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Crónicas de la ciudad

Camino a Gibralfaro: el bochorno como tradición

Entre el Ayuntamiento, que lleva lustros desentendiéndose de esta frecuentadísima ruta turística, y la Junta, que no obliga al Consistorio a limpiar las pintadas del Castillo, se consolida el pasotismo como marca política

Cuatro detalles del camino turístico a Gibralfaro, el pasado miércoles.

Cuatro detalles del camino turístico a Gibralfaro, el pasado miércoles. / A.V.

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Alfonso Vázquez

Alfonso Vázquez

Si en algún lugar de Málaga nuestras administraciones están de adorno ese es el reino secreto del camino de subida al Castillo de Gibralfaro.

De hecho, el pasotismo del Ayuntamiento de Málaga y de la Junta de Andalucía es tan acuciante, que se puede decir que lo han convertido en marca política de su gestión.

De propina, han logrado que el bochorno de cualquier turista ante el desfile de elementos sucios, rotos o vandalizados se convierta en tradición, pues quizás la última vez que este camino lució más o menos aceptable fue en tiempos de Celia Villalobos.

Lo cierto es que el siglo XXI ha sido el del inexplicable abandono y la incongruente dejadez de una de las vías turísticas más frecuentadas de la ciudad; un despropósito que permanece congelado en el tiempo.

Y aquí estamos un año más, en temporada alta, con la Feria de Málaga recién estrenada y un camino que se deteriora año tras año, porque nuestro Ayuntamiento sigue en la comarca leonesa de Babia, mientras que la Junta se inhibe ante las pintadas sonrojantes que pueden leer los turistas en las murallas del Castillo de Gibralfaro, y que en nada evocan la poesía galante de siglos pasados.

Más detalles del camino de subida al Castillo de Gibralfaro, el pasado miércoles.

Más detalles del camino de subida al Castillo de Gibralfaro, el pasado miércoles. / A.V.

El abono y el falo

Aquí van dos muestras que, un verano más, pueden disfrutar visitantes de todo el globo: «PT Sevilla» y «Rojo muerto, abono pa mi huerto»; y de propina, el dibujo de un falo gigante, realizado en respuesta a una pintada anterior de unos ‘tiffosi’ italianos.

A la ensalada de pintadas en un castillo de propiedad municipal declarado monumento histórico-artístico hay que sumar la histórica abulia consistorial a lo largo del camino, pues faltan innumerables lajas de pizarra del suelo y la mayoría de las farolas está pintada o cubierta de pegatinas.

Faltan también topes laterales de piedra y hay pintadas en los muretes con muchos años de veteranía. En cuanto al mirador de Gibralfaro, hace unos meses, TVE1 dedicó un reportaje a Málaga, y media España pudo ver su malogrado estado, que es el mismo que el de esta semana: un cartel de QR roto, pegatinas, pintadas, candados...

Por cierto que una de las pintadas del monolito de piedra, atiborrado de firmas desde que Paco de la Torre era mozuelo, celebra este año las dos décadas de existencia. En suma, lo mismo de siempre: el bochorno tradicional.

Vacaciones

(Esta sección se toman un mes de vacaciones. Hasta la vuelta a mediados de septiembre, si Dios quiere).

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