Crónicas de la ciudad
La plaza del Teatro y el ‘aroma’ de la mala planificación
La hilera de contenedores aromáticos de la Plaza del Teatro, además de arruinar las vistas del ficus de raíces aéreas, convierte en un ejercicio de ‘resistencia respiratoria’ el sentarse en verano en los nuevos bancos, tras la polémica reforma

La hilera de contenedores, ayer, delante del ficus de la plaza del Teatro, cuando dobló su número habitual por la llegada de la Feria. / A.V.

Como se hizo eco este diario en numerosas ocasiones, para los vecinos del Centro Histórico la reforma de las plazas del Teatro y de Alcántara, costeada inicialmente con dinero de la Unión Europea, ha sido un experimento completamente ajeno a las necesidades vecinales y, por tanto, un ejemplo de cómo no se debe hacer una obra pública de este tipo.
Para los vecinos del entorno, la mayoría de sus razonables peticiones fueron obviadas, en una nueva demostración de la particular ‘participación ciudadana’ que se estila en la Ciudad del Paraíso de los Pisos Turísticos.
Ya saben que la Gerencia de Urbanismo se empeñó, en este caso por bemoles, en colocar juegos infantiles musicales, así como una especie de matracas gigantes. El resultado, más que predecible en una zona de copas, son inesperados conciertos de música atonal; etílicos homenajes a Schönberg a cualquier hora del día o de la noche, por la obcecada testarudez de nuestros expertos de salón, poco amigos de patear y estudiar la calle.

Otra vista de los contenedores, ayer. / A.V.
Ahora, una vecina de los alrededores se pone en contacto con esta sección para transmitir su estupefacción porque, ni siquiera las obras de reforma han conllevado lo que nos ‘vendía’ una hermosa infografía de la remozada plaza del Teatro.
En la infografía aparece la plaza tamizada por la sombra del esbelto ficus de raíces aéreas. A sus pies, se ha creado un ágora ateniense en el que los vecinos y visitantes parecen discutir sobre el concepto de virtud en Aristóteles, tal es la placidez de la escena. La clave está al fondo donde, como en un mundo ideal, no hay ni rastro del frente de contenedores que, en la vida real, y tras las obras, sigue soportando este espacio con este maravilloso ficus.

Infografía de la plaza el Teatro, sin contenedores de basura al fondo. / L. O.
«Antes estaban pero no se notaban tanto. Ahora, tras la obra, es un contraste muy feo. No sé qué solución tiene pero debe haber alguna porque el otro día me senté un momento al pie del árbol y no se podía estar de lo mal que huele», comenta esta vecina.
Así que, a una obra hecha haciendo oídos sordos a los vecinos, hay que sumar el ‘aroma’ de la mala planificación, pues si por cualquier motivo técnico -el riesgo de dañar el árbol, por ejemplo- no se pueden soterrar los contenedores aromáticos -ahora doblados en número por la feria- había que haberles buscado acomodo en otra parte.
Sentarse en verano al pie del ficus se convierte en un acto de ‘resistencia respiratoria’. Broche de oro para esta obra simpar.
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