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La Opinión de Málaga

Crónicas de la ciudad

Los campamentos playeros, eficaces sistemas de defensa costera en Málaga capital

En caso de invasión enemiga, esta ingeniosa adaptación de los yurtas del Asia Central supondría una eficaz barrera defensiva en nuestras playas

Un rincón de las playas del Palo el pasado domingo, listo para repeler cualquier invasión por la costa. A.V.

En estos tiempos tan bravíos en los que el gángster del Kremlin y el dictador chino ejercen de matones imperialistas hay que estar preparados para cualquier cosa.

Si a eso sumamos que el cambio climático no es el desvarío de una adolescente sueca sino una calenturienta realidad, lógico es que los ciudadanos de a pie empiecen a tomar medidas y se adelanten a nuestros políticos.

Lo podemos constatar este verano en todo el litoral de Málaga pero sin duda, uno de los rincones que concentra mayor número de ‘activistas’ es el de las playas del Palo. Allí, cada fin de semana se despliega una forma de vida que aspira a coexistir con la Naturaleza, aunque a veces no tanto con el vecino, y quién sabe si a vislumbrar el paso de misiles si las cosas se ponen feas.

En realidad, el modelo desplegado con asombrosa rapidez y eficacia cada sábado y domingo del verano parece inspirarse bastante en los yurtas de Asia Central. Se trata de las viviendas móviles que campean por los llanos de Kazajistán, Mongolia y Kirguistán y que pese a sus modestas dimensiones pueden alojar a más personas y utensilios que el camarote de los Hermanos Marx (y dos huevos duros).

En los últimos años, los yurtas en Málaga han pasado de ser una excentricidad a ser legión, hasta el punto de colonizar grandes extensiones de arena. En el desarrollo de este tipo de campamentos nómadas ha jugado un importante papel el desembarco de autobuses de pueblos vecinos y de otras provincias, lo que permite el cómodo viaje de los usuarios y sobre todo, de la montaña de enseres.

El resultado final es espectacular, un despliegue de color y de ingenio, pues en los yurtas y su entorno lo mismo se instalan hornillos que neveras ingentes, un recio y nutrido cuerpo de sombrillas anexas o mesas y sillas para sentar y luego alimentar a todos los extras del anuncio de Villarriba y Villabajo.

Su virtud estriba en que además ejercen de impenetrables defensas costeras frente al enemigo, una línea Maginot en la que en algunos tramos el invasor ni siquiera puede otear lo que tiene detrás.

Qué paradoja que mientras la OTAN se devana los sesos tratando de averiguar el próximo movimiento del felón de Putin, en un pequeño rincón del Sur de Europa funciona, desde hace muchos veranos, un sistema defensivo más eficaz y barato que cualquier tanque de segunda mano.

El riesgo, claro, es que tan tupida red de defensa costera también disuada a esos turistas de alto nivel con los que sueña nuestro Ayuntamiento. No se puede tener todo en la vida.

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