Crónicas de la ciudad
Málaga, abanderada del Urbanismo kamikaze
En lugar de un parque mirador, un auditorio o un Museo del Mar, nuestro alcalde se empecina con el rascacielos del Puerto en el Dique de Levante, pese a que ya sólo falta que esté en contra la familia real catarí

Vista aérea del dique de Levante. / La Opinión
En lo más borboteante de la burbuja inmobiliaria y pese a las protestas vecinales, José María Aznar autorizó en el Puerto de Barcelona la construcción del Hotel W o Vela.
El periodista Andrés Rubio, autor de un impagable libro sobre los desmanes urbanísticos patrios (‘España fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia ’), tilda el Hotel Vela de «rascacielos rechoncho, con un muro cortina (fachada de vidrio) sin interés (...) que rompe la perspectiva de la playa de la Barceloneta». Por algo, buena parte de las fotos que aparecen de este ‘muro pantalla con suites’ son aéreas o muy alejadas.
Este es, precisamente, el hotel que nuestro alcalde, Paco de la Torre, ha puesto de ejemplo para volver a dar por buena la Torre del Puerto; y eso que, en contra de este proyecto ya sólo falta que se pronuncie la familia real catarí.
Era de prever, porque nuestro brillante y trabajador primer edil, amén de una capacidad para la autocrítica indetectable por los test de contrición más avanzados, sigue con la juvenil mentalidad de sus tiempos mozos: su visión del Urbanismo es la de un político español de comienzos de los 70.
Ahí está, su anacrónica teoría sobre la transformación paisajística de las ciudades, expuesta sin complejos, hace un par de años, en Onda Cero para todo el país; por completo opuesta al Convenio Europeo del Paisaje, que lleva en vigor desde hace dos décadas.
Hasta ahora, su argumento más repetido para justificar una de las agresiones paisajísticas más serias contra Málaga se resume en que hacen falta más plazas hoteleras de lujo; pues, cuando se celebran competiciones como la Copa Davis, muchos forofos se ven obligados a dormir en Torremolinos.
Sin justificación
No comprende que ningún acontecimiento multitudinario ni ganancia económica justifican dañar gravemente la imagen de la ciudad, cuyos principales monumentos quedarían desplazados y el horizonte presidido de por vida por un edificio fuera de lugar, que aspira a medir bastante más, en su tercera versión. La sublimación de La Malagueta.
Después de la gran pifia de las Torres de Martiricos, uno esperaba cierto propósito de enmienda: pensar en un jardín mirador para el Dique de Levante, un auditorio o un Museo del Mar; buscar emplazamientos más razonables para la Torre del Puerto; propiciar más hoteles de lujo en sitios más sensatos.
Pues no, la conclusión de nuestro alcalde es que el mundo está equivocado, así que si aterriza algún premio Pritzker, que nadie dude que ensalzará su rascacielos 3.0 con su frase multiuso por excelencia: «Será un referente». Del Urbanismo kamikaze, sin duda.
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