Memorias de Málaga
Misterios en Carlos Haya
Hace unos años, el programa Cuarto Milenio recogió las declaraciones de un médico sobre hechos curiosos sucedidos en el antiguo Hospital Carlos Haya
Un matrimonio amigo contó una historia similar

El Hospital Regional Universitario en 2013, cuando todavía se llamaba Carlos Haya. / Gregorio Torres
Hace un par de años, viendo el programa Cuarto Milenio, un médico que colabora frecuentemente con ese espacio, refirió curiosos hechos sucedidos en el Hospital Carlos Haya de Málaga.
Como malagueño me interesó la historia y me centré en lo que estaba narrando. Si en lugar de un médico, con nombre y apellidos dando la cara, relatara las historias un antiguo paciente o un amigo de un amigo, no me hubiera interesado en prestar más atención.
Que todo un médico que había prestado servicio en el acreditado centro sanitario se prestara a contar esas historias, respaldadas por otros médicos jubilados que las subrayaban, era garantía de su autenticidad. Un médico no se va a exponer a hacer el ridículo ante la sociedad y menos ante sus compañeros de profesión.
Contaba el médico en cuestión (ahora mismo no recuerdo su nombre) sucesos inexplicables que había vivido ejerciendo su profesión en Carlos Haya y que había comentado con otros compañeros que habían sido testigos de casos parecidos o similares. Pacientes que comentaban que alguien se les acercó de noche para animarlos, presencia de personas desconocidas en los pasillos a horas intempestivas, curaciones o mejorías inexplicables…, misterios sin resolver pero que forman parte de la ‘historia secreta’ de Carlos Haya.
El médico que contó esas historias prometió continuar en otro programa. Ignoro si volvió al programa o no; quizás estuvo pero yo ese día no lo vi.

Las urgencias del hospital, en una foto de archivo. / Arciniega
Perdidos en Urgencias
Algún tiempo después, un matrimonio amigo nos contó a mi mujer y a mí una historia que enlaza con las del médico de Cuarto Milenio.
Un día, el matrimonio tuvo que acudir a Urgencias del citado centro sanitario. Nada más llegar le tomaron la tensión arterial al marido, le hicieron una extracción para un análisis de sangre, un médico le hizo un reconocimiento… y le dijo que le avisarían. Mientras tanto, que esperaran en Urgencias. El marido, en la camilla, con su esposa al lado, aguardaba la llamada.
Pero la espera se prolongó durante varias horas. La pareja asistió a la llegada y salida de enfermos o accidentados sin que les llegara el turno previsto. El caso es que fueron pasando las horas y, sobre las 2 de la madrugada, el matrimonio seguía esperando el alta o el ingreso en el servicio de traumatología.
Cuando se quedaron solos, preocupados por el olvido o abandono en la poco acogedora sala de Urgencias, una enfermera, al descubrir la presencia de la pareja en un rincón del recinto, se interesó por su prolongada permanencia sin que nadie interviniera. La esposa del paciente le informó de la llegada a Urgencias, de la visita del médico, del análisis… y allí estaban abandonados en espera ¿de?...
Afortunadamente, la enfermera se encargó de averiguar lo sucedido y por qué estaban todavía en Urgencias.
Tardó un poco en regresar y explicó lo sucedido. Iba a ser encamado en Traumatología pero no había en aquel momento ninguna cama libre. Había dos opciones: o esperar en Urgencias hasta la mañana siguiente en la que quedarían habitaciones libres o ser atendido durante las horas siguientes en la Unidad de Quemados, pero con la advertencia de que ella no podría permanecer al lado de su marido, porque en ‘Quemados’ solo tiene acceso el personal de ese servicio, pero que no se preocupara porque su marido iba a ser atendido sin problema alguno.
Al día siguiente, el paciente le contó a su esposa que el personal de ‘Quemados’ estuvo pendiente de él durante toda la noche por si necesitaba algo. Se desvivieron por hacerle grata la noche.
Una mano salvadora
Al quedar su marido en buenas manos, a ella no le quedaba otra opción que regresar en taxi a su casa y a primera hora de la mañana siguiente retornar a Carlos Haya.
Salió del entorno de ‘Quemados’ a cuyo interior no accedió, y se dirigió a la salida. De pronto se encontró en un lugar totalmente desconocido. No sabía ni en qué planta estaba ni cómo bajar o subir, porque no encontró ningún ascensor, ni escalera, ni a nadie a quien preguntar. Eran los 2 o las 3 de la madrugada, sin saber qué hacer. Anduvo de un lado a otro buscando la salida.
Se encontró perdida, o eso al menos interpretó, en la planta de las consultas, en horas en que todas estaban cerradas y sin luces, nadie en los pasillos, ni ruidos, soledad absoluta... Las escaleras le llevaban de un lado a otro sin encontrar ninguna salida.
En medio del desconcierto, miedo a la soledad, nerviosa…, una mano, no recuerda si de un celador, enfermera, mujer, hombre…, sin decir palabra alguna, le señaló una puerta, a la que se dirigió con la esperanza que le permitiera hallar salida, como así ocurrió. Vio la salida y sin pensarlo salió a la calle, estuvo buscando un taxi que al fin localizó. Al poco tiempo estaba en su casa.
Todavía bajo los efectos del miedo y desconcierto, se acordó de la persona que con la mano le indicó la salida. Fue incapaz de darle cuerpo al misterioso personaje.

Espera en el hospital, en el año 2015. / L. O.
Un caso parecido
Meses después, en el mismo programa Cuarto Milenio, se emitió un reportaje sobre la explosión del polvorín de la Armada en Cádiz en 1947, un suceso con más de cien muertos y varios centenares de heridos que conmocionó la ciudad de Cádiz. La prensa de entonces no recogió en toda su dimensión la catastrófica jornada, posiblemente porque la censura oficial lo impidió.
El reportaje de Cuarto Milenio recogía imágenes inéditas del suceso, declaraciones de testigos y supervivientes, explicaciones más o menos convincentes del suceso e incluso una recreación de las escenas en las que soldados y personas ajenas al polvorín vivieron en sus carnes. Un reportaje valiente, contando la verdad de lo sucedido sin omitir nada.
En la recreación del suceso se insertó una página que me llamó la atención y que asocié a lo que le ocurrió a la señora que se perdió una noche en los pasillos de Carlos Haya. Según testigos de la tragedia, cuatro soldados quedaron entre dos fuegos encerrados en un recinto. Las llamas había invadido el espacio. No había posibilidad de huir.
En medio de la desesperación, un militar de alta graduación, sin pronunciar palabra alguna, señalaba con una mano la existencia de un registro en el suelo. Insistió en señalar el registro. Los afectados, como pudieron, levantaron la tapa y por ahí pudieron huir salvando la vida. La figura del militar que les guió desapareció misteriosamente.
Cuando terminó el programa me puse en contacto con la señora que en Carlos Haya encontró la salida gracias a la mano de una persona que fue incapaz de identificar. Le facilité el reportaje… y me confesó que lo que les sucedió a los soldados en Cádiz fue lo mismo que a ella. Una mano misteriosa le ayudó.
¿Misterio? Quizá la existencia del Ángel de la Guarda acuda en nuestra ayuda en momentos difíciles. Me acuerdo de la jaculatoria que mi madre me rezaba de niño: «Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día».
Ese ‘Ángel’ quizá sea quien impide que un señor viaje en avión por llegar tarde y el avión se estrella y mueren todos los viajeros; o el que no viaja en el autobús porque a última hora decidió lo contrario y salvó la vida porque el autobús derrapó y fallecieron los que iban en el interior; o el que un momento de desesperación te socorre… Cuestión de creencias.
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