienda en la que se vendía de todo, cuenta que tuvo «el mejor parque infantil del mundo, porque jugaba tanto en el jardín de los patos (Pedro Luis Alonso) como en ‘los patines’, un campo de fútbol en los Campos Elíseos, «pese a mi hándicap con las gafas».

Manolo Reina señala su casa, que estaba al pie de Gibralfaro en 'la Verea', el hoy paseo de Don Juan Temboury. A.V.

Porque con 14 años ya tenía 14 dioptrías y a pesar de su pasión voraz por la lectura, su madre le rogaba que no leyera tantos tebeos para que no siguiera aumentándole la miopía, pues llegaría a tener 24 dioptrías -todavía las tiene, sólo que le retiraron los cristalinos-, aparte de una degeneración macular que le impide distinguir bien colores parecidos. «Ese trauma hizo que me buscara la vida», confiesa, por eso dirigió sus pasos a la formación profesional: el Colegio Padre Mondéjar y la Escuela Franco. En esta última, cuenta, «probé todos los oficios».

Manolo Reina en su adolescencia, con sus hermanosy Mari Pili Doñate, en la fuente del Parque. Archivo Manolo Reina

Y en los veranos, desde que tenía 10, 12 años trabajaba en todo lo que podía: repartidor de medicinas, poniendo conchas finas, en una freiduría... Al final, en la orfebrería de Eugenio Martínez Lería, en calle Compañía, trabajó hasta los 17 años, después de que la mujer, doña Ángeles, le preguntara si veía bien y distinguía bien los colores con sus gruesas gafas.

El milagro de las lentillas

La vida le cambió hacia 1962 cuando un barrendero lo vio en la actual plaza de la Constitución y le aconsejó que se pusiera lentillas, como había hecho él. «Fui el segundo malagueño en ponerse lentillas. Me fui a Ulloa Óptico y las pagué a plazos. Valían 2.000 pesetas», comenta.

Ya liberado de los gruesos cristales entró a trabajar con 18 años en la tienda de tejidos de Diego Guerrero de las Peñas, el almacén de coloniales de calle Cisneros, esquina con el Pasillo de Santa Isabel, donde, para su sorpresa, reconoció como dependienta a Ana, su futura mujer, la chica que en una feria de Málaga en el Parque «me había rechazado en un baile», quién sabe si por las gafas.

A los 19 años entró en Intelhorce, donde trabajó durante una década. El librarse de la mili por la vista le permitió aprovechar esos años y formarse. «Terminé con 28 o 29 años de encargado de 50 personas y 340 telares», recuerda.

El joven malagueño, en 1965, cuando estaba de encargado de la sección de telares Picañol en Intelhorce, donde estuvo trabajando cerca de una década. Archivo Manolo Reina

Tras Intelhorce, en 1974 entró en Prebetong, donde estuvo cinco años y tuvo como gerente a Miguel Ángel Arredonda, quien en esta fábrica, de donde salió el hormigón para obras como El Corte Inglés o las sedes de Hacienda y Correos, «introdujo el sentir andaluz». De hecho, Manolo Reina se ofreció como voluntario para colocar ese 1974, en la torre de comunicaciones de la fábrica, una bandera andaluza. «Fui el primer malagueño que cogió una bandera andaluza en Málaga. Me involucré tanto que me nombraron delegado y en Sevilla iba con mi escudo andaluz pero la gente me preguntaba si era del Betis. No conocían la bandera», destaca.

En 1978, sin embargo, cambia de tercio y con la llegada de la segunda cadena de televisión, la famosa UHF, decide hacerse antenista y experto en porteros automáticos. «Llegué a tener 400 bloques de mantenimiento y mi vida resuelta, pero cotizaba muy poco», confiesa. Por eso, en 1979 decidió hacer un curso para optar a una plaza de crupier en el casino de Torrequebrada. «Me preparé sin decir que tenía la vista mal y de unas 2.000 personas logramos entrar una veintena.

Foto de familia con Ana, su mujer y sus cinco hijos. Archivo Manolo Reina

Todo iba bien cuando le pusieron al frente de la ruleta española, «que era una copia de la argentina», comenta; pero cuando le encargaron la ruleta francesa el mundo se le vino abajo: «Resulta que cada jugador tenía una ficha de diferente color y no distinguía bien el rosa, el naranja, el fucsia y el rojo».

Además de dejar el trabajo, a Manolo Reina le otorgaron la incapacidad y una pensión, aparte de ingresar en la ONCE en 1984 y comenzar con el braille, por si su vista empeoraba.

Periodismo

Pero entonces llegó el periodismo, una vocación que comenzó a desarrollar, primero en el diario Sur con temas vecinales, donde colaboró más de veinte años y en numerosos medios como Málaga Televisión o La Opinión de Málaga. En 1995 montó una oficina de servicios periodísticos y en la actualidad, aunque no está en primera línea, «las noticias que me mandan las reboto en un grupo con más de cuatro o cinco mil correos y me siguen invitando a actividades, así que después escribo mi crónica en facebook, youtube y hasta hace poco en Huelin TV», cuenta.

En plena entrevista para Canal Sur a Sara Montiel, en el Festival de Cine Español de Málaga. Archivo Manuel Reina

Pero en el currículum de Manolo Reina también está su participación más que activa en innumerables colectivos. Como ejemplo, de él partió la idea de fundar Trovadores Sin Fronteras, que ofrecen espectáculos a los niños del Materno Infantil y en la actualidad, por su apoyo de años al colectivo, es presidente nacional de la Asociación de Huérfanos, Antiguos Alumnos y Profesores de los Colegios y Academias de la Guardia Civil.

Con el subtítulo ‘Un canto a la esperanza’ de sus memorias, pretender animar «a todas las familias que tengan personas con discapacidad o problemas de cualquier tipo a que tengan fe en el futuro y en la ciencia que avanza cada día más. Yo soy un ejemplo», subraya.  

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