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Crónicas de la ciudad

Las palomas toman posiciones en la futura sede de Google

Antes de la llegada de la poderosa multinacional, las palomas ya se han hecho fuertes en las cornisas del antiguo Gobierno Militar. Habrá que ir poniendo coto a los ‘cagajones’

La fachada del antiguo Gobierno Militar, con varias palomas haciendo ya de las suyas. Francisco Lucena

Gracias al libro ‘Málaga, una visión panorámica’, del historiador de la fotografía Javier Ramírez, sabemos que en otoño de 1926 el gobernador militar y alcalde Enrique Cano Ortega informó a la prensa local de que habían regalado al Ayuntamiento «numerosas palomas, con objeto de que, como en Sevilla, vivan en el Parque y se acostumbren a estar en los jardines y que los chicos les echen de comer».

La información es de La Unión Mercantil, que tres días más tarde detalló que la moda de las palomas no vino originalmente del Parque de María Luisa sino de la plaza de San Marcos de Venecia así como de las Tullerías y jardines de Luxemburgo de París, que se habían convertido en un gran atractivo fotográfico, pues los turistas se fotografiaban rodeados por una nube de plumíferos mientras los alimentaban y lo de menos eran los monumentos de detrás.

Puede decirse que en 1926, Málaga entró de lleno en la globalización palomar y como en el resto de ciudades del mundo no tuvo en cuenta dos pequeños detalles: las palomas se reproducen y sobre todo... defecan.

Al menos el segundo de los fenómenos ya lo podemos ver, precisamente, en el antiguo Gobierno Militar, en el Paseo de la Farola, que estos días continúa en obras para convertirse en inminente sede de una de las mil y una ramas de Google.

El edificio, en plenas obras de recuperación. Francisco Lucena

Pese a que la legión de trabajadores con sueldos envidiables y patinete eléctrico todavía no ha tomado posesión de las instalaciones, sí lo están haciendo ya las palomas, que montan guardia en las cornisas y terrazas del edificio.

Las palomas son uno de los mayores factores de deterioro de monumentos y viviendas en Málaga gracias a su ‘corrosivo obrar’, pues así es como termina el proceso que se inicia cuando un malaguita inconsciente les da de comer. Hace unos días, en el bulevar José Iturbi, en el entorno de Nueva Málaga, un vecino se lamentaba de esta práctica, que se sustanciaba en bolsas ingentes de pan espurreado para que las palomas hicieran su agosto.

‘Hacer’, lo que se dice ‘hacer’, ya hacen lo que pueden en las cornisas de la futura sede de Google. Para frenar esta ‘invasión cagona’ los magos de Silicon Valley deberán olvidarse de ineficaces antivirus y a no ser que tengan ultrasonidos que ahuyenten el palomerío, tendrán que echar mano de las clásicas hileras de púas como las que jalonan las alturas de nuestra Catedral.

No obstante, la solución más flamenca, siempre que las autoridades pasaran por el aro, sería colgar cedés por toda la terraza y la cornisa, para espantar ipso facto a los palomos. Mejor no espantemos a Google antes de tiempo. Suerte.

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