Memorias de Málaga
De langostas y un portaaviones hundido en Málaga
Las personas ligadas a la mar parecen tener un ‘radar’ en la cabeza. Aquí van tres ejemplos de sendos hombres, capaces de localizar en Málaga un criadero de langostas, un portaaviones británico hundido y, en Almería, una famosa bomba

Sacando el copo en Los Boliches, el año pasado. / Alex Zea
Una curiosa y desconocida historia o poco conocida por el tiempo transcurrido abre el capítulo de hoy. Voy a relatar historias o hechos en los que los hombres de la mar despliegan unos conocimientos o virtudes que solo ellos son capaces de fijar, es como si tuvieran un ‘radar’ en sus cabezas. Tienen un poder desconocido, por ejemplo, para fijar o localizar un lugar en la mar, sin la ayuda de referencia alguna. En medio de la mar son capaces de señalar el lugar exacto donde ha caído un objeto, donde está un banco de peces o una colonia de crustáceos, en este caso, criadero natural de langostas.
Esta historia es la que abre mi trabajo de hoy, que tiene más enjundia cuando finalice el primer caso.
Langostas
Han pasado muchos años. Cincuenta o sesenta. Tal vez exista en la zona de referencia -un lugar de la Costa del Sol, comprendido entre las playas de Mijas y Estepona- alguna persona que pudiera refrendar lo que cuento.
En uno de esos años, un pescador de la zona, en una embarcación a remos de su propiedad, se hacía a la mar si las aguas estaban tranquilas. Solo, sin la ayuda de nadie, remaba hasta un punto determinado. Cómo podía localizarlo sin brújula era un misterio, un secreto que tenía grabado en su mente.
El tiempo empleado desde la orilla hasta el lugar que solo conocía él, lo desconozco; lo mismo una hora o dos. No lo supe nunca. Pero sí el secreto que ocultaba ese lugar, un criadero natural de langostas.
Nuestro hombre, con la ayuda de una de las artes de pesca – una nasa –capturaba un par de ejemplares que ocultaba bien para que, en el retorno al punto de salida, ningún curioso descubriera la mercancía. Como hombre avispado, las langostas las tenía ‘vendidas’ de antemano. Hoteles de lujo y restaurantes de muchos tenedores eran sus clientes que pagaban el alto precio del crustáceo.
No puedo informar qué tiempo funcionó la operación que permitía al pescador de esta historia vivir con cierto desahogo… y si existe todavía el criadero. La única pista es: un fondo rocoso no profundo en un lugar de la Costa del Sol. A lo peor, existe el lugar, pero ya sin langostas.
Paco, el de la Bomba
La segunda historia tiene más enjundia y se remonta a 1966, cuando un avión bombardero B52G de Estados Unidos chocó con un avión cisterna KC135 en aguas de Almería cuando iba a repostar en vuelo. ¡Menuda pericia la de los pilotos!. El avión llevaba nada más ni nada menos que cuatro bombas atómicas, no sé si iguales o más potentes que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.

El entonces ministro de Informacion y Turismo Manuel Fraga bañandose en la playa de Palomares próxima al lugar del accidente de dos aviones ocurrido en 1966 / Europa Press - Archivo
Tres bombas, que no llegaron a estallar para suerte de los habitantes de varias provincias españolas, entre ellas Málaga, cayeron en tierra, aunque dejando zonas contaminadas que creo siguen siendo objeto de inspección; la cuarta bomba, igualita a sus tres ‘hermanas’, cayó al mar, con peligro de contaminar la zona.
Los expertos técnicos norteamericanos, con todos sus instrumentos, medios técnicos, sondas… fueron incapaces de localizar la mortal bomba en aguas de Almería. Y fue un pescador, al que desde entonces se le conoce por Paco el de la Bomba (no sé si vive aún), el que dijo que sabía dónde estaba la bomba, y señaló el lugar exacto. ¿Cómo? Pues lo que escribí en líneas precedentes: que la gente de la mar tiene un ‘radar’ que les permite fijar en su mente lo que en ella pasa.
La historia de las bombas está recogida en cientos de reportajes, entrevistas y fotografías, en especial la que el ministro Manuel Fraga Iribarne y el embajador de Estados Unidos en España, Angier Biddle Duke -el embajador, a disgusto- se hicieron bañándose en aguas de las playas de Almería para demostrar que no había peligro alguno. A este respecto me acuerdo de la intervención de una súbdita americana que, horrorizada, exclamó «¡Están locos, están locos!, ¡Van a morir!».
La señora se equivocó. El fundador de Alianza Popular, y bañista en Palomares, murió a la edad de 89 años, en 2012; el embajador Duke falleció a los 79 años de edad, en 1995.

El portaaviones británico ‘Ark Royal’, en 1941, a punto de hundirse en aguas de Málaga. / L. O.
Yo sé dónde está el ‘Ark Royal’
He dejado para el final la situación o emplazamiento del pecio del ‘Ark Royal’, portaaviones de la Marina inglesa hundido en aguas de Málaga el día 14 de noviembre de 1941 tras impactar en él uno de los cuatro torpedos lanzados a las 16,37 horas del día anterior por uno de los dos submarinos alemanes que se acercaron a nuestras costas. El que lanzó los cuatro torpedos, de los que impactó solo uno, fue el U-81, al mando de los tenientes Roschk y Guggenberger.
El ‘Ark Royal’ desplazaba 22.600 toneladas, su botadura se produjo en 1937, medía 240 metros de eslora, 28,9 de manga, calado de 8,5 metros y portaba 60 aviones de los 70 que era su capacidad máxima. El barco tardó en hundirse, tiempo suficiente para que la tripulación pudiera abandonarlo. Parece que solo hubo una víctima mortal. Los supervivientes fueron rescatados por dos destructores procedentes de Gibraltar.
La llamada «nave venturosa» se hundió en aguas malagueñas (Manilva o Casares) y ahí sigue, aunque por las corrientes, oleajes y tormentas es posible que se haya desplazado varios metros.
En 2002, la BBC descubrió el lugar exacto, a 56 kilómetros de Gibraltar. (Parte de lo que acabo de contar se publicó el 10 de diciembre de 2012 en estas mismas páginas La Opinión. Fue una de mis primeras colaboraciones).
Si he repetido parte de la detallada historia es porque el famoso portaaviones británico sigue bajo el mar, y los proyectos de recuperación se abandonaron sin una explicación. En 1970, don Ramón Castrillón Suárez, un industrial que residía en Madrid, solicitó permiso para recuperar el barco hundido. La finalidad de la operación era rescatar el pecio para aprovechar el hierro, la chatarra.
Coincidiendo con el proyecto del señor Castrillón, José Gallardo Gutiérrez, natural de Barcelona, trabajaba en el puerto de la ciudad como buzo. En 1949 entró al servicio de la firma MH Blands & Co. Ltd. en Gibraltar. En noviembre de 1969 fundó la Compañía Salvamento, Desguaces y Construcciones, y, para resumir, conocía la historia del hundimiento en aguas de Málaga del ‘Ark Royal’. Como hombre de mar localizó el lugar exacto donde estaba el barco.
Hubo encuentros, y creo recordar que también acuerdos, porque los conocimientos de Gallardo Gutiérrez sobre el lugar en el que se hallaba el acorazado eran clave para iniciar los trabajos de recuperación. En 1970 se calculaba que el valor de la chatarra ascendía a 300 millones de pesetas.
Razones diversas, como dificultades para la extracción de la chatarra, intervención del Almirantazgo británico para la recuperación de los documentos secretos que se conservarían en las cámaras de seguridad, el coste de los trabajos a llevar a cabo por buzos expertos… y otras que no se divulgaron, acabaron el gran proyecto.

Ramón Castrillón indica a Guillermo Jiménez Smerdou el área donde se hundió el ‘Ark Royal’. / Archivo de Jiménez Smerdou
Si he recopilado estos datos de lo que publiqué en 2012 es porque José Gallardo Gutiérrez era uno de esos hombres de la mar capaces de localizar un lugar gracias a su supuesto ‘radar’, y descubren lo que medios más sofisticados son incapaces de descubrir.
Los de la langosta, la bomba de Almería y el del ‘Ark Royal’ son tres ejemplos. Las entrevistas que mantuve con Gallardo Gutiérrez (tenía siete hijos) a bordo de su embarcación en el puerto son de las que no se olvidan. Llegó a extraer más de veinte barcos, uno de ellos, en Monrovia, capital de Liberia. Su sueño del ‘Ark Royal’ no llegó a cumplirlo.
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