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Sanidad

Paciente malagueño trasplantado de pulmón: “Ya no tenía esperanza de vida ninguna”

Alfonso Ariza fue diagnosticado de EPOC con tan solo 49 años. Con el tiempo, la enfermedad avanzó hasta el punto de obligarle a depender las 24 horas del día de una máquina de oxígeno y permanecer postrado en la cama

Alfonso Ariza Fuentes en el Hospital Clíinco de Málaga

Alfonso Ariza Fuentes en el Hospital Clíinco de Málaga / L.O.

Arancha Tejero

Arancha Tejero

Málaga

Alfonso Ariza (65 años), paciente de EPOC, había perdido por completo la esperanza. Hacía meses que su enfermedad le mantenía recluido en la cama, conectado a una máquina de oxígeno. “No me podía mantener de pie”, recuerda. Sin embargo, todo cambió cuando llegó el trasplante de pulmón, que no solo le devolvió la esperanza, sino que le abrió la puerta a una vida que creía irrecuperable. Para el malagueño, fue como volver a nacer. Tanto es así que el 5 de enero, el día que fue trasplantado, se ha convertido en su nuevo cumpleaños. “Ya tengo avisado a todos mis hermanos, que somos nueve, para que vengan a casa a celebrarlo”, cuenta con una sonrisa. 

Un año atrás, no podía apenas ni andar. Hoy, diez meses después de que le trasplantaran los dos pulmones en el Hospital Reina Sofía de Córdoba, Alfonso llega caminando por su propio pie al Hospital Clínico de Málaga. Un acto cotidiano como ese, irrelevante para la mayoría, para él era simplemente imposible. “Ya no tenía esperanza de vida ninguna”, confiesa el malagueño. Estaba en la fase 4, la etapa más grave y terminal de la EPOC, una enfermedad que produce una obstrucción persistente de las vías respiratorias, dificultando la entrada y salida de aire.

“Me asfixiaba mucho y tenía mucho cansancio siempre”, relata Alfonso, que fue diagnosticado en 2009. Hasta aquel momento, no había escuchado nunca hablar de la enfermedad. Sabía que un tío suyo había fallecido joven por culpa de un problema en los bronquios, pero tardó en descubrir que se trataba de la misma patología que ahora padecía él. “Me quedé un poquillo frenado cuando me enteré de lo que era”.

Progreso de la enfermedad

A lo largo de los años participó en varios ensayos clínicos, pero, con el paso del tiempo, la enfermedad siguió avanzando. “Cada día que pasaba más me asfixiaba”, resalta el malagueño, que estuvo durante cinco años y nueve meses conectado 24 horas a una máquina de oxígeno. “No es una enfermedad que te la detecten y se quede ahí, sino que va progresando con el tiempo”, explica. En su caso, se acabó volviendo absolutamente dependiente de su familia: “No podía ni bañarme, ni ponerme los calcetines, ni nada, me tenían que ayudar a todo”.

“No podía ni bañarme, ni ponerme los calcetines, ni nada, me tenían que ayudar a todo”.

Cada esfuerzo, por pequeño que fuese, lo dejaba sin aire. “Es una cosa muy triste porque te encuentras muy aislado del día a día y se sufre mucho. Estás en tu cuarto, sin poder salir a la calle porque todo te afecta mucho, como el tabaco, el humo de los coches, la contaminación… Es no tener vida”, cuenta Alfonso, que los últimos nueve meses los pasó postrado en su cama. “Ya no hay salida, pensaba”. Describe aquellos años como “un infierno”, y no solo para él, sino también para su esposa y sus dos hijos. “Mi mujer no tenía vida”, lamenta. “Yo creía ya que me iba”, añade.

El trasplante: la última esperanza

Fue entonces, en la última fase de la enfermedad, cuando se planteó la posibilidad del trasplante. Su médico, José Luis Velasco, le explicó que era posible y lo derivaron a Córdoba para que le realizaran las pruebas pertinentes. En junio de 2024 entró en la lista de espera y, siete meses después, recibió la llamada que tanto esperaban: tenían unos pulmones para él. 

Alfonso reconoce que los meses de espera se le hicieron eternos. “Fue lo más horrible que yo he podido pasar. No me llamaban y ya tenía la esperanza perdida”, remarca. Por eso, cuando finalmente llegó la buena noticia, la familia entera fue incapaz de contener las lágrimas. “Fuimos llorando todo el camino de Málaga a Córdoba”, comparte. 

Volver a nacer

Volver a caminar y a respirar sin necesidad de la máquina de oxígeno le parecía inimaginable. “Para mí era imposible”, insiste el malagueño, que asegura que ha cambiado por completo su vida. Aun así, no olvida lo difíciles que fueron las dos semanas posteriores al trasplante. “Fue muy duro, pero merece la pena”, subraya. Poco a poco, la rehabilitación fue haciendo su efecto y sus pulmones terminaron de acoplarse a su cuerpo. 

“Fue muy duro, pero merece la pena”

Destaca también el gran esfuerzo y disciplina que ha requerido el proceso de recuperación. “En verano me levantaba a las cinco de la mañana para irme a andar y poder recuperarme porque no me podía dar el sol, no podía tener contacto con nadie, ni que hubiera polvo, ni humo, ni nada”, señala el malagueño, que hace hincapié en la importancia de la rehabilitación y del ejercicio físico. 

Día Mundial de la EPOC

Hoy, diez meses después, lleva siempre mascarilla y todavía no se atreve a acudir a sitios con mucha gente, por lo que evita cualquier tipo de aglomeración en restaurantes, supermercados o, incluso, la playa. A pesar de ello, se mantiene optimista y confía en las previsiones de sus médicos que le aseguran que va mejorando y que “podré volver a hacer mi vida casi normal, como la hacía antes”. En cuanto al personal médico y sanitario, no tiene más que palabras de agradecimiento y de gratitud infinita, por su implicación y humanidad con la que le han tratado siempre, tanto en Málaga como en Córdoba.

De cara al Día Mundial de la EPOC, que se celebra cada 19 de noviembre, quiere mandar un mensaje claro: “Si les ofrecen el trasplante, que no lo duden. Aunque los primeros meses son duros, merece la pena”, concluye con rotundidad.

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