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La Opinión de Málaga

Cuestión de etiqueta

Málaga ya desterró la corbata en 2008 para ahorrar energía

El Gabinete de Protocolo del ayuntamiento envió un documento interno tanto a alcaldía como a los grupos políticos invitándoles a modificar la etiqueta cuando se disparasen los termómetros

De la Torre, en el encendido del alumbrado de la Feria, en el 2000. En mangas de camisa. Archivo Municipal de Málaga.

Por increíble que parezca, dada la disputa de los últimos días, quitarse la corbata para permitirse aflojar el aire acondicionado no lo ha inventado Pedro Sánchez.

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De hecho, tiene sus antecedentes nada menos que en el verano de hace 14 años, cuando todavía la cuestión del cambio climático se tomaba con calma y el petróleo se consumía sin pudor.

En el Congreso de los Diputados, el entonces ministro de Industria, Miguel Sebastián, apareció un día sin corbata en señal de protesta por el frío excesivo que hacía en la Cámara Baja e incluso llegó a regalarle un termómetro a José Bono, que presidía el hemiciclo. Sin duda, también fueron días de gresca política que acabaron convirtiéndose en una anécdota sin más.

No obstante, unos días antes de aquello, a unos 500 kilómetros de la Carrera de San Jerónimo, en la avenida de Cervantes de Málaga se producía un hecho mucho menos belicoso pero sí de mayor "sentido común".

El Gabinete de Protocolo del Ayuntamiento de Málaga, con Rafael Illa al frente -dirigió el área durante 30 años-, decidió actuar ante los sofocos y el despilfarro de energía en aire acondicionado que provocaban las altas temperaturas del verano malagueño: se puso en cuarentena a la corbata y la chaqueta. Eso sí, de forma voluntaria.

Según cuenta a este periódico el propio Illa, era "muy incoherente" y "contraproducente", obligar a mantener una etiqueta formal cuando los termómetros estaban desbocados por el calor, por lo que desde Protocolo se elaboró un estudio en profundidad argumentando las razones de peso por las que se debía aparcar la corbata y la chaqueta hasta que empezase a refrescar.

Pedro Aparicio, en la Feria de Málaga de 1986, con miembros de la corporación. Todos con chaqueta y corbata. archivo municipal de Málaga

 Tanto es así, que el antiguo jefe de Protocolo llegó a consultar en varias sastrerías de la capital malagueña sobre posibles alternativas al atuendo habitual de los hombres en un contexto de formalidad, llegando a valorarse la introducción de las camisas sin cuello tipo mao o incluso politos también sin cuello. "Nunca la guayabera", asegura en relación a la propuesta de Francisco de la Torre, porque era una prenda con una "lectura social".

"Yo no era muy partidario porque a parte no es una prenda para todas las edades, porque se identifica con personas de una cierta edad e incluso con cierta posición social. En el siglo XIX era una prenda de gente rica", cuenta Rafael Illa.

Con esta premisa, se elaboró un documento interno en el Ayuntamiento de Málaga que se trasladó tanto al propio regidor como al resto de grupos políticos, invitándoles a desterrar la corbata y la chaqueta de forma temporal.

"Aquello no sé el tiempo que duró mientras yo estuve pero durante el verano sí que lo hacía la gente. El alcalde era el primero que salía a la calle sin chaqueta y sin corbata. Tampoco iba con guayabera", evoca Illa, que también se sumó a la corriente corbata free, que el mismo había impulsado.

Pedro Aparicio, sin chaqueta pero con corbata, en la Feria de Málaga. Archivo Municipal de Málaga.

"Yo me quité la corbata. Tenía una guardada en Alcaldía y si venía alguien con corbata yo me la ponía, y empezó con esa especie de comparación de etiqueta", relata.

De hecho, el cronista de este periódico, Alfonso Vázquez, analizó este cambio de paradigma en cuanto a la vestimenta municipal masculina y recogió algunas extractos de lo que aquel documento de Protocolo indicaba en un artículo del 1 de julio de 2008. En él se decía: "La nota aconseja una etiqueta ‘cardiacamente coherente con la estación estival’ y desaconseja el uso de la corbata, como complemento de la etiqueta, cuando sea posible, ‘sin pretender causar agravio alguno con el resto de los asistentes’".

Una sugerencia que caló en la Casona del Parque y que a parte del confort de los ediles, también tenía una motivación ecológica.

Celia Villalobos, con traje de chaqueta, y Javier Imbroda, el Abanderado de 1995. Archivo Municipal de Málaga.

"Indirectamente sí tenía relación con el ahorro energético. Una razón era por lo incómodo que era llevar chaqueta y corbata en un espacio donde hacía calor y también porque no tenías que poner el aire acondicionado tan alto", explica el exjefe de Protocolo, que defiende que es una medida que se emplea habitualmente en otros países como Japón o Alemania para hacer frente a las altas temperaturas.

De hecho, argumenta Illa que así se evitaron "espectáculos esperpénticos" de ponerse y quitarse la chaqueta o la corbata, además de que se aliviaba el calor de los concejales, un factor que tiende a "repercutir en el estado de ánimo y en la productividad".

Tórrido Salón de los Espejos

Rafael Illa fue el responsable de Protocolo con Pedro Aparicio, Celia Villalobos y Francisco de la Torre. De los primeros años con Aparicio tras su incorporación al gabinete en 1987 recuerda cómo el primer alcalde acudía a la Feria de agosto con chaqueta y corbata.

"Claro, al final la corbata y la chaqueta terminaban en lugares variopintos, la etiqueta no se mantenía".

También recuerda cómo la temperatura cambiaba de forma brusca de los calurosos pasillos del consistorio al gélido Salón de Plenos, o el Salón de los Espejos, donde se evitaba hacer eventos por las altas temperaturas que se alcanzaban en verano, al igual que ocurre en el Patio de Banderas.

"Aquello era un intercambio de sudoraciones, de efluvios... y cuando una señora se acercaba para darte un beso pues casi la rehuías. Incluso cuando te iban a dar la mano, la gente daba unas vueltas... era un poco incómodo. Sobre todo no tenían ningún sentido pasar calor por mantener una etiqueta, encima vivimos en un clima tropical".

Con todo, Illa deja claro que no es un detractor de la corbata sino un defensor del sentido común, también en las cuestiones protocolarias.

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