Kiosco La Opinión de Málaga

La Opinión de Málaga

Memorias de Málaga

El ministro sin corbata

Siendo estudiante en el Colegio de El Palo dos noticias influyeron en mi pobre formación: la elección de un nuevo Papa y de un ministro sin cartera, este exalumno del colegio. Hoy la figura ideal sería la de ministro sin corbata

Fachada del Colegio San Estanislao. Arciniega

Cuando empecé a estudiar en el Colegio de El Palo el entonces bachillerato de siete años, dos sucesos, que no tenían nada en común, influyeron en mi pobre formación. Son asuntos tan antagónicos como la muerte de un Papa y el nombramiento de un ministro en el Gobierno de España.

En 1939 yo no sabía nada de los papas, ni siquiera quién era el pontífice de entonces y no digamos de la composición de un Gobierno. Lo único que sabía de lo segundo es que mandaba Franco.

Precisamente en 1939, cursando el primero de bachillero, un día, al entrar en el aula de no sé qué asignatura (hasta latín figuraba en la larga lista de estudios del primer curso), el jesuita que iba a impartir la clase, de forma solemne nos comunicó que el Papa acababa de fallecer.

Como todos estábamos in albis, o sea, que no teníamos claro lo que significaba el Papa, el sacerdote amplió la triste noticia con algunos datos sobre lo que representaba en la religión católica, porque entonces no sabía nada de otras creencias.

Ese día y en los siguientes, este sacerdote u otro del profesorado, nos informó en líneas generales de lo que iba a suceder en los próximos días.

Como yo siempre he tenido buena memoria y conservo parte de ese privilegio, recuerdo que el Papa fallecido era Pío XI y que la elección del sucesor dependía de lo que decidieran los cardenales en un cónclave secreto. Si los cardenales se ponían de acuerdo, a través de una chimenea del Vaticano, se comunicaría al pueblo, con una fumata blanca, el «Habemus Papam», en español ¡Tenemos Papa! Y si no se habían puesto de acuerdo, la fumata, en lugar de blanca, sería negra y vuelta a empezar.

Resumiendo, a Pío XI le sucedería Pío XII.

La fumata blanca sale del tejado de la Capilla Sixtina del Vaticano. L. O.

Ministro sin cartera

No pasaron muchos días (sigo en el mismo año 1939) entre la elección de Pío XII y la otra noticia impactante para el colegio. El mismo profesor, u otro, en el inicio de la clase nos dio noticia de que un ex alumno del colegio acababa de ser nombrado ministro sin cartera del Gobierno de España. Tenía 29 años y era el más joven de los ministros. Se llamaba Pedro Gamero del Castillo.

El comunicarnos la noticia, a la que prestamos mucha atención porque era un prestigio para el Colegio de El Palo, llevaba un mensaje claro: para triunfar en la vida había que estudiar mucho. Gamero del Castillo había sido un buen estudiante. Yo, entonces, no sabía ni me importaba qué era ministro ni para qué servía. Lo único que me llamó la atención fue lo «ministro sin cartera».

Para mis cortas luces, la única cartera que conocía era la que yo tenía para guardar y llevar los libros, entre ellos el Florilegio Latino, el de Geografía e Historia, Aritmética, libretas, lápices de colores Alpino, gomas de borrar Milano, sacapuntas… todo lo necesario para sacar buenas notas. Y si no tenía cartera, pensé, que se compre una.

Pasó el tiempo

Con el tiempo, a medida que cumplía años y mis conocimientos aumentaban, supe, entre otras cosas, que los ministros eran nombrados para ocupar «una cartera», como Obras Públicas, Agricultura, Industria… y Ejército, Marina y Aire.

El ministro sin cartera de marras no ocupaba ninguna de las enumeradas; era algo así como un comodín, el naipe que sirve para sustituir la carta que convenga al jugador de turno en la formación de un trío o una escalera.

A lo largo de los Gobiernos de Franco, primero, y de Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González… hasta hoy, en muy pocas ocasiones el presidente de turno nombró ministros sin cartera; recuerdo a Joaquín Garrigues Walker, Rafael Arias-Salgado, Pío Cabanillas y Jaime Lamo de Espinosa. Hoy la figura «sin cartera» no se lleva, ya que hay ministros para todo lo imaginable.

Ministros a gogó

Cada cambio de Gobierno (cada cuatro años más o menos) el presidente de turno modifica no solo la denominación de las carteras sino el número, hasta el punto de llegar a los 22 del momento en que redacto estas líneas.

Cada cuatro años hay que modificar los textos de cada una de las carteras, ampliar la mesa donde se celebran las reuniones semanales que antes eran los viernes y ahora los martes, buscar nuevos edificios donde ubicar a los ministros y ministras, porque hay que ser paritarios, destruir los impresos porque el antiguo Ministerio de Gobernación se convirtió en Interior, al de Trabajo agregarle Economía Social, el nuevo de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, Asuntos Económicos y Transformación Digital, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática… y así hasta la saciedad. Pero eso sí, todos con carteras. Sin cartera, ni uno.

Rafael Arias-Salgado, con Celia Villalobos, en 2000. L. O.

Sin corbata

Pese al elevado número de carteras y denominaciones (Transición Ecológica, Migraciones, Igualdad…) falta un ministro sin cartera, al que se le encomendaría la misión de ir por todas las autonomías, incluidas las de tendencia independentista, a divulgar la necesidad de prescindir del uso de la corbata en todas las manifestaciones de la vida social, para así contribuir al ahorro energético y al ahorro en general. Aunque esta política ahorrativa pueda perjudicar a la industria española del diseño, fabricación, distribución y venta al menor de corbatas, el interés del país está por encima del negocio. Además, como en el momento presente la fabricación de corbatas se centra en China, el perjuicio es menor.

El ministro sin corbata saldría barato al erario público porque no necesita ni despacho, ni un director general, ni una secretaría, ni siete asesores, ni papel y sobres timbrados, ni sellos de correos…

Con un coche de alta gama, eso sí blindado con conductor bien ataviado, pero sin corbata, iría por España asistiendo a conferencias, coloquios, tertulias televisivas, simposios, galas, inauguraciones de carreteras, nuevas líneas del AVE, entrega de premios… sin corbata, para ir concienciando de que la corbata es una tara que hay que exterminar por su inutilidad e incomodidad, y perjudicial para el medio ambiente. Con esta política ahorrativa se gastaría menos electricidad, menos gas natural… según declaran algunos ¿expertos?

Cuando llegue a España un presidente de Gobierno de un país de Comunidad Europea o no, de un gobierno de un país de la América de habla española o portuguesa, de la Commonwealth o de Oceanía, en la recepción acompañaría al presidente del Gobierno de España, el titular de sin corbata.

Hay que desterrar el uso de la corbata. Conviene recordar que en España se llegó a fusilar a personas por el mero hecho de llevar cuello y corbata.

Compartir el artículo

stats