Mirando atrás
Lola Acosta: recuerdos de la ‘edad de oro’ del Centro de Málaga
La expresidenta de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga evoca en ‘Acera de la Marina’ (ediciones del Genal) los recuerdos de su infancia y adolescencia en un Centro de Málaga lleno de vida, de malagueños y de los primeros turistas.

Lola Acosta, delante de su antigua casa en la Acera de la Marina, con su libro de recuerdos de Málaga. / A.V.
Parece una escena de ‘Amarcord’, la célebre película de Fellini; pero es real y sucedió en Málaga: el jueves 24 de enero 1963 sopló un viento tan huracanado que Mariquilla la Loca, un personaje popular del Centro, jugó a ponerse, una y otra vez, en la esquina de calle Larios con la calle Martínez y «como era tan menuda, el viento la levantaba con facilidad transportándola de un extremo a otro».
Es una de las muchas estampas de ‘Acera de la Marina’, el libro de vivencias escrito por Lola Acosta Mira, antigua presidenta de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo. La obra, editada por ediciones del Genal, deja constancia de que el Centro de Málaga tuvo un pasado lleno de vida, anterior a su declive; pero también, a su rehabilitación para dar paso, en este siglo, al cultivo intensivo de pisos turísticos, bares y terrazas.
«Sin rencores ni resentimientos», escribe la autora, el libro ofrece «la mirada de una niña entre los años 50 y principios de los 70, cuando Torremolinos era pecado y la plaza donde vivía, ignorando el nombre de un general, se conocía por Acera de la Marina».

Lola Acosta, en la terraza de su casa en la Acera de la Marina, en 1958, con su hermana Pilar y su cuñado Pepín. / Archivo de la autora
"Un balcón inmejorable"
Además, la escritora tuvo la baza de disfrutar, desde su nacimiento hasta los años 90, de «un balcón inmejorable» para ser testigo de la vida del Centro: el número 3 de la plaza de la Marina. «Era uno de los primeros pisos que se hacían en propiedad en Málaga. Mi padre, que era empresario agrícola y tenía una finca en San Julián, lo compró. Mi padrino -también vecino del bloque- le tuvo que prestar dinero», recuerda Lola Acosta.
Esta ‘Acera de la Marina’ es fruto de muchos años de pausado trabajo, pues como recuerda, «pude empezar hace unos 30 años, cuando me acordé del día en que inauguraron la fuente de colores de la plaza de la Marina; entonces, empecé a tomar apuntes de cosas que me acordaba para que no se me olvidaran y con eso fui montando el libro».

Presentación del libro 'Acera de la Marina' en la Económica, con Lola Martín Acosta, Lola Acosta y Antonio Aguilar. / Archivo de la autora
‘El bosque animado’ en Málaga
Y la mirada de esa niña, por ejemplo, se detiene en el Parque de Málaga, que en su infancia era un espacio «vivo, lleno de niños y familias, y de personajes de ‘El bosque animado’», como el guarda del Parque, la aguadora, el barquillero o el vendedor de helados de Camay (el nombre comercial antes de Camy) que voceaba en pareado: «¡Helados Camay, mejores no los hay!», escribe.
«Los niños del Centro jugábamos en el Parque, no necesitábamos tener tres toboganes, teníamos el Parque entero, y un día nos llevaban a Puerta Oscura, otro a los Jardines de Pedro Luis Alonso, y otro a la fuente de los cisnes, en el Paseo de España», cuenta a La Opinión.

Lola Acosta en los Jardines de Puerta Oscura en 1960. / Archivo de la autora
Puerto Rico y Solymar
Y al pie de su casa, las desaparecidas cafeterías ‘Puerto Rico’ y ‘Solymar’ que, precisa, tenían una clientela muy distinta: «El ‘Puerto Rico’ mantenía más el ambiente de la ciudad, con grupos de señores tomando café y tertulias; mientras que ‘Solymar’ tenía el poco turismo que recibía Málaga, que recibía muy pocos turistas porque todo el mundo se iba a Torremolinos».

La cafetería Solymar, en la Acera de la Marina, en los años 60. / Colección Muñoz Antivón
También hay espacio para las muchas y variadas tiendas del Centro como Rodolfo Prados, Villén, Holanda Radio, Espejo Hermanos «o Taisa, en la plaza del Siglo, con las primeras televisiones». Al hilo de esos recuerdos, Lola Acosta cuenta la impresión que tuvo cuando, un día, en la plaza de la Constitución vio cómo el anuncio luminoso gigante de Phillips, «se lo llevó, delante de mis ojos, un camioncito del Ayuntamiento».
También era una Málaga con pocos coches, hasta el punto de que los niños los contaban. Lola Acosta recuerda, a este respecto, el día en el que la ciudad estrenó semáforos para regular el tráfico, algo que pudo ver, divertida, desde su balcón: «La policía echaba para atrás a los peatones», que desconocían la novedad.
También hay espacio para la mencionada fuente de los colores de la plaza de la Marina, que mientras algunos la vieron como signo de modernidad, otros consideraron «una horterada»; y también para una Semana Santa en la que no había horarios estrictos de paso de las procesiones.

Una caseta de la Feria de Agosto en el Parque, en 1961. / Archivo Municipal de Málaga
Los guateques, la Feria del Parque, el Teatro Cervantes, los cines, el colegio de las Esclavas, Torremolinos... por la ‘Acera de la Marina’ desfila buena parte de los años 60 y 70 en Málaga.
Lola Acosta, que cuenta que sigue siendo vecina del Centro Histórico, explica que el casco antiguo empezó a vaciarse cuando los propios malagueños comenzaron a valorar otras zonas «más cercanas al mar» y a mudarse a ellas.

La fuente de colores de la plaza de la Marina, en 1963. / Archivo Fotográfico Universidad de Málaga
En cualquier caso, también lamenta la presión turística actual que padece el Centro y que, hace hincapié, «tenía que haberse gestionado de otra manera».
Como explica la autora, uno de los propósitos de este libro es que «la gente joven, cuando lo lea, aprenda de esa Málaga».
La expresidenta vecinal está convencida de que «si no hubiera sido por esa Málaga, no habríamos tenido la Málaga que es hoy, que se debe a la de los años 60, cuando hay un cambio económico y entra el turismo, para lo bueno y para lo malo».
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