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Mirando atrás

Benjamín Fernández, un maestro de peluqueros

El peluquero trinitario fue el introductor del secador de mano en Málaga en los 60, tras su paso por Londres, donde trabajó con Vidal Sassoon. Durante 25 años estuvo al frente de una famosa peluquería en la Plaza de la Marina, ha peinado a grandes artistas y ofrecido exhibiciones por España, Chile y Argentina

Benjamín Fernández, esta semana en su casa de Málaga, con un modelo antiguo de secador de mano.

Benjamín Fernández, esta semana en su casa de Málaga, con un modelo antiguo de secador de mano. / A.V.

Alfonso Vázquez

Alfonso Vázquez

Isabel Preysler, Estrellita Castro, Mayra Gómez Kemp, Maricruz Soriano, María Pineda, Remedios Cervantes... todas ellas eligieron en algún momento de su vida al peluquero malagueño Benjamín Fernández.

Este afable artista del peine y las tijeras ha sido profeta en su tierra y también al otro lado del Atlántico y, como comenta, todavía le paran por Málaga antiguas clientas que le recuerdan que les peinó el crucial día de su boda.

Benjamín Fernández con Estrellita Castro, antes de una actuación en Málaga.

Benjamín Fernández con Estrellita Castro, antes de una actuación en Málaga. / Archivo Benjamín Fernández

El suyo es un éxito ganado con tesón, valentía y talento, pese a sus humildes orígenes. Nacido el 12 de febrero de 1942, vecino de la trinitaria Colonia de San Eugenio, fue el sexto de siete hermanos y empezó a trabajar con solo 7 u 8 años: «Mi padre, José, era carbonero y le ayudaba a llevar el carbón a los pisos. Repartíamos con un carro y un burro».

Y entre medias, clases nocturnas en las Escuelas del Ave María y con un maestro de su barrio.

Foto familiar, con sus padres José Fernández y Josefa Rodríguez, y parte de sus hermanos. Benjamín es el más pequeño de la foto.

Foto familiar, con sus padres José Fernández y Josefa Rodríguez, y parte de sus hermanos. Benjamín es el más pequeño de la foto. / Archivo Benjamín Fernández

Un día, cuando tenía 13 años, su padre preguntó a sus hijos quién quería ser barbero. Benjamín levantó la mano «y me hice barbero». Primero estuvo de aprendiz tres años en la barbería del Zaragata, en Lagunillas, «sin ganar un duro», y luego, ya con sueldo, en otra de calle Bailén. «Lo que ganaba en aquel tiempo era todo para la casa», recuerda.

Después del paréntesis de la mili en el Campamento Benítez decidió hacer un curso de peluquero de señoras, la profesión de su hermana Mari.

El joven Benjamín Fernández, a la derecha, en sus primeros tiempos en la barbería de calle Bailén.

El joven Benjamín Fernández, a la derecha, en sus primeros tiempos en la barbería de calle Bailén. / Archivo Benjamín Fernández

«Era un escalón más, tenía más estatus», destaca, así que tuvo que decirle a su padre que «durante 6 meses no iba a darle dinero, para hacer el cursillo; se quedó extrañado», recuerda.

En una academia de Málaga hizo el curso, pero en la mitad de tiempo, «porque no tenía más dinero». No obstante, el profesor le vio con aptitudes por su gran manejo de las tijeras, y pasó con creces. Fue entonces cuando se hizo la pregunta clásica: «¿Y ahora, qué hago?».

Un vecino que había hecho los cursos le animó a irse a Madrid y a seguir formándose en una academia. «Me quedaba algo de dinero y me marché». En la academia madrileña fue fichado por una peluquera para irse a Bilbao y luego a Castro Urdiales. «Acepté sin dudarlo», recuerda. Además de estancia y comida pagada, el sueldo era de mil pesetas al mes, más del doble de lo que ganaba en la barbería en Málaga.

Rumbo a Londres

De regreso a Madrid le salió un trabajo en Torremolinos, en el Instituto Vendome, y no dudó en volver a su tierra. Allí, por cierto, fue donde se dejó barba, algo que en Málaga llamaba entonces mucho la atención: «Llevar barba era raro, iba por la calle y la gente me miraba», recuerda.

En Torremolinos fue donde conoció a una clienta que le ofreció la oportunidad de irse a Londres a trabajar, «y sin pensarlo me fui». Corría el año 63 o 64, calcula.

Con unos amigos en los años 60 en Londres, un periodo que le marcó por completo la vida profesional y personal.

Con unos amigos en los años 60 en Londres, un periodo que le marcó por completo la vida profesional y personal. / Archivo Benjamín Fernández

Fue su primera salida al extranjero, y sin hablar ni una palabra de inglés, hasta el punto de que, el primer día, trabajando en una peluquería en Oxford Street con Regent Street, ni comió porque «no sabía cómo pedir la comida», recuerda su hija Bibi.

«Londres era otro mundo. Para mí fue lo mejor que me pudo pasar; me hizo ser otra persona y más peluquero», confiesa. En total estuvo tres años y tuvo la oportunidad de aprender estilos más modernos que en España, así como de trabajar para el reconocido peluquero británico Vidal Sassoon.

Además, en la capital británica empezó a usar el secador de mano, toda una novedad que él introdujo en Málaga, a su regreso en 1966.

En la plaza de la Marina

Lo cierto es que, como destaca, el regreso fue por vacaciones, pero se enteró de que iba a quedar libre una peluquería en la plaza de la Marina, encima de donde luego abrió la hamburguesería Mc Donald´s. «Fui a verla y prácticamente me quedé con la peluquería».

De paso, mostró su futura peluquería a Maribel Pozo, una joven de su barrio, de la misma Colonia de San Eugenio, diez años menor que ella y de la que terminaría siendo su novio. De hecho, se casaron en 1970 y fueron padres de dos hijos, Bibi e Isaac, quien ha seguido los padres de su padre y es peluquero.

La peluquería ‘Benjamín’, en la Acera de la Marina, estuvo abierta de 1966 a 1991, cuando empezó la reforma de la plaza de la Marina.

La peluquería ‘Benjamín’, en la Acera de la Marina, estuvo abierta de 1966 a 1991, cuando empezó la reforma de la plaza de la Marina. / Archivo Benjamín Fernández

La peluquería ‘Benjamín’ de la plaza de la Marina fue un chute de modernidad para Málaga, incluida la costumbre inglesa de no cerrar a la hora de comer. Abierta durante 25 años, de 1966 a 1991, llegó a tener 8 empleados y cerró por las obras de la plaza de la Marina. En su ciudad natal hizo las primeras exhibiciones para peluqueros, en este caso para mostrar cómo funcionaba el secador de mano.

Benjamín Fernández, en otra exhibición, junto a su mujer, Maribel Pozo, puntal de su vida y su trabajo.

Benjamín Fernández, en otra exhibición, junto a su mujer, Maribel Pozo, puntal de su vida y su trabajo. / Archivo Benjamín Fernández

Al frente en total de tres peluquerías (abrió además en Pryca Los Patios y en El Palo) a lo largo de su vida profesional, su mujer, Maribel, fallecida el año pasado, fue vital también para la marcha de los negocios.

Con los años, fue realizando exhibiciones de su arte por toda España, Chile y Argentina, al tiempo que trabajaba para compañías tan conocidas como Vella, L’ Oreal o Schwarzkopf.

Benjamín Fernández, trabajando con Lluís Llongueras, en una exhibición.

Benjamín Fernández, trabajando con Lluís Llongueras, en una exhibición. / Archivo Lluís Llongueras

Maestro de peluqueros, tiene antiguos alumnos aún hoy en activo por España. Como explica, para ser un buen peluquero, además de arte hay que tener psicología y ser capaz de llevar adelante un trabajo en el que la clienta está examinándose todo el rato «delante del espejo». El examen lo ha pasado este cordial malagueño con la máxima nota.

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