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Obituario

En memoria de Eduardo Luque Delgado

Conmoción por la muerte, a los 69 años, del abogado malagueño

Eduardo Luque Delgado

Eduardo Luque Delgado / LUISMA MURIAS

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Málaga

El fallecimiento de Eduardo a los 69 años ha causado consternación –era de esperar- en los círculos de los que tienen que ver con los tributos, porque era un abogado fiscalista de primer orden. Pero el shock no se ha quedado ahí, lo cual se explica por su riquísima proyección en muchos lugares y en los ambientes más variados.

Nació en 1956 en Málaga (en la calle Octavio Picón, en Pedregalejo: lo que se dice una Denominación de Origen). Fue alumno de los jesuitas en El Palo, donde se hizo con una pandilla de postín (Manolo Cueto, por ejemplo) que habría de acompañarle siempre. Entre 1973 y 1978 estudió Derecho en Granada, donde gozó del magisterio de Javier Lasarte: toda una suerte. Luego se vino a estudiar a Madrid, al Colegio Mayor César Carlos, y allí, ya crecidito, su personalidad arrolladora (era un hombre con carisma o, como diría Lorca, con duende) se labró un círculo de amigos (por ejemplo, Juan José Pedraza, Juan Carlos Ureta o Luis Corno Caparrós, por no hacer la lista interminable) que también estuvieron a su lado de por vida.

Fue profesionalmente un triunfador. Entre otras muchas cosas, presidente de la Asociación Española de Asesores Fiscales durante bastantes años. Y un gran creador de equipos, porque Susana, Iván, Tomás ó María no serían quienes son de no haberlo tenido como referente.

Nunca dejó de ser un docente universitario e investigador, que encontró su asiento madrileño en la Facultad de Derecho de la Autónoma, de la mano de Álvaro Rodríguez Bereijo y luego Juan Arrieta. Este último fue el director de su tesis, con un objeto tan específico como “La deducción por producción audiovisual del impuesto de sociedades”, materias en las que era un consumado especialista. No en vano el Grupo Mediaset (o sea, las cadenas Telecinco y Cuatro) le ha puesto sendas esquelas en la prensa: otros que han perdido mucho con la desaparición de Eduardo.

En esa doble condición -abogado y profesor-, nada inhabitual entre los juristas, y en un campo tan enojoso como el de la taxation, supo siempre estar a la altura de las circunstancias, por duras que se mostrasen, en particular en la época odiosa de 2011-2018, cuando el ministro del ramo se desempeñó con la mezcla de ignorancia enciclopédica y arbitrariedad nepótica (y corrupción, selectiva pero intensa) que resulta conocida y cuyos modos delictivos están siendo investigados, entre la esperanza o al menos el alivio de la opinión pública, por un juzgado de instrucción en Tarragona. Recuérdese que fue a comienzos de 2018, cuando aquellas tinieblas –lo sabemos ahora- estaban felizmente llegando a su final, que los profesores de la asignatura aprobaron la llamada “Declaración de Granada” denunciando la pesadilla que, en términos de Estado de Derecho, llevaba sufriendo siete años la sociedad española.

Eduardo fue, en fin, un malagueño hasta el final (de la Cofradía de la Pasión) y también un hombre muy familiar. Recuerdo perfectamente cómo de bien se comportó con sus padres, regidores de Holanda Radio, el añorado negocio de la calle Granada, muy cerca de Larios, y también con sus dos hermanas. Y la vida le premió, dándole –ya en Madrid- a Maite y a sus hijos: vaya un lujazo.

Malagueños universales tenemos hoy dos, Antonio Banderas y Pablo Alborán. Un abogado y profesor de Derecho, por relevante que se muestre, lo tiene más difícil para acceder a ese Olimpo. Pero privar del título a Eduardo se debe sólo a una circunstancia vital. Una peripecia, que diría Ortega, otro por cierto que había estudiado en El Palo.

Muchas veces sucede que el autor de un obituario –por hipótesis, alguien cercano al fallecido- se pone a hablar de sus relaciones con él y termina hablando más de sí mismo que del homenajeado. No quiero caer en esa patología pero sí me vienen a la memoria las inolvidables cenas veraniegas de Marbella, en el Tai-pan de Puente Romano, hace veinte o veinticinco años de Marta y yo con Eduardo y Maite y además Julián Lago (otro desaparecido, desde 2009 en la incidencia de Paraguay: ¡bien que le echamos en falta!), Natalia Escalada, Ramón Calderón y Teresa Galán. Eduardo era el alma de aquellas tertulias, en las que hablaba de sus viajes en Harley-Davidson con el entusiasmo que ponía en todas las cosas. No se me olvidarán mientras viva. ¡Cuántos y tan buenos recuerdos!

Mil gracias de verdad, Eduardo querido. Ha sido un privilegio tenerte cerca y aprender tanto de ti y de tu enorme capacidad de calar a las personas: tu pituitaria era de leyenda, como igualmente tu ausencia de fatuidad. Nos reencontraremos seguro. En el ínterin, te honraremos como mereces.

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