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El posesivo en las parejas

Ya no es correcto decir «mi marido» o «mi mujer». Como los tiempos cambian y el posesivo ya no se lleva, la palabra «conviviente» es la más adecuada para calificar a las parejas casadas o no

Cóctel en un hotel de Marbella, en 2002. | JUAN ZARZUELA

Referirse a una pareja –hombre y mujer o mujer y hombre- es cada día más complicado porque el usuario – en este caso el autor de estas líneas - puede caer en un error.

Antes, con naturalidad y sin desprecio al otro género, la mujer casada, al referirse a su pareja, decía lisa y llanamente, «mi marido»; en el caso opuesto, el hombre decía «mi mujer». El empleo del «mi» puede ser interpretado como de «mi propiedad», una afirmación tan contundente que no responde a la realidad, y menos en el tiempo presente donde todo hay que mirarlo con lupa para no ser descalificado o tachado de anti… lo que sea. Ni yo soy tuya, ni yo soy tuyo. Eso se acabó.

el posesivo en las parejas

Modernamente las parejas no casadas recurren al sustantivo chico/a, que en sus tres primeras acepciones de la RAE no nos sirve; la cuarta, sí, porque la RAE afirma: «Hombre o mujer, sin especificar edad, cuando ésta no es muy avanzada». Lo malo es que mujeres hechas y derechas, a efectos de convivencia, se salen de los límites de la cuarta acepción y no digamos en el caso de los machos cincuentones o sesentones. Lo de chico no suena bien. Un hombre de 55 años no es un chico, en todo caso, es un chicarrón del norte, como se decía antes en el lenguaje popular al referirse a los jóvenes vascos.

Otras maneras de calificar a las parejas, casadas o no, eran familiares y cursis, como «mi costilla», «mi media naranja», «parienta», «perpetua»… y obviando otras dos formas que están en desuso, como cónyuge y consorte, sin olvidar esposa(o) que tampoco se usa. ¿Por qué?

¿Cómo se puede calificar a la pareja que convive sin estar casada? No digo si por la Iglesia o por lo civil. Lo de civil se lleva más por aquello de las herencias. Lo que más se lleva es «compañero (a) sentimental»; lo malo es que en la mayoría de los asesinatos de mujeres a manos de los hombres, se recurre al calificativo «compañero sentimental», lo que pone en duda la situación de esas parejas, porque de sentimientos, al menos en el caso del hombre, la ternura, el cariño, el amor… andan por los suelos.

el posesivo en las parejas

Amante

Una de las muchas opciones para calificar a una pareja o una situación anómala, es amante, una palabra tabú que ya se utiliza sin tapujos. Hasta en las más altas esfera en el lenguaje escrito y hablado se emplea sin el menor reparo.

Amante tiene otros sinónimos que un sector de la sociedad tenía buen cuidado de no emplear por su vulgaridad: querida, mantenida, apaño, amancebada, arrejuntada…

Hace muchos años, cuando se usaba la palabra amante con todas las precauciones para no molestar a los afectados, se decía que la «amanta» era de Palencia, provincia española que por tradición era la que fabricaba las mejoras mantas de España.

Notas de sociedad

A finales del siglo XIX e inicios del XX, en las crónicas de sociedad, los redactores de los periódicos y revistas de la época anteponían al nombre, apellidos y cargo o profesión de los personajes algún adjetivo calificativo encomiástico, como ilustre abogado, prestigioso médico, bella dama, afamado arquitecto, doctor ingeniero, bizarro militar…

Era común encontrarse en la reseña de un acto social de alto copete «entre los asistentes se encontraba el brillante escritor y poeta… acompañado de su amable esposa». Cuando yo tuve que redactar para el periódico o la radio la reseña de uno acto de cierta relevancia – ya no se decía de «alto copete» - la prosopopeya de decenios anteriores se había eliminado.

Entonces las reseñas eran ya menos aparatosas. Se escribía, por ejemplo, «el gobernador civil y señora; el alcalde y señora; el presidente de la Audiencia y señora…» y un día, a un colega, se le escapó «el obispo de la diócesis y señora».

Ya no hay reseñas

En la prensa de hoy ya apenas sí aparecen informaciones como las de hace cincuenta años. Ahora se elude relacionar las personalidades (lo de personalidades se mantiene) que asisten a la inauguración de una plaza, de un edificio público, de una exposición de pintura, de la firma de un convenio urbanístico, un festival de música, presentación del cartel que anuncia unas fiestas o acontecimiento cultural, de un libro, de la firma de libros por sus autores en la Feria del Libro, de la reunión del pleno ordinario o extraordinario de una corporación municipal o provincial…

Se recogen algunos nombres sueltos de los que intervienen de forma activa, no se mencionan los asistentes por el mero hecho de su presencia… Se ahorran los cargos, las representaciones, los títulos y todo lo que no tiene interés en la información. Si por obligación hay que citar los asistentes al evento por su relieve, mis compañeros las pasan canutas porque las modas y las costumbres han variado de tal forma que el redactor ha de tener un exquisito cuidado en su trabajo para no herir a nadie. Se me antoja un caso concreto. La reseña sería más o menos así:

«Entre los asistentes a la trascendental firma del convenio se encontraban el ministro de Relaciones con los Países Emergentes, don Fulano, con su compañera sentimental; el empresario de industrias electrónicas, don Mengano, con su apaño; el experto en epidemias y pandemias del Tercer Mundo, don Zutano, con su novio; la consejera de asuntos varios, con su querida; el director de la Delegación de Agencia del Medio Ambiente en África Subsahariana, don Maganillo, con su amante… Y así sucesivamente.

Para simplificar todo el galimatías de las relaciones y convivencias, en la lengua española tenemos una palabra exacta: conviviente. Es válida para todos los casos citados y los imaginados. Conviviente. La definición es clara: «Cada una de las personas con quienes comúnmente se vive».

Bueno, hay un pero: no existe el femenino de conviviente. Pero tiene la ventaja que se escribe con dos uves, lo que facilita el trabajo de los millones de españoles que dudan entre la V y la B. Pero lo del femenino, lo resolverán los políticos, convenciendo a la RAE para que en la próxima sesión admita convivienta.

Y ahora me voy a tomar un café con mi mujer de toda la vida.

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