Memorias de Málaga
El funcionario que descubrió que en Málaga no hacía frío
Esta es la historia real de un funcionario madrileño que fue destinado a Málaga, y que finalmente decidió no marcharse a su ciudad natal, sino permanecer en Málaga cuando comprobó sus temperaturas.

Terrazas en Pedregalejo, en diciembre, en una foto de archivo / ARCINIEGA
Esta historia tiene nombre y apellido, y como dice el enunciado, su profesión era la de funcionario. Me la contó él mismo hace muchos años, tantos que tal vez haya fallecido. La última vez le saludé en el paseo marítimo y, acompañado de su mujer, gozaba del clima de Málaga, la ciudad a la que vino al ser destinado tras ganar unas oposiciones a no recuerdo qué servicio de la Administración. Ojalá viva, no para ratificar su historia, sino para que pueda estar paseándose y quizá frecuentando el Real Club Mediterráneo, lugar en el que lo conocí y traté.
En una de las actividades organizadas en el club conocí al personaje al que endilgo el titular de la colaboración de este lunes: ‘El funcionario que descubrió que en Málaga no hacía frío’.
Oposiciones
Como para miles de españoles, ser funcionario del Estado era la meta de mi conocido. Me contó que, como para la mayoría de los funcionarios, su ilusión era conseguir plaza en Madrid, de donde era natural, había vivido y estudiado… y aprobado las oposiciones. Pero Madrid era para los más sabihondos o ‘enchufados’, los que tenían amigos o familiares con influencias en los ministerios.
Tuvo que conformarse con una plaza en Málaga, ciudad de la que solo conocía su existencia y poco más. Arribó a Málaga un mes de marzo o abril. Se alojó en una pensión. No conocía a nadie. Los compañeros de oficina fueron sus primeros conocidos, algunos malagueños y otros, como él, procedentes de otras provincias y que llevaban algunos años residiendo en Málaga.
Unos más y otros menos se estaban habituando lentamente a la forma de vivir en una ciudad andaluza muy alejada en costumbres de las provincias del interior. La forma de hablar, el uso de palabras locales, las bromas… tenían que ir asimilándolas para integrarse en una sociedad nueva. Un burgalés o un gallego no se encontraban a gusto hasta no pasado algún tiempo.
El frío
Como he adelantado en párrafos precedentes, un día me contó por qué se quedó a vivir en Málaga renunciando al sueño de retornar a Madrid, donde vivían su familia y muchos de sus amigos de la niñez y estudios.
Sus palabras no son exactamente las que recojo a continuación, pero sí su contenido: «Me sentía bien en Málaga porque las personas que iba conociendo por razones de mi trabajo y con las que tuve contacto fuera del trabajo habitual, me reconciliaron con el destino asignado por mi condición de funcionario».
«Terminó el verano y, a primeros de septiembre, preparé la ropa de invierno para hacer frente al otoño e invierno. Pasaron los días y el tiempo no cambiaba, incluso observé que mucha gente seguía yendo a la playa, vestía de verano…
Llegó octubre y descubrí que el tiempo seguía casi igual. No hacía frío, incluso había gente iba a la playa como en verano. A mediados de noviembre me dije: «aquí no hace frío. Me quedo en Málaga». Cuando me lo contó llevaba más de treinta años en Málaga y solo iba a Madrid de visita de tarde en tarde y cada vez más tarde.
Como queda recogido en un párrafo anterior, se casó en Málaga y dividía su vida entre el trabajo como funcionario y su permanencia en el Real Club Mediterráneo; al jubilarse empezó a pasar más horas en la entidad deportiva a la que se afilió al poco tiempo de arraigarse en la ciudad a la que le destinaron al aprobar las oposiciones, y de la que nunca se marchó.

Vista aérea del barrio de La Malagueta. / L.O.
Ahora, más calor
Un malagueño que sabe de Málaga más que nadie que yo conozca, en unas de sus visitas a mi casa para charlar (él es más joven que yo pero me supera por goleada en conocimiento e historias de nuestra ciudad) me descubrió algo que yo ignoraba: en la calle Larios, hoy, hace más calor que antes que se levantaran los edificios de La Malagueta.
Las edificaciones sin alineaciones no están ajustadas a un criterio correcto e impiden que las brisas marinas que refrescaban el Centro de Málaga lleguen. Además, el desorden y altura de los edificios producen vientos incontrolables. Todas las construcciones del antaño barrio de pescadores son algo así como un muro que no deja pasar el frescor de las aguas del mar.
Por otro lado, pero en la misma línea, la sede del Centro que informaba de la temperatura de Málaga pasó de estar en la zona de Miramar-El Morlaco, frente al mar, a la zona de El Cónsul. El termómetro no marca igual en un distrito que en el otro. El Cónsul, por su situación, tal vez no sea el sitio ideal para una correcta información del clima de Málaga.
En mi etapa de redactor de Radio Nacional, la información meteorológica tenía dos líneas. La más fiable era la que nos facilitaba el aeropuerto… que no es la misma de la capital por su situación. En su día el director o el jefe de los Servicios Informativos decidieron utilizar dos medios, el oficial (el aeropuerto) y el de andar por casa, o sea, «la temperatura en el aeropuerto es estos momentos es …, y en el exterior de nuestra emisora …».
La temperatura que dábamos era la que marcaba el termómetro que teníamos en el exterior de las ventanas. Casi siempre había diferencias. Hoy todo está en manos de la Agencia Estatal de Meteorología… y los hombres y mujeres del tiempo.

El primer hombre del tiempo, Mariano Medina / L.O.
El primer hombre del tiempo
No hay que ser octogenario para acordarse de Mariano Medina, el ‘primer hombre del tiempo’ de España. Televisión Española lo contrató para tal fin en 1956, y durante veintiocho años informó del tiempo con los escasos medios de entonces. Todavía no había satélites artificiales como ahora que informan al segundo de lo que va a suceder dentro de una semana. Entonces no se pronosticaban ni danas, ni granizadas, ni riadas, ni inundaciones…
El segundo ‘hombre del tiempo’ fue Eugenio Martín Rubio, el ‘del bigote’, que un día pronosticó que llovería al día siguiente, y si no llovía, se lo afeitaría. Como no llovió, al día siguiente apareció en televisión sin bigote.
Mariano Medina, meteorólogo de profesión, era muy amable y muy correcto, y tuve la oportunidad de entrevistarlo en Torremolinos. Hijo de guardia civil asistió a un acto en el centro que la Benemérita tenía en la entonces barriada de Málaga.
No rehuyó ninguna pregunta y me contó la historia de una capital de provincia española en la que se había instalado una industria de productos contaminantes, ruidos y humos sin consultar a un meteorólogo.
Si lo hubieran hecho, los humos y malos olores se hubieran evitado. Los vientos reinantes en la ciudad aconsejaban un emplazamiento distinto, o sea, en lugar de aquí, allí en frente, sonrió.
El tiempo no ha borrado su imagen… y en la ciudad que mencionó, no sé si siguen sufriendo las molestias de la equivocada ubicación de la factoría contaminante o si desapareció.
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