Memorias de Málaga
El cuento del chavó de la cová, segunda parte
Nuestro personaje malaguita se reconvierte en ‘pimpi’, el guía turístico clásico de los guiris por Málaga, y termina de palmero en Japón, en un cuadro flamenco con Chiquito de la Calzá

Un grupo de turistas frente al patio de las Cadenas y el Sagrario, en una foto de archivo. / ARCINIEGA
Nota de redacción
Por expreso deseo de la familia de Guillermo Jiménez Smerdou, fallecido el pasado 28 de enero, La Opinión de Málaga publicará las próximas siete semanas sendas colaboraciones que dejó pendientes nuestro ejemplar e inolvidable compañero. Esta es la segunda de ellas. Va por él.
Primera parte del cuento del chavó de la cová | Más artículos de G. J. Smerdou
Como el capitán Alatriste, creación de Arturo Pérez-Reverte, salvando las distancias, retorna a la vida malacitana el Gachó de la Cová, tras huir de los alrededores del Pasillo de Guimbarda cuando ejercía de ditero (vendedor a crédito de plazos diarios).
Se extralimitó con zalamerías con una clienta que al darse cuenta que se iba a aproximando con doble intención le arreó un sartenazo con aceite que le echó a perder el traje que se había comprado en El Águila meses atrás.
Era la segunda vez que huyó por piernas ante la amenaza del chirobao (jorobado) de rebanarle el pescuezo cuando intentaba trajinarse a la chiná, que no tragaba (no era una mujer fácil de conquistar). Como no era muy querido porque era un sacuío (sinvergüenza) se buscó dónde dormir en lo que fue la Estación del Perro, allá por Sacaba.
Pimpi
Deambulando de allápacá (de un lugar a otro) sin comerse ni una rosca, acordándose de la pringá (aditamento de tocino, morcilla y otros productos que se echan al puchero) que le preparaba su madre que en gloria esté, se cameló a una gitana con más años que «andá p´alante y cazar guiris pá echarle las cartas y leerle las manos».
Las adivinanzas siempre eran las mismas: la herencia de un pariente ‘antigüísimo’ y que le iba a dar un patatús y se curaba en un santiamén. Con un clavel rojo para la gachí quedaba todo niquelado (de puta madre, perfecto).
Como los guiris venían enseñados (preparados para no ser engañados) decidió hacerse pimpi (guía turístico), origen de los actuales guías, una profesión que requiere conocimientos de la ciudad y de su historia, y dominio de una o varias lenguas. Los primitivos pimpis chapurreaban el inglés, el francés y el alemán, y cuando los turistas no se enteraban les gritaban como si fueran sordos.
Nuestro ‘ínclito’ personaje se apañó con un cochero que tenía su parada en la plaza Queipo de Llano (ahora Plaza de la Marina). Él se subiría al pescante y desde allí explicaría a los turistas lo que tenían que aprender de Málaga. Con su gramática parda y mezclando personajes, escenarios e historias de Málaga, a gritos, para que escucharan bien, se inventaba lo que le venía en gana. «Los guiris -decía- se los tragan (conforman con) todo, sobre todo de toros, mataores (toreros) y flamencos».
Al cruzar la Plaza de Toros, al tiempo que el equino hacía sus necesidades fisiológicas, el gachó contaba que un toro de Miura mató al mejor torero de todos los tiempos, Manolete.
También les largó (contó) que en el tendío 6 estuvo un verano una famosa actriz de Joliwú (Hollywood) que se llamaba Ava Garner (Ava Gardner) pa (para) ver toreá (torear) a Luis Migué (Miguel) Dominguín, que le brindó un toro. Indispués (después) los dos se fueron a Casa Guardia, en la Alameda a beber Pajarete (una de las variedades de los vinos de la Denominación Málaga). A la tía le gustaba el mollete más que a Ronquillo.
En medio del gentío se escarzó (se quitó los zapatos), se subió al mostrador donde los camareros con tiza apuntan lo que cada cliente consume, y bailó una ‘zevillana’ o lo que fuera con menos ángel que un franchute (francés).
Al acercarse a La Caleta, la información turística dio un giro total: «Aquí -empezó- vive la gente de la manteca, porque se la traen de Holanda. Aquí nos gusta más la manteca colorá. En esas casas viven los marqueses, gente con parné, aunque dicen por ahí que algunos están más que bollaos (sin dinero)».
El coche de caballos -mejor caballo, porque solo uno tiraba de cinco viajeros- viró para volver al centro, empezando por la calle Larios.
El pimpi intruso contó algunas historias más o menos inventadas hasta llegar a la plaza donde hizo una parada para hablar del Chinitas y sus historias, bulos, inventos… Según el gachó en el histórico café-cantante actuaron el ‘novamás’ del flamenco, El Piyayo, Gitano, la Niña de los Peines y otros nombres que le vinieron a la chorla (cabeza) que ni siquiera habían nacido en la época brillante del Chinitas donde al final de la noche bailaban ‘encuaritates’ algunas de las bailaoras. Todo ese jaleo se acabó con Franco.
El viaje, digamos contratado, llegaba a la plaza de la Merced para señalar la casa donde nació Picasso.

Grafiti de Chiquito de la Calzada y La Repompa, en un rincón de La Trinidad. / L.O.
Los dos billetes
Las propinas de la gira por parte de la ciudad, incluida la información unas veces eran aceptables y otras de poca monta; vamos, que algunos guiris eran más roñosos que la madre que los parió. Tuvo suerte un día porque una turista de buen ver que chapurreaba el español, al terminar le dio dos billetes donde destacaba el número 20. El gachó se puso muy contento: ¡dos billetes de veinte doláres (dólares)! Fue al Banco Hispano que le cogía más cercano, y el de la ventanilla le dijo que los billetes de dírham no tenían valor alguno.
El gachó creyó que eran, como decía él, dólares, pero con los dos billetes que le había la gachupina (mujer vistosa) no tenía ni para un chato de vino en una taberna de la calle Camas.
Le entró un viento de Levante -irritación- y se juró por Undivé (Dios) que le iba a cantar las cuarenta a la guiri. O le daba billetes güenos (buenos) o le endiñaba una mascá (puñetazo en la cara) de la que se iba acordar toa (toda) su puta vida.
A Japón
Cabreado (enfadado) por el timo de la estampita, se borró del oficio de pimpi y, sin comerlo ni beberlo, se vio en la tertulia flamenca en la que se reunían en el Central o Español (plaza de la Constitución) los flamencos en espera de ser contratados para un juerga en la casa de un señorito. Se apuntó como palmero (para tocar las palmas en las juergas flamencas) y con Chiquito de la Calzá y otros de la misma quinta, se largó a Japón, donde se pagaba bien lo flamenco.
Al verse en el avión, encerrado e inmovilizado por los cinturones, quiso apearse del aparato (avión) sin conseguirlo. Uno de los palmeros, que ya tenía experiencia en eso de volar a Japón, le quitó de la cabeza de dirigirse a la puerta para bajarse. Le dijo que pusiera el chucolomengui (el culo) en su sitio y se hiciera a la idea de que iba en taxi.
Indimás (además) le iban a dar gratis papas fritas, arvellanas (avellanas) y un botellín de vino tinto. Se le pasó el amacuco (ataque de nervios) y esperó a que la azafata, una gachí de echarle de comer aparte, le sirviera un pintao (mezcla de vino blanco y tinto), su bebida preferida. Con el ruidillo de los motores se quedó medio abombao (atontado) pensando en Japón, del que sabía que estaba mu lejísimo.
Ya en Tokio, meta del viaje, al ver tanta gente andando de allápacá, casi corriendo, se preguntó por qué la gente tenía tanta prisa. Parecían locos. Nadie se paraba para hablar, para saludarse, para preguntar por la familia, tos (todos) callaítos… Y aluego, inclinar la cabeza, unos y otros. «Cuando uno me saludó así creí que me tomaba por un cura».
En el tren en el que se subió con uno de los coleguillas del flamenco, todos iban leyendo periódicos y libros, sin levantar la vista ni hablar con naide (nadie). No se enteró ni jota de lo que leían porque estaba tó escrito de una manera mu rara. No tenían ni letras.
Y vengan cabezazos por cualquier cosa. Le dolía el pescuezo, la nuca y todo lo que tenga que doler. Se sentía más tonto que una «pella jigos», una expresión recogida en los libros del habla malagueña y que textualmente se escribe “Más chalao que una pella jigos”.
Su trabajo consistía en tocar las palmas a los cantaores y cantaoras, y dar cuatro pasos en el escenario, sin llegar a como lo hacía Chiquito de la Calzá, que tenía patentados sus andares. La «pechá reír» que el Cómitre con su guitarra y el Tiriri con sus chistes malos se iban a dar si le vieran bailar para los espectadores que nos copiaban muy bien pero sin el ángel de nuestra tierra. Pero como los veíamos que no perdían ni puntá (atentos), dentro ná nos hacen la competencia en los tablaos de Madrid y Sevilla. «Ojú qué gente estos chinorros, porque para mí todos los que tienen los ojos achinaos son chinos».
Ganas de volver
«¡Tengo unas ganas de irme a mi Málaga!», decía. «El otro día me encontré en medio de una calle trasconejado (perdido) porque no sabía dónde estaba ni podía preguntarle a nadie para que me diera norte (lugar) donde estaba el tablao donde curro todas las noches».
Estaba pirrado (deseando) volver para zamparse (hincharse) de un potaje de habichuelas blancas y trompitos (garbanzos) con morcilla de Benaoján y chorizo de Ardales con media limeta (botella) de pintao de la Casa Guardia, y que después le entrara una murriaga (sueño) hasta la hora del Telediario para saber lo de todos los días porque todo le suena igual.
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