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Memorias de Málaga

A caballo regalado no le mires el diente

La costumbre de hacer regalos se ha incrementado sin una meta visible. A un alcalde de Málaga le enviaron una gigantesca cesta de Navidad y, nada más verla, ordenó que se repartiera a un conocido equipamiento de la ciudad.

Cestas de Navidad en un centro comercial de Málaga capital

Cestas de Navidad en un centro comercial de Málaga capital / G.T.

Hay infinidad de definiciones y frases hechas sobre el regalo. El más expresivo, y vulgar al mismo tiempo, es «a caballo regalado, no le mires el diente». La costumbre de hacer regalos se ha ido incrementando sin una meta visible, o sea, que va aumentando hasta que se ponga de moda todo lo contrario, o sea, eliminarlos de forma radical.

Un día E, una celebrity o un influencer, de los que merodean por las televisiones, dijo que los regalos ya no se llevan y que lo elegante es no mandar ni un ramo de flores a una dama o un frasco de colonia a un caballero. La mitad más uno de la población censada elimina de su agenda la obligación de regalar cosas útiles o inútiles.

Es tradicional y obligado regalar en los bautizos de los recién nacidos, el día de la Primera Comunión, el día del santo, del cumpleaños, de la petición de mano, de la boda, del aniversario de la boda, de las bodas de plata, de oro, de diamante, de platino…, el Día de los Enamorados, el Día de la Madre, del Padre, de los Abuelos, de Navidad, de los Reyes Magos, de Fin de Carrera…

Los no creyentes, por ejemplo, no renuncian a celebrar esas conmemoraciones y se inventan los bautizos y primeras comuniones laicas. Los regalos son los regalos. ¡Faltaría más!

Los regalos de empresa

Las empresas que están en el Ibex 35, como bancos, entidades de ahorro, eléctricas, empresas constructoras, fábricas, incluidas las alimenticias, vinícolas, y para abreviar, las que manejan el dinero, son regalantes o regaladoras (donantes para la RAE); tienen su política propia en los regalos, unas veces tacañas (una agenda, un calendario…), y para clientes de relieve uno de los obsequios más habituales son las Cestas de Navidad, con una amplia gama de productos, que incluyen un jamón de pata negra (a veces dos unidades, las dos patas traseras del bicho), y otras cestas con una sola pieza.

A los imprescindibles jamones se unen botellas de güisqui de 12 o 20 años, una botella de champan o cava, otra de anís El Mono, de coñac (brandy), un salchichón de medio metro de longitud, turrones (no faltan el duro y blando), polvorones, mantecados, mazapanes, peladillas, caviar, foie gras francés (en español, fuagrás)… todo muy bien envuelto en papel celofán, que queda más bonito.

Presumo que los consejeros de esas entidades, aparte las cestas, recibirán una gratificación especial por las cuentas de resultados; en este caso, los obsequios son ‘bagatelas’, como un automóvil de los denominados de alta gama, un Rolex, una parcela en La Zagaleta… regalos que les serán birlados por bandas procedentes de Albania y otros países, expertas en aligerar los bolsillos y las propiedades de los adinerados que frecuentan los restaurantes con un par de estrellas Michelin, los campos de golf y Puerto Banús

La supercesta

La cesta de Navidad más empingorotada que conozco fue la que un señor envió al alcalde de Málaga una Navidad. No se la mandó a su domicilio particular, sino a la Casa Consistorial a mediodía en una furgoneta adornada con motivos navideños.

Dos propios (en Málaga gusta esta manera de distinguir a los empleados de sus empresas) con todas las precauciones cargaron con la cesta, subieron por la escalinata y la llevaron hasta la ante alcaldía para que el señor alcalde se hiciera cargo del regalo de Navidad.

El espectáculo finalizó cuando el presidente de la Corporación Municipal, al contemplar el obsequio, ordenó que tal y como estaba la llevaran al Hospital Nobel para repartirla entre las instituciones benéficas de la capital. Quizá me haya pasado en la descripción. Pero viví la experiencia.

¿Quién era el alcalde en cuestión? Don Cayetano Utrera Ravassa.

Los de antes

Los regalos de boda de antes consistían en artículos útiles o inútiles para contribuir al ajuar de la nueva pareja; se regalaban bandejas, centros de mesa, vajillas, cuadros, jarrones, juegos de té o café, lavafrutas, paragüeros, objetos de cocina… y en pocos casos dinero contante y no sonante porque los billetes son insonoros.

El cacharrero que tenía su tienda en la calle Herrería del Rey hacía su agosto porque los objetos que vendía eran vistosos, no caros y que a los recién casados les hacía su avío para el día a día.

Desfile de moda de trajes de novia en el Palacio de Ferias

Desfile de moda de trajes de novia en el Palacio de Ferias / G.T.

La política o sistema tradicional de este tipo de regalos no siempre era del gusto de los recipiendarios; bien por su inutilidad, fealdad o repetición: dos regalos idénticos. En muchos casos, la solución que adoptaba la pareja de recién casados era guardarlos para en su momento regalar a otra pareja de novios en su enlace; o sea, regalos de ida y vuelta.

El Corte Inglés y otras firmas que lo imitaron crearon la lista de bodas, que revolucionó los regalos de boda. Los contrayentes escogían una serie de posibles regalos con indicación del precio concreto de cada objeto para que los invitados, al recibir la invitación a la ceremonia, pudieran elegir. Era un paripé porque los novios no se llevaban los objetos elegidos y pagados por los invitados; se llevaban algunos o utilizaban el dinero de los objetos no retirados concertando con la agencia de viajes el viaje de novios.

La moda

Lo que mola ahora es el dinero. Como muchas parejas contraen matrimonio después de convivir varios años, con vivienda propia y todos los aparatos domésticos y ornamentales adquiridos, lo que se impone es hacer un regalo en metálico que permite una celebración por todo lo alto en uno de esos lugares preparados para estas ceremonias. Las damas visten sus mejores galas con sombrero incluido y los caballeros sacan del ropero el traje azul que reservan para estos casos y para llevar el trono de su cofradía en Semana Santa.

La celebración se inicia sobre las nueve de la noche… sin hora final. Copeteo inicial, un cortador de jamón incansable, una barra con las bebidas alcohólicas y sin alcohol, camareros y camareras ataviadas de acuerdo con lo que manda el protocolo llevando platos y fuentes de un lado para otro, orquesta a la llegada de los novios (a veces con un descendiente crecidito), aplausos y El Danubio Azul para abrir el baile.

Cena copiosa, postre, regalitos a los invitados… y lo que no podía faltar: una recena a la madrugada con su caldito caliente que reconforta los estómagos ahítos de comidas y bebidas.

Partitura de 'Paquito El Chocolatero'

Partitura de 'Paquito El Chocolatero' / Morell (EFE)

El grupo musical con cantante femenina o masculina anima el cotarro con las canciones de moda y el repertorio de siempre, como La chica yeyé, Paquito el Chocolatero, La Bamba, El Bugui Bugui, Te quiero mucho, La Raspa… La hora final, nunca se sabe. Con las claras del nuevo día.

Para facilitar las celebraciones, su organización y mil detalles, siguiendo la costumbre estadounidense que se ve en las películas, ya hay empresas que se encargan de todo. Cuestan una pasta…, pero una boda es una boda.

Y un tupido velo de lo que pueda suceder diez años después. ¡Vivan los novios!

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