Memorias de Málaga
Asesinato impune, por falta de pruebas
Después de más de 550 capítulos de las Memorias de Málaga me pregunté: ¿qué ocurrirá en Málaga, por decir una fecha, el 13 de abril de 2037, dentro de 12 años? Esta es la historia de lo que podría ocurrir

El Valle de los Galanes, en una foto de 1980. / L. O.
Esta mañana, como casi todas, a las diez y media del día 13 de noviembre de 2025, me puse ante el ordenador para seguir con las Memorias de Málaga. Tuve la curiosidad de comprobar cuántas historias de la Málaga que viví entre 1934 (desde que tengo memoria) hasta hoy se han publicado en estas páginas de La Opinión: Sobrepasan las 550.
Por curiosidad, busqué qué celebración figura en la lista de conmemoraciones: El 13 de noviembre, desde 1992, se celebra El Día Internacional del Hombre, instituido por un norteamericano llamado Thomas Oaster y ratificado por la ONU en 1999. El propósito del autor de la idea era «crear conciencia, sensibilizar y educar sobre diferentes aspectos relacionados con el hombre, tales como el fomento de la salud y calidad de vida, la mejora de las relaciones de género y promoción de modelos masculinos positivos».
Pese a la existencia de este día, que yo sepa, no se festeja; en el caso del Día de la Mujer, la conmemoración se extiende a varios continentes. Discriminación.
Siempre, no podía ser de otra manera, he contado sucesos y hechos que he vivido de cerca como ciudadano de Málaga y por el ejercicio de mi profesión. Lo antiguo, lo acaecido entre 1934 y el año en que me jubilé, 1992, lo he relatado en esos más de 550 capítulos de las Memorias. Todo lo sucedido hasta este momento ha sido contado en los medios habituales, como prensa escrita, radio, televisiones… y redes sociales.
Y me pregunté ¿qué ocurrirá en Málaga, por decir una fecha, el 13 de abril de 2037? Por ejemplo, podría ocurrir esto ese día dentro de doce años.
Llamada
El día elegido de 2037, en la Comisaría de Málaga, se registra una llamada: un señor que se presenta como A.G.F. (iniciales de su nombre y apellidos) da cuenta de que cree que su mujer ha sido asesinada. Y a la pregunta de la Policía sobre su domicilio, responde facilitando calle y número de su vivienda.
Inmediatamente se pone en marcha lo habitual en estos casos: por radio interior se da cuenta de lo que ha sucedido y el primer coche patrulla que recoge el aviso, y que estaba en la calle circulando para intervenir en cualquier conflicto o necesidad, pone en marcha la señal de alarma para poder circular a toda velocidad para llegar al lugar de los hechos.
El agente Martínez (en la plantilla de Málaga siempre debe haber uno así apellidado) le dice al compañero que está al volante que la calle está por el sector de Pedregalejo o Valle de los Galanes.
Minutos después, el ‘zeta’ de la Policía Nacional arriba al domicilio reseñado. Cesa la alarma, algunas personas de otras viviendas se asoman a las ventanas para saber qué está ocurriendo. Martínez es el primero en apearse y localiza al autor de la llamada, quien, al oír la sirena, se plantó en la puerta de la casa, un chalé de planta baja y una superior, con jardín bien cuidado y garaje ocupado por un coche de los conocidos de alta gama, de los que roban en Marbella.
El denunciante daba muestras de nerviosismo, inquietud, incapaz de dominarse y al ponerse en contacto con el policía balbucea, no termina ninguna frase. Martínez trata de tranquilizarle, vecinos se acercan al chalé, el conductor del ‘zeta’ impide que la gente invada el jardín.
Lo sucedido
Martínez, precedido por A.G.F., accede al interior de la vivienda. A.G.F., un señor que ronda los 60 años, persona conocida, industrial que tiene su sede en el Centro de Málaga. El agente lo reconoció nada más verlo al llegar a su vivienda.
Tras atravesar una entrada o ‘hall’ decorado con muebles antiguos, la pareja pasa a un gran salón que responde a la ornamentación y lujo de la entrada. A requerimiento de Martínez, le informa nervioso de lo sucedido.
«Todos los días, salvo los que me quedo a comer con representantes de mi empresa en varios países, hoy es uno de esos casos, llego a la casa sobre las dos de la tarde, según el tráfico. Hoy llegué sobre las cinco y pico porque la sobremesa se ha prolongado. Nada más entrar, elevo la voz con un ‘¡hola!’, que llega a oídos de mi mujer, quien normalmente está en este salón leyendo el periódico, viendo la televisión o hablando por teléfono con alguna amiga. No me respondió al saludo y al entrar noté algo raro. Mi mujer estaba en el sillón… en el que está todavía. Al acercarme para darle un beso descubrí que estaba rígida y con los ojos abiertos y mirando con miedo o terror. Estaba muerta. Creo que la han asesinado».
La narración no fue de corrido, sino trabucándose, dudando, con pausas y lágrimas, pidiendo perdón por no poder dominarse.
Martínez se acercó a la supuestamente asesinada y sin tocar absolutamente nada, tras asegurarse de que el marido había observado la misma precaución, puso en marcha los trámites o protocolos, como informar a la Comisaría y esperar.
Se notificó al Juzgado de Guardia, se avisó para que un forense certificara la muerte de la persona así como a un equipo especializado en la recogida de huellas.
Se examinaron las ventanas, todas enrejadas tanto de la planta baja como de la primera. A primera vista, la cerradura de la puerta no presentaba daños, la mujer que atendía las tareas de limpieza dejó todo arreglado y se marchó un poco antes de las 5 de la tarde, se la interrogó (llevaba más de diez años prestando servicio), se investigó porque podía ser la persona que permitió el acceso del supuesto autor del crimen, se revisó la alarma, se procedió a visionar las grabaciones del exterior e interior de la vivienda… No se observó la presencia de persona alguna. En las grabaciones solo se detectó la presencia de la señora de servicio saliendo de la casa por la puerta de servicio.
El sospechoso
Desde el primer momento, Martínez sospechó del marido. Estaba en la edad crítica de los hombres maduros que se enrollan con una jovencita. Su coartada era perfecta, tanto que era imposible acusarle. No obstante, lo investigó a fondo. En su oficina no había ninguna mujer que respondiera a esa posibilidad.
Con todas las precauciones posibles para no despertar sospechas, durante los días posteriores comprobó los pasos diarios del personaje, e incluso indagó en la agencia de viajes de la que era asiduo por sus desplazamientos a Suecia y Noruega por razones de su trabajo.
Siempre viajó solo. Incluso se puso en contacto con colegas de los países que frecuentaba para localizar a la ‘amante secreta’ que le empujaría a deshacerse de su mujer. Los únicos viajes en los que iba acompañado eran con su mujer, una vez al año a lejanos destinos, como Nueva Zelanda, Australia, Japón y China.
La vida de su ‘sospechoso’ era normal. La única novedad, comprensible, fue cambiar de residencia con carácter provisional: desde el día del asesinato optó por dormir en un hotel cercano a su oficina, por supuesto solo, sin compañía femenina. Acompañado de su secretario se desplazó un par de veces a su casa para recoger ropa, enseres personales, papeles y documentos que guardaba en la caja fuerte.
Transcurrían los días y el agente Martínez seguía sin encontrar prueba alguna que justificara sus dudas. Aunque no se archivó el caso, quedó abierto durante algunos meses.
La investigación no llegó hasta un rincón de la cocina donde estaba abandonado, por avería, un robot que el matrimonió adquirió en su viaje a China. El artilugio, programado, procedía a limpiar suelos, alfombras, muebles… Se deslizaba por la vivienda sin el menor ruido. Las cámaras distribuidas por los pasillos no lo captaban porque apenas tenía una altura de veinte centímetros, y estaba dotado de una pértiga con dos manos metálicas, que le habrían permitido llegar a la altura deseada: ahogar a la persona que estuviera sentada en la butaca. Ninguna de las cámaras enfocaba el sillón, todo tan perfecto que el sospechoso lo programó el día de los hechos para que a las 17 horas y 3 minutos, el robot se pusiera en marcha para desarrollar el programa. Una vez cumplido el trabajo volvió a la cocina y se ‘suicidó’, tras esconderse en un rincón de la despensa. Del robot quedaron piezas metálicas y cables, un amasijo de material inservible. La mirada y rostro descompuesto de la víctima fue al verse atacada por algo sin poder defenderse.

Los robots empiezan a popularizarse para hacer pequeños trabajos de casa o dar compañía. / L. O.
El agente Martínez, aburrido por el fracaso de sus investigaciones, abandonó seguir adelante, y como podía jubilarse anticipadamente, se acogió a esa posibilidad y volvió a su tierra, en la provincia de Palencia.
De si A.G.F. se enrolló o no con una joven ¿a quién le importa?
Cuatro días después de publicarse esta historia, dos amigos se encontraron en la calle Larios, se saludaron, se interesaron por sus vidas y uno se interesó por su mujer. La respuesta fue que había ido a China.
- ¿A qué?
- A comprar un robot que limpia, friega, quita el polvo, cocina…
El lunes próximo, después de esta pirueta futurista, si Dios quiere, volveré a contar historias del ayer y anteayer de la Málaga en la que resido.
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