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Entrevista | José Antonio Satué Obispo de la diócesis de Málaga

"La expectativa del cambio de obispo puede servir para relanzar la diócesis"

El nuevo prelado malagueño valora la formación continua de laicos y sacerdotes, y busca sinergias entre hermandades, parroquias y movimientos para fortalecer la labor diocesana

José Antonio Satué es obispo de Málaga desde el 13 de septiembre de 2025.

José Antonio Satué es obispo de Málaga desde el 13 de septiembre de 2025. / Álex Zea

Ignacio A. Castillo

Ignacio A. Castillo

Málaga

Cercano, claro, con voluntad de diálogo... el nuevo obispo de Málaga, José Antonio Satué, cumple algo más de cien días al frente de la diócesis de Málaga desde que tomó posesión de su cargo el pasado 13 de septiembre durante una Eucaristía en la Catedral. En este tiempo, ha recorrido parroquias, escuchado a fieles y agentes pastorales, incluso ha visitado a las familias de Estación de Cártama afectadas por las recientes inundaciones y ha comenzado a trazar las líneas de cómo será su episcopado. En esta entrevista reflexiona sobre los retos de la Iglesia en una sociedad secularizada, la importancia de la escucha, la relación con los jóvenes, las cofradías, la inmigración y la defensa de toda vida humana en cualquiera de sus estadios. No le gusta la autocomplacencia y se muestra preocupado también por la proyección de la Iglesia al exterior. Por el mensaje que los católicos transmiten y por la coherencia entre lo que creen y hacen. Dice que ha encontrado una diócesis muy viva y con perspectivas esperanzadoras.

Se han cumplido sus primeros 100 días como obispo de Málaga. ¿Qué imagen de la diócesis se ha formado en este tiempo?

La Iglesia en Málaga está viva, con una historia muy rica, que cuenta con un laicado y un clero muy implicado y formado y eso nos da unas perspectivas de futuro esperanzadoras. Es verdad que vivimos un momento difícil, no solo para la Iglesia, sino para todo el mundo, y siempre habrá dificultades. Pero, con esas características que he comentado, confío en que podamos sacar adelante esos retos y convertir esas perspectivas en realidad. Como en cualquier sitio, también hay problemas concretos que hay que afrontar, y en estos primeros días estoy procurando verlos con calma, salir al paso de lo que vaya apareciendo y, sobre todo, ir clarificando situaciones que surgen en la vida de cualquier organismo.

¿Qué le ha sorprendido más —para bien o para mal— desde que llegó?

Me he encontrado con un conjunto de laicos y sacerdotes bien formados y, además, con ganas de trabajar. Ha sido lo mejor. Percibo una expectativa clara: que el cambio de obispo pueda servir para relanzar la diócesis. Ahora bien, lo repito: no podemos fiarlo todo al obispo. Pero si el cambio, se llame como se llame —quien sale y quien entra—, sirve para que todos nos pongamos las pilas (laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas), entonces puede ser un momento interesante y una oportunidad.

¿En este tiempo ha podido ya plantear cuáles son las prioridades de la diócesis, o, al menos, esbozarlas?

Las prioridades, en esencia, son las de siempre. La primera es facilitar el encuentro y la relación profunda con Dios, tanto de quienes ya están dentro de la Iglesia como de quienes pueden acercarse. La segunda es crear sinergias, es decir, comunión entre todos los que formamos la Iglesia. A veces convivimos muchas realidades —hermandades, parroquias, movimientos, colegios…— y de lo que se trata es de unir fuerzas para llevar adelante mejor nuestra misión. Y la tercera es precisamente la misión: la relación de la Iglesia con el mundo. Eso incluye el diálogo con quienes no creen, con quienes profesan otra fe o credo, y también la atención a las personas más necesitadas, ya que forma parte de nuestro ADN.

Visita a la redacción de La Opinión de Málaga y entrevista al obispo de Málaga, José Antonio Sauté.

Satué ha iniciado un periodo de escucha activa para fijar las prioridades de su episcopado. / Álex Zea

Utilizó la palabra "escucha" para resumir esta primerísima parte de su episcopado. ¿Por qué?

Porque las realidades no son estáticas y menos las humanas y tenemos que estar muy pegados a ellas. Y eso exige un proceso constante de acercamiento a la realidad. Vivimos en un mundo muy ideologizado, donde a veces parece más importante la idea que lo real. Yo estoy convencido de que la realidad es más importante que la idea. Por eso, acercarse a la realidad es una garantía para poder realizar tu misión en las mejores condiciones. Cuando perdemos el contacto con lo real, no solo se resiente la vida de la Iglesia, sino también su capacidad de llevar adelante su misión.

¿Cómo se va a reflejar su estilo personal y liderazgo pastoral en su gobierno de la diócesis?

Soy una persona con muchas limitaciones. Pero tengo convicciones claras y, a pesar de esas limitaciones, procuro llevarlas adelante. Las tres actitudes que señalé en la misa con la que comencé mi ministerio son para mí una brújula personal y, además, creo que iluminan la vida de la Iglesia. La primera es la humildad: situarnos con humildad ante quien tenemos delante. La segunda es la coherencia, que en nuestro caso no significa ser perfectos, sino intentar que lo que predicamos esté en línea con lo que queremos vivir. Y la tercera es la misión: no ser una Iglesia autorreferencial, sino una Iglesia que sirva. Que sirva, por supuesto, a quienes están dentro, pero también a quienes están alrededor; que esté al lado de la gente más pobre y que aporte a la sociedad en su conjunto.

Llega a Málaga tras una etapa larga de su predecesor. ¿Qué quiere mantener y qué cree que debe cambiar?

La apuesta de don Jesús —lo he dicho ya un par de veces, pero merece la pena repetirlo— ha sido muy importante, especialmente en un aspecto: la formación. La formación de los sacerdotes y también la formación de los laicos. Pocas diócesis tienen cada año un flujo tan constante de laicos que terminan estudios de Teología, lo que antes se llamaba el bachiller y ahora sería el grado. Y en ese sentido creo que tenemos que continuar por ese camino. Además, don Jesús hizo un esfuerzo relevante por dotar a las hermandades de criterios que orienten su funcionamiento interno, les ayuden a cumplir su misión y faciliten su relación con las parroquias y con el Obispado. Me parece que el trabajo realizado ahí ha sido muy bueno. A partir de ahora, cambiarán cosas, como es lógico. Lo fundamental seguirá siendo lo mismo, pero él tiene una historia y una sensibilidad, y yo tengo otra. Y para cumplir bien la misión, una de las cosas más importantes es ser uno mismo. Yo no me voy a empeñar en ser otro, sino en intentar dar lo mejor de mí.

¿Cómo definiría su manera de ejercer el episcopado: más cercana, más discreta, más institucional?

No puedo hablar con conocimiento directo de la trayectoria de don Jesús en Málaga, porque no la conozco de primera mano como la conocéis vosotros. Puedo decir que yo intento ser fiel a lo que creo, y estoy convencido de que él también lo intentaba a su manera. En cualquier caso, la cercanía es vital en cualquier pastor: sea un obispo, un sacerdote o un laico con responsabilidad pastoral.

Me interesa escuchar voces de fuera, que nos ayuden a ver cómo lo estamos haciendo y cómo podríamos hacerlo mejor

Hablábamos de la escucha... ¿qué papel le concede dentro de su forma de gobernar la diócesis, más allá de que sirva para hacerse una idea de su nuevo destino?

La escucha es clave como forma de gobernar, y debe ser permanente. Yo entiendo la escucha en varios niveles. El primero es la escucha del equipo de colaboradores más cercano. El segundo es la escucha de la diócesis: de la Iglesia que camina. En ese sentido ya hemos hecho un proceso de escucha en el que han respondido 191 personas a un cuestionario que envié. Y ahora queremos trabajar la acogida del documento final del Sínodo para que nos sirva de base en la elaboración del próximo plan pastoral. Y el tercer nivel, que me parece muy importante, es la escucha de quienes no forman parte de la Iglesia. A veces son escuchas espontáneas, porque surgen, pero yo también las busco. Procuro huir de discursos endogámicos que se resumen en ‘qué bien lo hacemos todo’ y ‘qué mal nos entienden’. Me interesa escuchar voces de fuera, que nos ayuden a ver cómo lo estamos haciendo y cómo podríamos hacerlo mejor. Y, por supuesto, todo eso se integra en una escucha más global: la escucha del Espíritu: qué quiere Dios en este momento para la Iglesia universal y para esta Iglesia de Málaga. Pero para escuchar a Dios, también hay que escuchar a quien tienes cerca.

Visita a la redacción de La Opinión de Málaga y entrevista al obispo de Málaga, José Antonio Sauté.

El obispo Satué visitó la sede de La Opinión de Málaga. / Álex Zea

Iglesia y sociedad malagueña

Málaga es una diócesis diversa, con grandes contrastes sociales y económicos. ¿Dónde cree que la Iglesia debe estar más presente hoy?

La misión de la Iglesia es universal: está dirigida a todos, sin excluir a nadie, como recuerda el Evangelio. Aunque pueda parecer ambicioso. Ahora bien, es verdad que los preferidos son quienes más sufren. Y ese sufrimiento no es solo pobreza material: hay muchas pobrezas distintas, muchas formas de necesidad y de fragilidad. Y, al mismo tiempo, creo que hoy existe un conjunto de personas que están buscando a Dios de un modo particular. Han buscado plenitud y felicidad en muchos lugares y solo han encontrado experiencias fragmentarias, a veces decepcionantes. Y ahora hay mucha gente que mira a Dios y lo busca, también dentro de la Iglesia católica. Ahí tenemos un reto muy importante.

¿Cómo debe posicionarse la Iglesia ante cuestiones sociales sensibles como la inmigración, la pobreza o la vivienda?

Desde el punto de vista social, uno de los problemas principales es la precariedad que hoy afecta a perfiles muy distintos. No solo a quienes vienen de fuera ‘con una mano delante y otra detrás’ y con mucha esperanza, sino también a gente que tiene trabajo y, aun así, no llega a fin de mes. Personas que, después de pagar el alquiler, se quedan con muy poco dinero en el bolsillo. Es verdad que es un problema que la Iglesia no puede solucionar por sí sola, pero sí puede aportar su granito de arena. Y en ese sentido, estoy contento con lo que se está haciendo: por un lado, la labor de denuncia, que me parece importante cuando se cometen injusticias; por otro, la ayuda a personas concretas que viven en sus propias casas y a las que se apoya económicamente; y, además, las casas que tiene la diócesis para ‘los últimos de los últimos’, que cumplen una función social imprescindible.

¿Le preocupa la creciente secularización, especialmente entre los jóvenes? ¿O piensa que la religión vuelva a estar de moda gracias a algunos referentes de la música o el cine?

En este proceso de secularización, que no ha terminado, tenemos que ser realistas y estar muy pegados a la realidad. A veces suceden acontecimientos significativos que parecen signos que alientan la esperanza, pero no pueden hacernos perder de vista el conjunto. Y una realidad evidente es el alejamiento de los jóvenes de la Iglesia. Esa situación exige presencia, tiempo y acompañamiento, por parte de sacerdotes, catequistas y de quienes trabajan con ellos. Y también creatividad pastoral y comunicativa. Por eso, la pastoral juvenil debe ser prioritaria. Quienes tenemos cierta edad lo hemos comprobado: hablamos el mismo idioma que un chico de 15 o 16 años, pero no siempre queremos decir lo mismo con las mismas palabras; el universo conceptual es muy distinto. Y lo digo con esperanza, porque siempre hay brotes. Algunos son más visibles y otros más pequeños, pero igual de valiosos, que muestran sensibilidad social y deseo de autenticidadPara mí es un signo muy fuerte que una chica, sin conocerme, se me acerque y me diga: ‘En Málaga hay muchas luces, pero no se deslumbre; acérquese a los barrios y a la realidad de la gente más pobre’. Eso también es esperanza. Pero, al mismo tiempo, tenemos que reconocer que la dificultad con los jóvenes es real.

En una sociedad tan polarizada, ¿qué papel puede jugar la Iglesia como espacio de encuentro?

Gracias a Dios, las parroquias son un espacio de encuentro: se reúnen personas distintas, con sensibilidades políticas diferentes, de diversas procedencias sociales y de distintas edades. Y creo que las hermandades también están cumpliendo una función muy bonita en ese sentido, porque en ellas te encuentras a gente de todo tipo, incluso a personas que viven o sufren situaciones muy particulares, y hasta a quienes se declaran agnósticos. Eso es algo valioso, siempre que quienes asumen el gobierno de las hermandades sepan mantener la esencia cristiana de la cofradía.

El fenómeno de la religiosidad popular en la diócesis

En varias partes de la entrevista ha hablado ya, con gran naturalidad, de las cofradías sin que aún le haya preguntado. ¿Qué valor concede a la religiosidad popular? ¿Está tan presente en la diócesis?

Sí que está muy presente. El primer día que estuve en Málaga, en el mes de julio, bajé a pie a pie desde la Casa Diocesana hasta la Catedral y me saludaron cuatro o cinco personas: más o menos la mitad venían del mundo de las cofradías y la otra mitad de las parroquias. Y eso refleja una realidad, no solo desde el punto de vista social —porque aglutinan a personas de procedencias y sensibilidades muy distintas—, sino también porque cumplen una función importante como plataforma de acercamiento a lo religioso, especialmente para muchos jóvenes. Por eso creo que es clave buscar sinergias entre hermandades y cofradías, los colegios, la pastoral juvenil y las parroquias. Hay cosas que las cofradías, por su carácter popular, pueden ofrecer de una manera muy particular; y otras experiencias de fe y de formación que se encuentran en otras realidades de la Iglesia, como la pastoral parroquial, la pastoral juvenil o la Escuela de Teología. Son ámbitos distintos, pero llamados a converger.

Los cofrades van a encontrar un obispo que les va a hablar con claridad: tanto para felicitar cuando corresponda como para decir una palabra más crítica si creo que es necesaria

¿Qué obispo cree que encontrarán los cofrades de Málaga en usted?

No sé. Me van a encontrar a mí. Me resulta un poco difícil definirme a mí mismo, pero creo que se van a encontrar con un obispo que va a tratar de acompañar. Estaré, al menos, en las celebraciones más importantes. También se van a encontrar con un obispo que va a hablar con claridad: tanto para felicitar cuando corresponda como para decir una palabra más crítica si creo que es necesaria. Y, sobre todo, quiero contar con su experiencia y su criterio, y ayudar —en la medida de lo posible— a que se integren aún más en la vida de la diócesis. No digo que no estén integradas: digo integrarse aún más.

¿Cree que las cofradías son, a veces y en exceso, fuente de continuos conflictos?

Que hay conflictos en las cofradías es algo que nadie puede negar. En ese ámbito sí me gustaría que, además de los cauces ya establecidos por el Obispado para resolverlos, intentemos buscar otros. Quiero decir: lo habitual debería ser que los problemas se resolvieran de manera fraterna, y lo extraordinario tendría que ser que una intervención externa como juez, porque entonces quedan heridas que luego tardan mucho tiempo en curarse. Por eso creo que debemos arbitrar modos para que los conflictos en las cofradías se puedan resolver como hermanos, sin tener que llegar a un proceso canónico. Ahora bien, también es cierto que donde hay vida hay conflictos: si no hay vida, no hay conflictos. Soy consciente de que no es fácil —se lo he dicho ya a algunos hermanos mayores—, pero precisamente por eso tenemos que intentarlo: afrontar los problemas como lo que somos, como cofrades, como hermanos.

Retos internos de la diócesis

Hablemos ahora de los retos internos de la diócesis. La falta de vocaciones es uno de los grandes desafíos de la Iglesia. ¿Cómo lo está afrontando en Málaga?

Es imprescindible promover una cultura vocacional en todo el Pueblo de Dios: vivir la existencia no como mera supervivencia, sino como llamada y misión. Y cuando alguien se levanta por la mañana y sale de casa sabiendo que tiene una misión por delante, la vida cambia: cambia la manera de mirar el futuro y de afrontarlo. Y, además, se transmite: si los adultos la viven con autenticidad, facilita que los jóvenes también descubran su propio camino. En ese sentido distingo tres líneas: impulsar una cultura vocacional; fortalecer los procesos de fe en la juventud; y acompañar de forma concreta a quienes ya muestran una vocación incipiente, para ayudarles a discernir qué quiere Dios de su vida y cómo responder.

Creo que todavía falta sensibilidad para que las mujeres, estando tan presentes en la vida real de la Iglesia, lo estén también más en los órganos de decisión y en ámbitos de responsabilidad y participación —también en las celebraciones—

¿Cree que hay que repensar el papel de los laicos, especialmente de las mujeres, en la vida diocesana?

Desde el punto de vista teórico, estos temas están superados. Ahora bien, desde el punto de vista práctico, todavía tenemos que dar muchos pasos. Los laicos, en general, pueden asumir muchas más tareas, algo que el propio Derecho Canónico no solo permite, sino que fomenta. Y, en el caso de las mujeres, aún más: creo que todavía falta sensibilidad para que, estando tan presentes en la vida real de la Iglesia, lo estén también más en los órganos de decisión y en ámbitos de responsabilidad y participación —también en las celebraciones—. En definitiva, hay que llevar a la práctica algo que, en teoría, casi todos tenemos ya asumido

Visita a la redacción de La Opinión de Málaga y entrevista al obispo de Málaga, José Antonio Sauté.

“Defender la vida humana debe ser algo transversal”, dice monseñor Satué. / Álex Zea

¿Qué lugar ocupan la transparencia y la rendición de cuentas en su proyecto pastoral?

Para mí son importantes las dos cosas: la transparencia hacia dentro y hacia fuera. De puertas adentro, para que quienes tienen más responsabilidades dentro de la diócesis conozcan con detalle cómo estamos, por qué se toman unas decisiones y no otras, por qué se invierte aquí y no allí, y para que exista la oportunidad de decidir entre todos. Y me parece igual de importante la transparencia hacia fuera. Llevo algo más de cien días y aún no tengo una fotografía completamente clara, aunque cada vez la voy teniendo más definida. Pero mi intención es que podamos ofrecer la realidad de la Iglesia en su conjunto —también en lo económico— con la transparencia que se requiere.

Me gustaría que, en general, la Iglesia viva más hacia fuera que hacia dentro. Que cualquier persona que nos vea desde fuera pueda pensar: ‘No sé si existe Dios, pero a esta persona se le nota que Dios le ha tocado’

Aunque puede ser pronto para decirlo, ¿qué le gustaría que cambiara de forma más tangible durante su episcopado?

En esta etapa me gustaría que las distintas realidades de la diócesis trabajaran más en común. También me gustaría que la realidad de los inmigrantes —que en algunas parroquias ya es una parte muy importante y que lo será aún más en el futuro— se vea como lo que es: una realidad que nos enriquece. Y me gustaría también que, en general, la Iglesia viva más hacia fuera que hacia dentro. Que cualquier persona que nos vea desde fuera pueda pensar: ‘No sé si existe Dios, pero a esta persona se le nota que Dios le ha tocado’.

Iglesia, actualidad y debates sociales

¿Cómo debe posicionarse la Iglesia ante cuestiones sociales sensibles como la inmigración, la pobreza o la vivienda?

En el debate sobre inmigración conviene empezar por escuchar y conocer. Hay que empezar por algo muy sencillo: hablar con inmigrantes. Y yo invito a todas las personas que opinan sobre este tema —a veces con ligereza y otras con recelo— a que lo hagan. Siempre he defendido que los gobiernos tienen derecho a regular los flujos migratorios, y es necesario que lo hagan. Pero, al mismo tiempo, con las personas que conviven en nuestra escalera, que nos sirven un café, que vienen a trabajar a nuestra casa o que forman parte de nuestro día a día, nuestra actitud tiene que ser de acogida: compartir lo que tenemos y aprender también de ellos. Eso, para mí, es Evangelio y es doctrina social de la Iglesia.

¿Le chirría entonces el discurso de algunos políticos que se autodefinen católicos, que dicen defender la doctrina de la Iglesia en cuanto a la protección de la vida, por ejemplo, y, sin embargo, centran su programa en levantar muros a la inmigración?

Lo que veo es que, a lo largo de la historia, con mucha facilidad se ha pretendido domesticar a la Iglesia, y a veces nos hemos dejado domesticar. Por eso creo que tenemos que ser nosotros mismos y ser valientes. Esa valentía vale tanto para defender los derechos de las personas migrantes como para afirmar la dignidad de la vida humana en todas sus etapas, incluida la de los no nacidos. Pero con humildad y coherencia. La defensa de la vida debería ser transversal: jóvenes, mayores, enfermos, quienes viven en situación de pobreza o vulnerabilidad, quienes vienen de fuera y quienes están dentro. Sin contraponer unas vidas a otras. Y lo que pido —sobre todo a los católicos, pero también a todas las personas de buena voluntad— es una alianza a favor de toda la vida humana, porque cada persona es una riqueza. Y que lo planteemos no como un tema de confrontación política, porque cuando se instrumentaliza, siempre hay personas que acaban sufriendo.

Visita a la redacción de La Opinión de Málaga y entrevista al obispo de Málaga, José Antonio Sauté.

El obispo malagueño, durante un momento de la entrevista. / Álex Zea

¿Dónde sitúa el equilibrio entre fidelidad al mensaje cristiano y adaptación a los cambios sociales?

Es que no se trata de equilibrar, sino de ser muy fieles al Evangelio, que no cambia, y al mismo tiempo responder a los desafíos de cada momento. No es lo mismo afrontar la situación de unos inmigrantes que la del pueblo gitano, que la de los jóvenes o la de otros colectivos y situaciones concretas. Por eso, más que ‘adaptarnos’ —esa palabra no me gusta—, lo que debemos hacer es asumir los retos que se nos presentan: los de la sociedad en su conjunto y los de cada grupo en particular. Si solo se tratara de ‘adaptarse’, corremos el riesgo de perder la esencia. En cambio, asumir los desafíos desde el Evangelio nos permite mantener lo esencial y, a la vez, estar donde hay que estar.

El Sauté más personal

¿Qué le ayuda a desconectar y a cuidar su vida personal y espiritual?

Me ayuda mucho caminar, sobre todo por la montaña. También me ayuda rezar: no lo vivo como una obligación, sino como un momento de conexión con la fuente más honda de mi vida. Y me relaja ‘cacharrear’ con aparatos. La electrónica fue mi vocación durante un tiempo y sigo disfrutando de ese mundo. A veces también una buena película —me da igual el género, soy muy ecléctico—, y lo mismo con la música. Y, por supuesto, los encuentros con la gente: es una de mis fuentes de relajo más importantes.

¿Ha tenido tiempo de encontrar ya amigos en Málaga?

Es demasiado pronto, sobre todo para uno del norte. No voy a decir aquello de que para ser amigos hay que comerse juntos un saco de sal, pero sí que en este tiempo se están estableciendo muchas relaciones muy bonitas.

¿Qué le sigue ilusionando de su vocación después de tantos años de sacerdocio?

Intuir el paso de Dios por el corazón de las personas me parece un privilegio. Cuando alguien se abre y te cuenta con claridad sus aspiraciones, sus deseos y también sus heridas, te permite ver por dónde pasa Dios en su vida, ese paso salvador de Dios en su corazón. Y eso me parece maravilloso.

¿Qué legado le gustaría dejar cuando llegue el momento de marcharse?

Aunque suene pretensioso, me gustaría que dijeran que, aunque se equivocó, pasó haciendo el bien.

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