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Violencia de género

«No quiero ir con mi padre porque no para de pegarme»

La Asociación Deméter atiende al año a unos 140 menores damnificados por la violencia de género - Estos niños y niñas son víctimas directas de esta lacra social, por lo que Deméter pone el foco de atención sobre ellos abordando tres niveles fundamentales: psicológico, psicoeducativo y educativo - Además, la asociación también trabaja con mujeres víctimas de la violencia machista en su función de madre

Dibujo de una niña de 7 años cedido por la Asociación Deméter. | L.O.

«Quiero que me quites el miedo a estar con mi padre». «Quiero quitar de mi vida a papá». «Mi papá me pega, no quiero que me empuje». «Quiero no ver más a mi padre porque no me gusta». «No me quiero ir con mi padre porque no para de pegarme a mí y a mi hermana». Los niños no olvidan. Sufren la violencia que presencian y padecen en sus hogares. Construyen su personalidad en torno a ella. Y la acaban reproduciendo en una amplia mayoría de los casos. Los niños no son meros espectadores de la violencia de género, no son un daño colateral. Los menores son una víctima más de la violencia machista.

Sus dibujos plasman el infierno que viven en sus casas. Muchos de ellos apenas tienen más de cuatro años. Han sufrido el maltrato en sus propias carnes o han sido testigo de como su madre era la diana de esos golpes. Imágenes que costará borrar y que, por seguro, los acompañarán de por vida. «Los menores son una víctima directísima de la violencia de género y la gente sigue sin estar concienciada todavía de eso», lamenta Mayte Pérez Caballero, una de las fundadoras de la Asociación Deméter.

Los menores son una víctima directísima de la violencia de género y la gente sigue sin estar concienciada todavía de eso

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Esta entidad malagueña atiende al año a unos 140 menores damnificados por la violencia machista. Desde los cuatro años hasta la mayoría de edad, Deméter acompaña tanto a los niños como a sus madres, en su lucha particular contra esta lacra social: «Les afecta en todos los ámbitos de su vida. Si ellos aprenden una forma de relación que es la que están viendo en casa, esa es la que naturalizan y consideran que es la normal. Esto afecta a nivel cognitivo, psicológico, emocional... Porque creen que así es como hay que relacionarse».

Estas vivencias marcan por completo sus vidas. «Los niños sufren mucho porque ven como maltratan a la madre o como los maltratan a ellos, que cada vez es más frecuente. No sabemos si es que ahora los maltratan más físicamente o es que ahora son más conscientes pero da la impresión de que el maltrato ha aumentado un poco», alerta Mayte. La falsa creencia de que los niños olvidarán todos estos acontecimientos hace un flaco favor a la causa, que se centra en detener la transmisión generacional. Este es uno de los objetivos principales de Deméter, pues si la agresividad, el miedo y la sumisión han sido la forma de relación que han aprendido desde niños, también será la que aprendan y reproduzcan en un futuro.

Dibujo de una niña de 8 años cedido por la Asociación Deméter. | L.O.

A partir de las relaciones con los demás seres humanos, señala la fundadora de esta asociación, se van conformando las características de toda persona: «Es muy importante el tipo de relación al que estamos sometidos desde pequeños. De ahí se van adquiriendo roles en función del temperamento de cada uno. En el caso de estos niños, si tienen un temperamento más fuerte puede ser que cojan el rol dominante y si tienen uno más tranquilo cogerán el sumiso, para evitar conflictos y problemas».

En algunos casos, estos roles comienzan pronto a ser evidentes. Algunos se vuelven agresivos contra la madre, otros son sumisos con su pareja o amigos. Hay muchos que, después de lo que han visto y vivido, deciden que no quieren dañar a nadie ni que los dañen. «Pero no todo el mundo tiene esa madurez desde pequeños. Todo va a depender del temperamento del niño, pero a todos se les nota que han vivido una situación conflictiva», explica Mayte.

A nivel escolar, estos menores también se ven fuertemente afectados. Mientras que algunos comienzan a sufrir problemas de bullying, otros se convierten en los agresores. En lo relativo a lo académico, estos niños tienden a sacar malas notas o a exigirse demasiado para sacar todo sobresaliente y que no les castiguen ni regañen. Por todo ello, desde Deméter abordan su atención desde tres niveles: psicológico, psicoeducativo y educativo.

El problema de las visitas

En Deméter tienen una máxima, no hablar nunca mal del padre. «Les decimos que es un adulto que tiene un mal comportamiento o un comportamiento que no es correcto, y que él tiene la libertad de cambiar su forma de ser. No queremos hablar mal de ellos porque tienen que seguir viéndolos», indica Mayte Pérez.

Ellos sienten que si los dejan ir con él no debe ser tan malo y muchas veces el maltratador sigue hablándole mal de su madre, los pone en contra, no les pone pautas ni horarios...

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El problema más grande con el que se topa esta asociación es el régimen de visitas. En palabras de su fundadora, las visitas estropean toda la labor que se hace con los niños, «no en todos los casos pero sí en muchos». «Ellos sienten que si los dejan ir con él no debe ser tan malo y muchas veces el maltratador sigue hablándole mal de su madre, los pone en contra, no les pone pautas ni horarios... Después de una visita es muy difícil empezar otra vez de nuevo». Tanto es así que, durante el confinamiento, explica Mayte, aumentaron el número de consultas pero la atención fue más rápida y se resolvía en menos sesiones «porque al no tener visitas no se entorpecía el trabajo».

Asimismo, existen otros casos en los que el menor sigue siendo víctima de este maltrato: «A veces siguen siendo agredidos pero tienen miedo a contarlo porque los amenazan. La mayoría de ellos, sobre todos los pequeños, no quieren ver al padre, dicen que quieren tener un papá pero que quieren que cambie y sea de otra forma».

«Quitaría la violencia del mundo». «Deseo mi tranquilidad en general». «Quiero amor y felicidad». «Quiero encontrar la felicidad». Estos deseos en voz alta tienen nombre y apellidos. Niños que han mirado a los ojos de la violencia machista demasiado pronto y por los que hay que alzar la voz. Los menores son una víctima más de la violencia de género y esta lacra debe atajarse poniendo el foco también sobre ellos.

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