Memorias de Málaga
El cuento de el chavó de la cová, primera parte
Esta es la historia, repleta de vocabulario popular malagueño, de el chavó de la cová, con la ‘traducción’ al español corriente de cada palabra típica, algunas de ellas muy peritas (estupendas)

Una estampa de la semana de los corralones en La Trinidad y El Perchel. / Arciniega.
El chavó de la cová enguispaba (observaba con curiosidad) a la chiná (guapa) hija del chirobao (jorobado) que pese a estar mal hacío (mal hecho) era un cachondo mental (alegre) que no se cabreaba (enfadaba) cuando alguien le pasaba por la jiba el cupón de los ciegos (sorteo de la ONCE) o el papelín con el número de la rápida (rifa ilegal implantada en Málaga).
A la María (una de las muchas mujeres con el mismo nombre) le caía mal el chavó porque aparte de ser un saborío (desaborido) era un lengüetón (chivato, acusador), mala gente, en suma.
Una mañana, la chiná, como acostumbraba casi a diario, empezó a colgar en el tendedero la ropa recién lavada. Desde un lugar pintipirado (idóneo para no ser descubierto), el chavó planeaba trajinársela (enamorarla) y la esnuaba (mentalmente desnudar).
El padre del guayabo, que era más largo que un día sin pan, mordió (vio) al gachó y lo trincó, lo agarró por el pescuezo y le cantó las cuarenta: «Ahora mismito te largas de aquí, y si no, te endiño (te doy) una mitra (bofetada) que la van a sentir (oír) en La Pelusa» (barrio de Málaga lejano del escenario). El chavó abrió la boca para decir algo, pero el chirobao no le dio tiempo y le dijo: achanta la mui (cierra la boca) y jopo (largo de aquí). Y a tomar viento a La Farola (expresión malagueña con doble sentido).
El saborío, más corrío que una mona, se largó sin haber podido chillarle (piropearla) a la joven que le traía enchochao (enamorado) y que siguió en la faena de colgar los trapos sin caérsele ninguno al suelo que estaba enguachisnao (muy mojado).
En el corralón, entrando a derecha, se reunían a diario varios de los hombres que por la edad o dolencias no estaban en activo, o no tenían argaijo (trabajo). Fueraparte (aparte, separado) de lo caro que estaba todo y el cuchicheo habitual, cuando coincidían cuatro se ponían a jugar al chiquilindongui (parchís).
A los corraleros se agregaba algunas veces un señor que debía vivir en un lugar cercano y que era un auténtico maestro, al que apodaron El Párchis (con acento en la primera sílaba). Llevaba en el coco (memoria) donde estaban todas las fichas y se las comía a pares.
Los habituales eran El Longui (hacerse el distraído), El Guarni (guarnicionero) que tenía un tenducho en la calle Cabello y no se quitaba la boína (boina) ni para dormir, El Manúo (bruto) que era de un pueblo y se vino a vivir a la capital, y otros. El Manúo tenía otro apodo, el Culo, por lo que le sucedió un día a una de sus hijas, de diecisiete o dieciocho años, que regresó a la casa más tarde de lo habitual.
El padre – el Manúo – muy irritado le preguntó de dónde venía, que no eran horas de venir. Ella, inocentemente, le contestó que había estado viendo el crepúsculo con el novio, y sin pensarlo dos veces, le arreó (pegó) una gofetá (bofetada), a la par que le decía que era mu (muy) joven para ver esas cosas. «Que no te vea yo más con el hijopuchi (hijo de tal)». Las dos últimas sílabas del «crepúsculo» dieron lugar al segundo mote: el Culo.
El Longui se permitió el rentoy (mentira) de comentar que el Párchis tenía un ramalazo (afeminamiento), a cuyo rentoy saltó el Manúo negándolo. «Yo, a media legua, conozco a un parguela. El Párchis es un poco empaquetao (presumido). Quizá un venido a menos (empobrecido), pero buen un chavarrón».

Un cliente compra en el kiosco un juego de chiquilindongui de La Opinión en una foto de archivo. / ARCINIEGA
En verano, los chiquilindongueros se veían desplazados de su rincón porque los chaveas se bañaban encueritatis (desnudos) en los barreños que las vecinas usaban para sus faenas diarias.
La faena
Como se acercaba el tiempo de las uvas, almendras e higos, y había demanda de faeneras (mujeres especializadas en la preparación de las cajas de pasas, pan de higo y descascarillado de almendras), en el corralón de nuestro relato echaron los papeles (datos personales para ser contratadas en los almacenes de la calle Vendeja).
La chiná cumplió el requisito y a las pocas semanas toítas (todas) las faeneras se presentaron a la hora del inicio de las faenas. La Picada (apodo de una mujer que fue víctima de la viruela) era maestra en el arte de enjaretar (arreglar algo). El racimal (pasa malagueña) era colocado en las cajas entre los guarritos (papel de seda) que aislaban los catites (tipo de pasa). No precisaba de ayuda en las tareas de la cuarta (clasificación de las pasas) ni para seleccionar las pasas que los paseros entregaban en formaletes (cajas pequeñas).
La Picá no era mujer agraciada, pero tenía arate (maña y gracia), tanto es así que el que mandaba en la nave se la trajinó (la conquistó) y aquella mañana cuando la vieron llegar más puntual que el reloj del Puerto (del desaparecido edificio que fue demolido con disgusto del alcalde de Málaga Pedro Aparicio, quien corrió riesgo al acercarse demasiado al edificio que iba a ser dinamitado), aquella mañana, repito, las faeneras descubrieron que estaba embarcá (preñada de seis meses).
Fue la comidilla de las faeneras que el año anterior, el baranda (el jefe) la miraba agonioso (ansioso) y tenía detalles con la Picá, como traerle en mano un café La Maestra (cafetería cercana, en la calle Tomás Heredia, famosa por su buen café y las partidas de dominó en las mesas de mármol blanco).
El roneo
La concentración de mujeres en las naves de calle Vendeja daba lugar al roneo (acción de conquistar) de hombres de todas las edades y raleas. El Guarni, que tenía niña que según su parienta (esposa) parecía la hija de un marqués (el no va más de la belleza y modales), no la dejaba a solas ni para ir a la tienda (de comestibles).
Tanto así que todos los días se acercaba a la calle Vendeja a recogerla. Aquel día se retrasó un poco porque había un tirón (mucha distancia) desde la calle Cabello. Al llegar a su destino, descubrió que su niña estaba hablando con un joven, un señoritingo de los de pan con manteca (joven de familia pudiente).
Le dio el abenate (locura) y se fue para él, amenazándolo con el sacabocaos (utensilio propio de las guarnicerías) y le espetó: «Largo de aquí o te rompo la cara con el sacabocaos y te mando al Batatá» (Batatal, cementerio de San Rafael, que se construyó en lo que fue zona de cultivo de batatas. De ahí la denominación popular del cementerio).
Le contó a la parienta lo ocurrido. «El tío, además, olía a lukistrike» (fijador Lucky Strike).
Reapaece el gachó de la cova
Después de la trifulca con el chirobao a cuenta de su hija, el gachó de la cová no se acercó más por el corralón de los jugadores de chiquilindongui. Tuvo la potra (suerte) de ganar en la rápida ¡ochenta! leandras (pesetas), una porrá (cantidad) de machacante (dinero).
Decidió, como un ex futbolista del Malacitano (actual Málaga CF), de hacerse ditero (vendedor a crédito). Primero fue ir a El Águila (comercio ubicado en la esquina de las calles Méndez Núñez y la parte estrecha de la calle Granada, el primero en vender trajes a medida), y agenciarse (adquirir) un atavío de señor de la calle Larios.
El negocio del chavó era comprar en la ferretería El Timbre, cerca del Mercado de Atarazanas, cacharros de cocina (ollas, sartenes, cacillos, cazuelas…) y venderlos a plazos casi a diario. Los compraba a siete pesetas, por ejemplo, y los cobraba después a razón de una peseta diaria durante doce días. Así funcionaban los diteros de Málaga en los años de pobreza absoluta.
En su tendencia al mujerío, no perdía la ocasión de ronear con algunas de sus clientas. Solo intentaba trajinarse a las de dos duros y cinco o seis reales (un duro, son 20 años; dos duros, 40; y los cinco o seis reales, cinco o seis años) la edad justa para liarse un rato con la elegida.
Una de «dos duros y ocho reales» (48 años) no tragó (aceptó) el cachondeíto güeno (las zalamerías) del gachó, y agarró una sartén con aceite, por suerte que estaba frío, y le dio un sartenazo en la chorla (cabeza). El agredido puso pies en polvorosa y cogió las de sandiego y pitando (corriendo) se alejó de la casa de la interfecta en el Pasillo de Guimbarda para no acercarse más durante algún tiempo. Con su traje pringado de aceite de oliva (entonces no había distinciones de virgen, extra virgen ni nada parecido).
De sus andanzas, en este momento no tengo norte (lugar) de por donde andará.
En el corralón y mesa del chiquirindongui, las partidas seguían su marcha, aunque hubo un par de novedades, como la muerte del Manúo, la elección de la hija del Guarni como Reina de la Caseta de una peña del barrio en la Feria de Agosto, con aspiraciones de ser Miss Málaga, un patatús a una de los abuelitas que vivía sola sin que apareciera ni un sobrino ni miembro de su familia para atenderla, alguna discusión del uso de los barreños y tendederos… y el día que el cobrador del Ocaso (empresa de decesos) preguntó por una tal Pepa y una vecina, a gritos, la llamó;
- ¡Pepa!
Y la tal Pepa respondió:
- ¿Qué?
- ¡El Ocaso!
- ¿Quéeeee?
- ¡¡El Ocaso!!
- ¡No tas escucho bien! (no te oigo bien).
- ¡Coño, los «muertos»!
Al mentarle (citarle) «los muertos», saltó como una fiera corrupia:
- ¡Los tuyos, hija de la gran puta!
PD: Chavó de la Cová: Alguien indeterminado. Vocabulario Popular Malagueño. Juan Cepas.
Nota de La Opinión
Por expreso deseo de la familia de Guillermo Jiménez Smerdou, fallecido el pasado día 28, La Opinión de Málaga publicará las próximas ocho semanas sendas colaboraciones que dejó pendientes nuestro ejemplar e inolvidable compañero. Esta es la primera de ellas. Va por él.
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