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Málaga, 1933: un verano ‘republicano’

La Guía del Bañista en Málaga de 1933 permite conocer cómo pasaban malagueños y visitantes la estación más calurosa en mitad de la II República, cómo era la vida comercial y empresarial y especialmente el ocio en la ciudad

Guía de la temporada de baños de Málaga en 1933, con los colores de la bandera republicana. A,V,

En realidad, la eclosión del ocio veraniego como fenómeno no exclusivo de los más pudientes tanto en Málaga como en el resto de España se produjo en los años 20 del siglo pasado.

Así que la llegada de la II República no hizo sino extender ese fenómeno en una ciudad que había cambiado el nombre de sus calles principales (Marqués de Larios por 14 de abril, la plaza del Obispo por la plaza de América además de la Alameda de Pablo Iglesias y el Parque de la República), pero cuyas ‘fuerzas vivas’, como hacía lustros, seguían vendiendo Málaga como «primera estación invernal de Europa» debido a sus suaves temperaturas, incluso aprovechando la ‘Guía del Bañista en Málaga’ del verano de 1933, de la que hoy compartimos algunas pinceladas, gracias al cineasta Carlos Taillefer.

Por cierto que ese ‘guiño invernal’ se debía a que por fin ese año 1933, en el mes de febrero, la ciudad celebró sus primeras Fiestas de Invierno.

El ocio, eso sí, estaba entonces mucho más compartimentado y así, tanto el Hotel Miramar -antes Príncipe de Asturias- como el Caleta Palace y el Balneario de Carmen, que se anunciaba como «San Sebastián en Málaga», ofrecían en verano «tes, conciertos, comidas de galas, verbenas y bailes aristocráticos».

Anuncio publicitario del Balneario Nuestra Señora del Carmen y su servicio de ‘Café y Restaurant’ en la Guía del Bañista en Málaga de 1933. Archivo Carlos Taillefer

El café y restaurante de los Baños del Carmen se encontraba bajo la dirección del Hotel Regina de Puerta del Mar. Este hotel, como el resto de los principales de Málaga, se publicitaba con los lujos de la época: ascensor, cuartos de baño y «autos de la casa» para recoger a quienes llegaban a la ciudad en tren, aunque la ciudad ya contaba entonces con una flota de 1.500 taxis, además de con autobuses y tranvías.

A la hora de alojarse con menos lujos, una fonda como Siglo XX, en calle Panaderos, si bien no alardeaba de tener baños individuales sí que presumía de «habitaciones amplias y soleadas», amén de «precios especiales para bañistas».

A la hora de comer, para los bolsillos no tan 'aristocráticos' estaba, por ejemplo, la Venta de Almellones, en El Palo que además de paellas, mariscos, moragas de sardinas y boquerones fritos ofrecía una «gran pianola eléctrica para baile», una «magnífica colección de discos» y «una radio con alta-voz para escuchar todas las estaciones del mundo». Precisamente a comienzos de junio de ese año, la ciudad había estrenado su primera emisora de radio así que todo lo relacionado con la novedad era un gran atractivo.

Y claro, también ofrecía sus servicios el «merendero número 1», el de Antonio Martín en La Malagueta, que se anunciaba con este suculento lema: «Se prepara el pescado recién salido de los copos».

Grupo de jóvenes, un verano en la playa de las Acacias hacia 1931. La Opinión

Los veraneantes también tenían a su disposición los veteranos baños de Apolo y La Estrella, ambos casi frente al Hotel Miramar, una vez sorteadas las vías del tren a Vélez, aunque esta forma tradicional de baño iba a ser cada vez más minoritaria frente a los baños al aire libre y al sol. 

En todo caso, La Estrella dejaba constancia de su amplia oferta de «pilas de lujo y de  ª y 2ª clase, para baños de agua dulce y de mar, fríos templados y medicinales y de todas clases».

Además, para los visitantes que llegaban allende los mares les esperaba en el Puerto, en el Muelle de Cánovas, una oficina de Turismo con intérpretes oficiales que «debidamente uniformados atienden al turista tanto a la llegada de los buques como de los trenes y autos de línea», pues justo tras el Muelle de Cánovas y de la Aduana se encontraba la Estación de Ferrocarriles Suburbanos, hoy el Instituto de Estudios Portuarios. 

Por otro lado quienes se dieran una vuelta por el Centro podían tomarse un helado o una horchata en Casa Mira, la «horchatería valenciana» de calle Nueva o pasear por el Parque, donde podían sentarse a leer gracias a las pequeñas bibliotecas allí dispuestas.

Plano de Málaga durante la II República. La Opinión

Un entretenimiento también muy barato consistía en asistir a los conciertos que «en los paseos y jardines» ofrecía la Banda Municipal los meses de verano.

Si querían conocer zonas verdes un poco más alejadas como los Jardines del Retiro, los de San José o La Concepción, la guía precisaba que podían visitarse poniéndose de acuerdo con «los administradores o propietarios», pues las tres eran privadas.

Otra opción, claro, era ir al teatro o al cine. Los más lustrosos eran el Echegaray, inaugurado el año anterior y el «predilecto de la buena sociedad malagueña» así como el cine Goya, al que «concurre a diario lo más selecto de nuestra sociedad», rezaba la guía.

La calle 14 de abril, antes Marqués de Larios, durante la II República. Archivo Universidad de Malaga-Centro de Tecnología de la Imagen

Además, otra posibilidad, tranvía o autobús mediante, era compaginar un día en los Baños del Carmen y rematar la jornada justo enfrente, donde se encontraba el «cabaret de moda» ‘Parisiana’, que además de un espectáculo con bailarinas ofrecía su propia ‘jazz band’, aparte de licores y champagnes, como un eco de la década pasada.

Los museos de entonces

La ‘oferta museística’ de la época, eso sí, se limitaba al Museo Provincial de Bellas Artes de calle Marqués de la Paniega (antes Compañía), en el antiguo colegio de los jesuitas y el Museo Arqueológico -en realidad un gabinete- que exhibía, en la calle San Francisco, la Academia de Declamación, Música y Buenas Letras con piezas en su mayoría del pasado árabe, localizadas en los desmontes de la Alcazaba a comienzos de siglo. Casi todo lo incluido en este germen de museo era propiedad de Narciso Díaz de Escovar y Arturo Reyes.

Y la Feria

Y por supuesto, estaba la visita a la Feria, que se celebraba en Martiricos y que tenía como elemento central su Gran Feria de Ganados, «una de las mejores de Andalucía», sin olvidar el acompañamiento de carruajes, caballistas y la presencia de casetas engalanadas al estilo «netamente andaluz».

Caballistas en la Feria de Agosto de 1932, en Martiricos. Archivo Carlos Taillefer

La feria venía acompañada por cuatro corridas de toros en La Malagueta, batallas de flores, conciertos y hasta una feria de muestras. Pinceladas de ese verano ‘republicano’ de 1933.

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