Urbanismo
La Málaga que se vacía por dentro: la huida silenciosa de los jóvenes
La subida del precio de la vivienda y la presión turística expulsan a familias jóvenes de sus barrios de origen, una situación que sufren principalmente en la capital las zonas del Palo y Pedregalejo

Vistas aéreas de la playa de El Palo / Álex Zea

Málaga crece, pero no en todas direcciones. Mientras el padrón municipal suma habitantes año tras año, la ciudad pierde a una parte esencial de su pulso vital: la población joven, especialmente aquella que nació y creció en barrios hoy sometidos a una intensa presión inmobiliaria y turística. El fenómeno, lejos de limitarse a las rentas más bajas, atraviesa clases sociales y dibuja una ciudad que expulsa a sus hijos hacia la corona metropolitana, tensionando al mismo tiempo sus infraestructuras.
Así lo sostiene Pedro Marín Cots, doctor en Economía especializado en Urbanismo y Medio Ambiente, en su libro 'La complejidad de la vivienda' (Recolectores Urbanos), un ensayo que pone cifras, mapas y contexto a un proceso que ya se percibe en la calle.
Los datos que aporta este urbanista en su libro confirman una tendencia que ya se percibe en la calle: la población joven y los niños desaparecen de los barrios tradicionales mientras la ciudad se expande hacia la periferia. “Los datos son realmente tremendos”, resume Marín Cots.
Málaga ha recuperado el crecimiento demográfico tras la gran recesión, con un aumento cercano al 1% anual, impulsado sobre todo por población extranjera. A 1 de enero de 2025, la ciudad contaba con 591.637 habitantes, aunque los datos de consumo de agua y residuos apuntan a una población real superior, o población flotante, que podría situarse entre 620.000 y 630.000 personas, sin contar turistas.
Sin embargo, ese crecimiento no se traduce en arraigo. “Entre 2015 y 2023, casi 40.000 personas de entre 25 y 40 años y sus hijos han tenido que irse de Málaga”, explica Marín Cots. “Los datos muestran que el desplazamiento de la población joven ha sido interclasista, afectando a barrios de rentas bajas, medias y altas”.
Barrios que envejecen y barrios que expulsan
El análisis detallado barrio a barrio que ofrece 'La complejidad de la vivienda' confirma que Málaga no se vacía de golpe, pero sí se vacía por dentro. Entre 2015 y 2023, muchos enclaves tradicionales apenas registran descensos de población total, pero sufren auténticos desplomes en las franjas de 25 a 40 años y menores de 10, justo las edades que sostienen la vida familiar y el relevo generacional.
El caso de El Palo es paradigmático. La población general apenas baja un 2,5%, pero la población joven lo hace en más de un 10%. La brecha se agrava en las zonas más tensionadas por el turismo: en Playas del Palo y Pedregalejo Playa, la población infantil y joven se reduce hasta en un 32%, mientras la pérdida total de habitantes es mucho menor. La lectura es clara: las casas siguen ahí, pero ya no viven familias.
El mismo patrón se repite en otros barrios del litoral este y del Centro. En La Malagueta, uno de los enclaves más cotizados de la ciudad, la población infantil cae casi un 49%, un dato que retrata con crudeza la sustitución de hogares estables por otros usos residenciales. En La Caleta y El Limonar, zonas históricamente asociadas a rentas medias y altas, la población joven también retrocede con fuerza, demostrando que la expulsión ya no distingue por nivel económico.
En el Centro Histórico, donde la turistificación lleva más tiempo instalada, la población total apenas varía, pero los jóvenes disminuyen en torno a un 12%. “Aquí el fenómeno es especialmente perverso”, advierte Pedro Marín Cots, “porque la ciudad mantiene la fachada, pero pierde la vida cotidiana”.
Ni siquiera los barrios acomodados retienen a sus hijos
Uno de los datos más reveladores del estudio es que la expulsión alcanza también a barrios donde, hasta hace dos o tres décadas, los hijos de las familias residentes se quedaban a vivir. En zonas como Pinares de San Antón, Cerrado de Calderón o el entorno del Paseo de Sancha, la población joven disminuye pese a que el número total de habitantes se mantiene relativamente estable. “El aumento del precio de la vivienda ha expulsado incluso a los hijos de familias de rentas altas”, subraya Marín Cots.

Un edificio en construcción en Teatinos / Álex Zea
Crecen los barrios nuevos, pero no el arraigo
Frente a este vaciamiento silencioso, los barrios de expansión —Teatinos, Hacienda Cabello, Bizcochero, Cañada de los Cardos o Campanillas— registran incrementos muy notables de población total, en algunos casos superiores al 50%. Sin embargo, el análisis fino muestra que ese crecimiento no siempre va acompañado de un aumento equivalente de población joven y niños, e incluso en algunos casos también se produce una caída.
“La ciudad se está ensanchando, pero no solucionando el problema”, resume el urbanista. El crecimiento responde, en gran medida, a un desplazamiento forzado desde los barrios de origen hacia la periferia, no a un modelo equilibrado.
Entre todos los datos destaca una anomalía positiva: El Pato, uno de los pocos barrios donde crecen tanto la población total como la joven e infantil. Es la demostración de que otro modelo es posible, aunque hoy sea la excepción y no la norma.
Migrar para poder quedarse cerca
La consecuencia directa es el desplazamiento hacia la corona metropolitana. Rincón de la Victoria y Vélez-Málaga encabezan los destinos de quienes se van, seguidos por Cártama, Alhaurín de la Torre o Torremolinos. “La gente no se va porque quiera”, insiste Marín Cots. “Se va porque no puede pagar una vivienda en su barrio de origen”.
Entre 2015 y 2020, más de 36.000 personas de estas edades abandonaron Málaga. “Estamos hablando de casi 40.000 personas si ampliamos el periodo. Es una cifra que debería estar en el centro del debate político”.
El modelo urbano, clave en la expulsión
En ese diagnóstico, Marín Cots sitúa el foco también en un cambio de fondo que Málaga arrastra desde hace décadas: la transición hacia un modelo urbano más disperso si se compara con grandes ciudades mediterráneas como Barcelona o Valencia. Ese giro se aprecia, sobre todo, en la densidad urbana, un indicador que retrata hasta qué punto una ciudad se concentra o se extiende.
Según explica el urbanista, Barcelona se mueve en torno a los 192 habitantes por hectárea y Valencia ronda los 170, mientras que Málaga ha ido perdiendo compacidad: de unos 150 habitantes por hectárea en los años 80 ha pasado a 79 en la actualidad. En otras palabras: más superficie ocupada para albergar proporcionalmente menos población, una ciudad más extendida y con distancias cotidianas más largas.
Ese patrón tiene una traducción inmediata en la movilidad. En Málaga, el coche privado absorbe alrededor del 42% de los desplazamientos, mientras que en Barcelona y Valencia esa cuota no llega al 30%. La diferencia no es menor: en las ciudades más compactas pesan más los recorridos a pie, porque el tejido urbano, por pura forma, facilita trayectos cortos y accesibles.
La comparación también se ve en el mapa. Málaga suma aproximadamente 7.200 hectáreas urbanizadas de suelo consolidado, frente a las 6.300 de Valencia. Sin embargo, Valencia cuenta con unos 250.000 habitantes más. El contraste refuerza la idea central: una “mancha urbana” más pequeña puede albergar mucha más población cuando la ciudad mantiene una estructura compacta, con barrios que permiten vivir, trabajar y moverse con mayor eficiencia. En Málaga, esa dispersión —unida a la expulsión residencial hacia la periferia— multiplica la dependencia del coche y agrava el colapso diario de los accesos metropolitanos.

Atascos en la autovía A-7, a la altura de Rincón de la Victoria. / Álex Zea
Infraestructuras colapsadas y decisiones políticas
Este éxodo cotidiano tiene un reflejo inmediato en la A-7, convertida en un embudo diario. “La dispersión urbana exige más y mejor transporte público, pero no se ha hecho”, critica Marín Cots. “De ahí el enfado social por los atascos constantes”.
Entre las soluciones que se quedaron en el cajón está el BRT (Bus Rapid Transit), un sistema de autobús de tránsito rápido con plataforma exclusiva, estudiado para conectar Rincón de la Victoria con Málaga y la estación María Zambrano, con aparcamientos disuasorios e intercambiadores. “El proyecto se aprobó en 2017 y funciona en muchas ciudades europeas”, recuerda. “Es barato, rápido y apenas requiere obra: carril exclusivo y paradas tipo metro. Se trabajó con la EMT, pero el alcalde decidió que no era necesario y pidió su cancelación a Europa”.
Ni siquiera los fondos Next Generation reabrieron esa vía. “Hace cuatro años hubo otra oportunidad y se desechó de nuevo. Hoy seguimos hablando de soterramientos y más carriles, pero no se aborda el origen del problema: el modelo urbano difuso”.
La población invisible
A todo ello se suma la población flotante: residentes que viven en Málaga pero no figuran en el padrón. “Hace años ya se estimaban al menos 30.000 personas fuera de las estadísticas oficiales”, explica. Profesionales extranjeros, nómadas digitales o trabajadores de multinacionales que no tributan en España y cuyos hijos no pasan por la red educativa pública, por lo que no es preciso que estén censados. “Es una pérdida económica para la ciudad y un factor más de distorsión”.
Para Marín Cots, el diagnóstico es inequívoco: “Una ciudad que expulsa a sus jóvenes es una ciudad que compromete su futuro”. La vivienda, la movilidad y el modelo urbano forman un sistema interdependiente. Málaga, concluye, “no necesita solo más viviendas, sino viviendas donde la gente pueda quedarse”.
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